Unos días antes de que me pidieran escribir sobre Censor, vi Evil Ed (Anders Jacobsson, 1995), una película sueca sobre un editor reprimido de cine arte que es contratado por una empresa para que se encargue de cortar lo innecesario de una saga gore llamada Loose limps. Las imágenes violentas de esa película terminan teniendo efecto en la psiquis del protagonista quien se convierte en un asesino. 

Evil Ed se llamó originalmente The Censor y salió a mediados de la década del noventa como respuesta a las políticas de censura hacia las escenas de violencia y sexo en las películas. Se trata de una obra cuyo argumento no es demasiado verosímil, exagerada tanto en la descripción de los personajes como en la puesta en escena, e incluso ingenua en su mirada sobre el mundo. Pero Jaccobson demuestra un honesto amor por el cine de Sam Raimi, reflejado en esos planos subjetivos de la locura persiguiendo al protagonista, y por los efectos prácticos a lo Peter Jackson, en especial con esa criatura que sale de una heladera y que podría convivir con los bichos de Meet the Feebles (1989). Además, y lejos de quedarse solo en las referencias, su película también es un ejemplo de cómo el terror puede usarse para combatir por una causa justa.

¿Por qué esta introducción? Porque si no hubiera sabido sobre la existencia de Evil Ed la percepción sobre Censor, de la directora Prano Bailey-Bond, hubiera sido un poquito mejor.

Censor transcurre en la era de los videos nasties, una época en la que cualquier película con escenas de sexo y violencia era censurada o confiscada. Prano Bailey-Bond trabaja esta trama desde la comodidad del presente. La puesta en escena prolija tiene una gran variedad de colores saturados, pero que en general solo sirve de adorno o de acompañamiento para subrayar la personalidad y contrariedad de su protagonista, Enid (Niamh Algar). El resto está más cerca del episodio de una serie británica, con los personajes escuchando específicos recortes de radio para que entendamos el contexto. Simplemente se trata de datos subrayados y superficiales que reniegan de las posibilidades de abrir el relato a otro tipo de lectura.

Y en eso se queda, porque Prano está más interesada en los traumas de Enid y la relación con su hermana desaparecida, una subtrama que solo sirve para darle un motivo para que al final su protagonista explote pero que podría ser reemplazada por la desaparición de otro personaje, o la búsqueda de una película, y el resultado sería el mismo. Algo similar ocurre con todo lo relacionado a los videos nasties que, si se hace el ejercicio de sacarlos de la historia, nos vamos a dar cuenta de que ni suman ni restan. 

Lo que queda es algo que no deja espacio para la ambigüedad ni para el suspenso. Se trata de una película reprimida, como su protagonista, y encima es bastante pavota, cayendo en esa obsesión por tratar sus temas de la manera más seria posible. Ese tono solemne no da espacio a la sutileza, como ocurre en el final, marcado y masticado, que remite al de Saint Maud (Rose Glass, 2019), en el que la aparición de lo fantástico es interrumpida por un plano de la chica del título quemándose, sustituyendo la imaginación por el shock barato. En Censor ocurre algo similar, con la protagonista alucinando un final feliz que se distorsiona para mostrar los rostros horrorizados de la gente que está a su alrededor. En fin, se trata de dos películas que caen en el error de tener que mostrar todo y que niegan el poder de la imaginación y del cine.

Evil Ed, en cambio, termina de la manera más grasa posible. Una voz en off menciona las posibilidades del amor mientras en la pantalla se ven a los dos protagonistas bañados en sangre luego de sobrevivir a una masacre. El tono de la voz es irónico, poco convincente, como si se tratara de un mal doblaje sobreimpuesto para tener un final feliz. Porque al final es eso, una película que se entrega sin culpa al cine fantástico. Todo lo contrario a Censor.

Calificación: 4/10

Censor (Reino Unido, 2021). Dirección: Prano Bailey-Bond. Guion: Prano Bailey-Bond, Anthony Fletcher. Fotografía: Annika Summerson. Música: Emilie Levienaise-Farrouch. Reparto: Niamh Algar, Sophia La Porta, Michael Smiley, Vincent Franklin, Max Bennett, Adrian Schiller, Nicholas Burns. Duración: 84 minutos.


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