But I’m always alone
And my heart is like ice
And it’s crowded and cold
 
In my secret life
 
Leonard Cohen
 
Kuklinski es un tipo frío como el hielo. Sin embargo, tiene sentimientos. Esto es contradictorio. Esto es cierto. Fin del silogismo. Kuklinski es frío y despiadado, pero también es sensible y romántico (es capaz de escribirle un poema a su hija, fijate). En esta dualidad, fácil de describir, es donde se cifra toda la complejidad del personaje y el mayor atractivo de la película. ¿Puede una persona ser inhumana y humana al mismo tiempo? Esta pregunta, básicamente, encierra una incógnita filosófica de larga data. Una pregunta cuya respuesta deberíamos ser capaces de responder sin tapujos pero que –sin embargo- se descubre más compleja cada vez, mientras más la pensamos.
 
The Iceman arranca con una suerte de escena romántica: Kuklinski intenta seducir a una chica que le gusta. El interés por ella es genuino, como son genuinos sus sentimientos. Para el espectador, se revela en pocos minutos la naturaleza del personaje: un tipo rudo, torpe, brusco, que –no obstante- es capaz de mostrarse sensible. Podríamos decir que muchísimas personas aptas para la vida civil parecen comportarse bajo los preceptos de esta dualidad; sin embargo, hay algo verdaderamente inquietante en Kuklinski, algo que está más allá de una excentricidad de carácter, listo para convertirse en un signo patológico. De hecho, no pasa mucho tiempo hasta confirmar la sospecha: una disputa entre amigos, en un pool, acaba en tragedia. Sin embargo, incluso esto (aunque punible) no sería tan raro (muchas disputas y malos entendidos acaban mal). Lo raro, en este caso, es que el homicidio no se produjo, como es usual, inmediatamente después de la disputa, en un arranque de furia por parte del personaje, sino luego. Premeditadamente. Esta pequeña diferencia es la que revela y determina que estamos ante una personalidad verdaderamente peculiar. Un caso atípico. Alguien capaz de ejercer su venganza de manera calculada, por puro resentimiento.
 
Básicamente, el resto de la película, y todo lo que acontece, gira en torno a la premisa inicial: lo que observamos, como espectadores, es el posible devenir de un caso clínico peculiar, un tipo afectado de una psicopatología bastante rara, difícil de definir, pero evidente. No se trata del típico asesino incapaz de sentir nada. Tampoco se trata de un asesino con culpas y contradicciones, de un asesino con conflictos internos. Kuklinski no tiene ningún reparo en asesinar, no sufre moral o éticamente ante la posibilidad de hacer lo incorrecto, le da lo mismo. Pero no es que le da lo mismo porque está loco. O quizás sí, pero no está loco como esperamos que esté loco cualquier asesino serial o cualquier villano de película. Su locura –simplemente- es la locura de quien no es capaz de distinguir los límites de lo moralmente correcto.
 
 
La primera vez que Kuklinski asesina a alguien, lo hace porque esa persona lo ofendió. Kuklinski no resuelve las cosas conversando. En un sentido, es como una suerte de niño torpe. Luego, las circunstancias lo llevan a matar por dinero. Cada vez que lo hace, lo hace de manera indolente, porque es su oficio. Lo contratan para matar a distintas personas y él cumple con su tarea: las mata. Kuklinski parece incapaz de advertir o notar que eso está mal, que eso tiene implicaciones morales, éticas y legales.
 
The Iceman, en pocas palabras, narra el ascenso de este peculiar personaje en el mundo de la mafia. Al principio, Kuklinski trabaja en un laboratorio de películas porno. Roy, un gángster de cierta relevancia, es el dueño del laboratorio y, a partir de un altercado de rutina, advierte que la personalidad de Kuklinski puede servir para sus fines, así que lo contrata como asesino y Kuklinski acepta. ¿Por qué? Porque necesita trabajar. Necesita dinero para acceder a una vida civilizada, con ciertos privilegios. Tan simple como eso.
 
Digamos que a medida que transcurre el tiempo, Kuklinski se perfecciona en el oficio. Por otra parte, Kuklinski no es el único asesino a sueldo. En algún momento, la relación con Roy trastabilla y se ve obligado a colaborar con otro asesino a sueldo, a asociarse con él. Este personaje (Freezy), sirve como contrapunto, para que advirtamos la diferencia entre nuestro asesino a sueldo y el otro. La locura de Freezy es la locura que esperamos de cualquier súper villano. Si lo contratan para matar a su propia familia, Freezy sólo pensaría en contar billetes. Kuklinski, a su manera, es un tipo con una ética sólida. El problema es que su ética es deforme, degenerada, incluso cuando el verdadero móvil por el que Kuklinski hace lo que hace es el bienestar de su familia. Lo que, bien mirado, no estaría tan mal. El problema es que Kuklinski confunde las maneras. Es, lo que se dice, una oveja descarriada.
 
 
Hay un momento particularmente atractivo en la película, en el que Kuklinski, antes de apretar el gatillo, le da unos minutos a su víctima, para que rece. Lo interesante es que no se entiende del todo la naturaleza de este “tiempo extra”. No lo hace por compasión, ni lo hace por desprecio. No se está burlando de su víctima y tampoco le interesa el bienestar espiritual de su víctima. ¿Entonces por qué deja que rece? La sensación es que Kuklinski realmente desea una intervención divina. Deja que su víctima rece porque realmente anhela sentir él mismo algo más que pura indiferencia. Sin embargo, todo lo que siente es indiferencia, una indiferencia que se vuelve su mejor herramienta profesional.
 
Sería interesante pensar en la naturaleza, aparentemente contradictoria e inhumana, de la psicología del personaje en el contexto de una guerra en curso. A fin de cuentas, es probable que el multihomicida Kuklinski haya matado a menos seres humanos que cualquier jerarca militar. En cambio, como el contexto legal es otro, la tendencia consiste en considerar a Kuklinski un monstruo y a imbuir de gloria a los soldados y militares. Mirá vos.
 
 
 
The Iceman (EUA, 2012), de Ariel Vromen, c/ Michael Shannon, Chris Evans, Winona Ryder, Ray Liotta, David Schwimmer, 105′.