Black Widow es una película anómala en el universo Marvel, a tal punto que el film de Cate Shortland puede pensarse y verse por fuera de esa lógica de múltiples crossovers en el que se encuentra inscripto.  Sostenido por las actuaciones de Scarlett Johansson, que encarna a Natasha Romanoff esta vez en solitario, y de Florence Pugh interpretando a Yelena, que pinta para tomar la posta del personaje en futuros films, Black Widow es una película sobre una familia anómala que intenta resolver sus conflictos en el medio de una crisis geopolítica que se prolonga entre mediados de los 80 (allí inicia la trama en una primera escena de cine de acción modélico en la que vemos a Natasha teniendo que pilotear un avión para salvar a su familia de la muerte) y el año 2016. El film es una cruza de película de espionaje a la Bond (incluso hay un homenaje especifico a ese personaje) con melodrama familiar en el que se trabaja sobre la idea de familia disfuncional. O sea, la película concentra la pulsión del mejor cine de acción que Marvel puede ofrecer, pero a ese gusto por la adrenalina del cine superheroico contemporáneo el film de Shortland le agrega una dosis de crisis identitaria vincular que nunca distorsiona el placer por el género que Marvel trasmite en cada uno de sus proyectos.

Hace una década que Scarlett Johansson es Black Widow en la ficción. Hasta este momento Natasha Romanoff corrió la dispar suerte de ser un personaje secundario (por detrás de los varones de esa gran familia disfuncional que es Avengers), pero en esta oportunidad la propia Johansson se encargó de desarrollar el personaje a la medida de su deseo. De este modo, la viuda negra que nos muestra la película de Shortland es una mujer empoderada que lidera una rebelión femenina de modo consciente, asumiendo el rol de una heroína por fuera de los estereotipos machistas del cine mainstream. Black Widow marca a su vez la culminación de un momento de esplendor para la franquicia Marvel y se encuentra situada cronológicamente como una precuela a los eventos apocalípticos que delimitó la saga de Avengers y su operístico final con Endgame. Este film marca al mismo tiempo el cierre de una etapa para los actores que llevaron el universo Marvel al centro del cine comercial dela última década y que sostuvieron con ritmo de comedia las peripecias del inminente apocalipsis, entendiendo que era necesaria mucha gracia para alivianar la solemnidad del cine panfleto al que Hollywood puede someternos cuando se toma demasiado en serio esta idea de salvar al mundo y garantizarnos su particular idea de libertad. Gran parte del éxito comercial de Avengers radica en los actores y actrices que ocuparon el lugar de estos personajes icónicos del cómic. Así como para todos nosotros Tony Stark tiene la cara de Robert Downey Junior y Bruce Banner es el tímido e introvertido Mark Ruffalo, es imposible pensar en Black Widow sin el rostro magnético de Scarlett Johansson por detrás.

Cuando el film de Shortland centra su interés en ese vínculo familiar disfuncional que se produce entre Black Widow, Yelena, su padre interpretado por David Harbour y la figura materna interpretada por Rachel Weisz, que posee un rostro al que el tiempo no hace más que embellecer, el film se potencia y sale de cierta torpeza narrativa e ideológica para la cual el comunismo es un mero apéndice del fascismo.El antídoto ante esa línea ficcional que exuda conservadurismo por todos los poros está en el personaje de Harbour, que compone un héroe ruso decadente que exuda  vida y humanidad incluso en su torpeza y rigidez, y en las escenas familiares previas al encuentro de nuestra heroína con el malvado de turno, un tal Dreykove,un obvio villano soviético interpretado por Ray Winstone, que les lava la cabeza a una red de jóvenes mujeres secuestradas en su infancia, capacitadas para asesinar y derrumbar gobiernos en cualquier lugar del mundo.

El mecanismo de proyección que muestra la industria del espectáculohollywoodenseya entrada la tercera década del siglo XXI merecería un estudio sociológico aparte, pero no son las flaquezas ideológicas sino las virtudes narrativas las que hacen que Black Widow se disfrute desde el inicio hasta el final de sus dos horas largas de metraje. Cuando el film de Shortland logra correrse de esa mirada estereotipada que el mainstream necesita recrear, resucitando una guerra que ya no existe más y que se afirma en la idea rancia de que los rusos son en esencia gente fría y desalmada, todo lo contrario a lo que son los estadounidenses, Black Widow se permite jugar con el tópico de la familia en crisis que de algún modo las hermanas intentan reconstruir (y deconstruir).

La trama políticamente correcta relacionada al secuestro de mujeres funciona muy bien en la estructura narrativa. Siguiendo la línea de Wonder Woman y Capitana Marvel -que fue la primera película del universo Marvel protagonizada por una mujer-, Black Widow juega a la Guerra Fría treinta años después de su extinción oficial y en ese gusto que tiene Hollywood por discutir con fantasmas se encuentran los lejanos ecos de ese cine de espías de Sábados de Superacción que tanto ama cualquier cinéfilo. Algo de esa recreación de un cine sin pretensiones, hermosamente hecho, es lo que se encuentra cuando uno empieza a hurgar en el fenómeno Marvel. Detrás de esas capas y disfraces, la mitología Marvel hurga en la gran juguetería del cine clásico. De este modo, nos sumergimos bajo los clichés del género superheroico en el western, en el cine catástrofe (¿qué otra cosa sino seria Avengers: Endgame?) donde desde el centro de la industria se imagina y filma un inminente apocalipsis desde hace más de una década, en el cine de aventuras, en la comedia y hasta por momentos en el cine político como es el caso de Pantera negra.

Por otro lado, Scarlett Johansson como encarnación de Black Widow hace rato viene representando la imagen de una heroína sufrida, mezcla de dominatrix con la sensibilidad que le trasmitiera Sofía Coppola hace casi dos décadas. Todavíasu rostro pareciera tener el superpoder de capturar en su mirada toda la tristeza y absurdidad del mundo.

Dentro de ese rompecabezas complejo es que debe poder pensarse y analizarse un film deforme como Black Widow. Es hora que la crítica cinematográfica se corra de la pereza y el prejuicio para empezar a tomarse al cine de superhéroes desde la importancia cultural y política que este género realmente tiene para comprender de qué se trata hacer cine industrial hoy en día.Mientras esto no suceda, seguiremos indignándonos contra este cine honestamente comercial a la espera de alguna vanguardia que nos ilumine. Se trata de un cuento ya escrito que despotrica contra un cine supuestamente carente de valor en pos de un cine profundo e intelectual. Ya en la década del 60 los jóvenes redactores de Cahiers du Cinema derrumbaron uno por uno esos prejuicios pero, como ya lo dijo Marx hace más de 150 años, la historia vuelve a repetirse, primero como tragedia y después como farsa.Mientras tanto, la vida sigue andando y en la escena final de Black Widow la enorme Julia Louis Dreyfus (la Elaine de Seinfield) junto a Florence Pugh nos adelantan parte de lo que se viene en el universo Marvel, porque a pesar de la muerte (en la vida y en los cómics) siempre prevalece la vida. To be continued.

Calificación: 7/10

Black Widow (Estados Unidos, 2021). Dirección: Cate Shortland. Guion: Ned Benson, Jack Schaeffer, Eric Pearson. Fotografía: Gabriel Beristain. Montaje: Leigh Folsom Boyd, Matthew Schmidt. Elenco: Scarlett Johansson, Florence Pugh, Rachel Weiz, David Harbour, Ray Winstone, Ever Anderson, Violet McGraw, Olga Kurylenko, William Hurt. Duración: 133 minutos. Disponible en Disney Plus.


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