I was hit by the viejazo. Cifra del recambio generacional en curso –a cuyo valor cabría agregar los de Xavier Dolan y Greta Gerwig, Timothée Chalamet o Saoirse Ronan–, Bo Burnham se ha ganado, con apenas 30 años, un lugar en la “mesa de los grandes” del entretenimiento mainstream de los Estados Unidos. Y digo “grandes” en su doble acepción de adulto e ilustre. Y digo “mesa” literalmente. En 2019, en el lanzamiento de Eighth Grade, su primer largometraje, resultó un invitado de lujo en las prestigiosas “Roundtables” del Hollywood Reporter, junto a figuras de la talla de John Krasinski, Peter Farrelly o Eric Roth. De manera que, si lo piensan bien, antes que de Inside, su último especial de Netflix, tal vez deberíamos estar ocupándonos del mismo Bo (y, por propiedad transitiva, de la creciente legión de artistas mainstream nacidos pos Internet). Pero lo haremos más adelante, con algo más de tiempo, que, como suele decirse, cómo pasa. Nos vamos poniendo viejos.

Inside. Cuesta encasillar a Inside, ponerle una etiqueta. Tal vez, el modo más simple de describirlo consista en decir que se trata de una suerte de “varieté”, cuyo motivo principal es el colapso nervioso provocado por el encierro del 2020. Abrevando en el stand-up y el music-hall, en la canción pop y la sátira de época, Bo Burnham escupe un humor veloz e hipercerebral, plagado de referencias cultas, “puestas en abismo” y metacomentarios sobre los chistes que acaba de hacer un segundo atrás, que difícilmente resulte equiparable a nada que hayan visto. En inglés, dirían, imagino, “over-the-top”, o bien, “all-over-the-place”; en castellano rioplatense, Bo es un sacado. Demasiado verbal, cronometrado y consciente de la forma como para resultarle atractivo a todo el mundo; y, quizás por ello, estimada lectora, estimado lector, si efectivamente es tu tipo de humor (es el mío, sin dudas), imperdible.

Inside se impone, además, una restricción osada y congruente con la pesadilla del confinamiento: la de estar filmada íntegramente en una sola habitación y sin más público ni equipo que el mismo Bo. Es decir, que a lo largo de la hora y veinte que dura el show, no veremos más que su cara. Tampoco habrá contacto humano ni señales del mundo exterior. Con la sola excepción de la escuálida claridad que se filtra por una persiana a medio cerrar tras lo que, presumimos, ha sido una noche de insomnio, toda luz será artificial.

Dentro de ese espacio hermético y de paredes de un blanco estridente, asistiremos a lo que únicamente podría calificarse como su descenso a la locura. Una locura hilarante y oscura, que hace reír a carcajadas y pensar, a medida que Bo coloca la lupa y magnifica distintas facetas de lo que ha sido la experiencia colectiva de la cuarentena. Enumeremos un par de sus síntomas más palpables: la dejadez corporal, el desorden, por no decir el caos, la mugre mental y espacial. Barbudo, ojeroso y a menudo en calzoncillos, con algo de la impronta del Howard Hughes dementado de The Aviator, Bo le pone música a su angustia, desde el corazón de una escenografía compuesta por una cómoda con los cajones eternamente abiertos, pilas de ropa sin lavar y el cablerío de teclados, micrófonos y luces desparramado por el suelo. Estamos lejos del nene pulcro que, desde la casa de sus padres en un suburbio de Massachusetts, subía videos con millones de vistas a YouTube, en los que aún hoy se lo puede ver tocando el piano y cantando sus cancioncitas –“sillysongs”, como gusta decir–, especie de “enfant terrible” de la Web 2.0. Algo menos del joven adulto de los especiales previos –What y Make Happy–, o del galancete y contraparte de Carey Mulligan en ese film contrahecho y culpógeno que es Promising Young Woman, y del director de Eight Grade, sensible a las presiones psicológicas de las que son presa las juventudes e infancias en un mundo donde es imposible sustraerse del influjo de las redes sociales.

Con todo, no resulta nada menos que impresionante los ribetes expresivos que una inteligencia como la suya (léase muy superior a la media) consigue sonsacarle a la que básicamente es, como en los hospicios, las prisiones y las jaulas de los zoológicos, una situación de privación sensorial extrema. Uno de estos símiles, el del manicomio, se repetirá una y otra vez en las distintas canciones, como una suerte de mensaje entrelíneas. Pero no quisiera hablar de más. En cierta manera, es como si Inside se propusiese agotar una lista de tópicos con los que todos nos hemos familiarizado durante el año pasado. A cada drama, corresponde una canción. Las videollamadas con la familia. El sexting. La depresión. La búsqueda de sentido en esa nueva casta de gurúes de Internet llamados “influencers”. Los Youtubers. Los videojuegos. Instagram. El lavado de cara de las marcas, con el engañapinchanga de la “responsabilidad social empresaria”. Y cada canción es un minúsculo espectáculo, un numerito completo de esta varieté infernal donde la música juega un papel fundamental. Verdadero hombre orquesta, Bo arma las luces, la puesta en escena y cultiva todos los géneros musicales, del trap al valsecito, del soft jazz al funk, el pop ochentoso y la balada fogonera. Así que si son de esas personas que se reían más con Les Luthiers que con Midachi, es imposible que no disfruten Inside.

Mi hipótesis es que en la casa de este pibe se pasaban el todo día escuchando Electric Light Orchestra; música de ese calibre, quiero decir.

Calificación: 9/10

Inside (Estados Unidos, 2021). Dirección, guion, montaje, edición y elenco: Bo Burnham. Duración: 87 minutos. Disponible en Netflix.