La línea entre devoción y desorden mental se desdibuja en la ópera prima de Rose Glass, donde el universo gótico se mezcla con el thriller psicológico para llevar el fervor hacia la extrañeza absoluta, en un plano en el que lo real se resquebraja para dejar entrar algo que se debatirá entre la manifestación de lo místico y el recogimiento de una psique trastornada.

Maud (una gran Morfydd Clark) sufre un episodio traumático ligado a una muerte que no es del todo esclarecida, porque todo lo que ocurre antes del presente de la película se mantiene bajo un velo de misterio. Lo que se sabe es que su nuevo trabajo como enfermera y asistente en cuidados paliativos de Amanda Köhl (Jennifer Ehle) le supone una suerte de viaje iniciático en el que su creencia, su búsqueda de sentido, la eleve a otro plano espiritual. Cruzará incontables pasillos, subirá la colina hasta la prueba final: salvar el alma de Amanda, una bailarina en la última etapa de un cáncer terminal que se ha recluido en los recuerdos de sus días de gloria pasados, en una cita incluso explícita a la Norma Desmond que Gloria Swanson construyó para El ocaso de una vida (Sunset Boulevard. Billy Wilder; 1950).

Alejada de todo, rodeada únicamente de grabaciones de sus espectáculos, carteles y vestuarios, Amanda decide  abandonarse al hedonismo. Esta doctrina se contrapone con la vida de penitencia trascendente de Maud y se ve reflejada en la idea que cada una tendrá del cuerpo. Para Amanda, el cuerpo es escenario; para Maud, el cuerpo es lugar de sacrificio. “Que Dios te bendiga y nunca desperdicie tu dolor”, dice Maud en más de una ocasión. Ante la muerte inminente, la primera se aboca a los placeres terrenales, mientras que la segunda piensa en el recogimiento, la oración y las vejaciones como forma de trascender. En cierto momento, la protagonista exhibe un ojo de cada color como forma de bifurcación de la personalidad, de alguien que está coaptada por una entidad otra. El cuerpo se transforma en campo de batalla. Es en el cuerpo donde la devota nota que “Él está contento”, y así lo marca la iluminación: la enfermera sube las escaleras en goce mientras la fotografía marca el compás de un latido de luz. Una tenue luz que se apersona para romper la oscuridad de los ambientes siempre nocturnos, cerrados, pasillos en sombras. Afuera, las luces centellantes contrastan con los escenarios en los que se maneja Maud. Y en esos ambientes los planos recurrentes son cortos, donde el cuerpo es trozado; un cuerpo fragmentado, irreal, accesorio. Es así porque el dolor es una moneda de cambio para obtener los favores divinos, como ocurre en El camino de la cruz (Kreuzweg, Dietrich Brüggemann; 2014), donde el sacrificio del cuerpo supone la elevación del alma. Sin embargo, en la película de Glass se sacrifica ya no para el milagro terrenal, sino para la trascendencia espiritual, para re-unirse con ese Creador, ese Uno plotiniano en el que hay que perderse para alcanzar la plenitud. Es en esos momentos donde aflora el flagelo gore por la forma ascética en que la cámara toma el suceso penitente. No hay hiperbolización sensacionalista que nos ponga a cubierto mostrando el dispositivo, la representación. En esos momentos, la cámara se establece en un humor humilde, de mero observador.

Maud se identifica con María Magdalena, con la forma en que el cristianismo occidental la representa como pecadora y penitente. Es un personaje que constantemente se esfuerza en reprimirse y reprimir a los demás. Bajo un aspecto apocado que recuerda -no en vano- al que personifica Sissy Spacek en Carrie (Brian De Palma; 1976) – por las posturas, los gestos, ciertas miradas…-, se impone toda la voluntad de la devoción sin límites, y por eso la presencia de Maud es desasosegante, llenando cada plano con una atmósfera amenazante… y sin embargo es un personaje que sufre una terrible soledad. Glass nos la presenta transmutada de patetismo, intentando la simpatía de quien trata de encajar, de ser parte. Es un paria cuya necesidad de refugio la ha llevado a ese lugar de fanatismo en busca de razones y una salvación que justifique su dolor.No encuentra lugar en el mundo material más que en la obra de William Blake, para quien Dios no era un Dios distante, sino uno que habitaba en el hombre y lo acompañaba en todo momento. Un artista que consideraba al cuerpo mortal como una mera vestidura del Espíritu, mientras que el Cuerpo Imaginativo sería el que se portaría en la Eternidad. Una eternidad que Maud ve materializada en remolinos como símbolos de la escatología, del recomenzar, de la vida eterna, y que en el arte cristiano simbolizan el impulso del hombre hacia un centro místico desde donde poder acceder al mundo de la sabiduría divina.

Saint Maud comienza en un mundo ya signado por la muerte, por el trauma, para de a poco trabajar niveles de extrañeza que van in crescendo junto con la tensión argumental, sin dar respiro ni aliviar tensiones, hasta llegar a un estallido de violencia tanto argumental como formal, donde la cámara está completamente dada vuelta, capturando imágenes del mundo -y de su protagonista- al revés. El mundo ha quedado subvertido en su totalidad, implicando el abandono total de su Creador que, si está, no es protector sino dañino. Es en ese mundo donde la dicotomía héroe-villano queda absorbida en una masa uniforme que los relega a víctimas. Esto hace que no sepamos detectar dónde está el elemento amenazante, contra qué protegernos. Y es ahí donde posiciona al espectador en una situación de debilidad absoluta. Ese personaje protagónico expulsado del mundo, dueño de acciones torvas, víctima y victimario, autodestructivo, es el que comparte la mirada con el espectador. Glass toma al público y lo posiciona en ese lugar de incomodidad, de ambigüedades. Vemos las cosas a través de los ojos fanatizados de su personaje y compartimos su delirio. ¿Lo que sucede en pantalla es “real” en términos del verosímil del género o es producto de la mente del personaje que guía el relato? La película se mueve en esa indeterminación que Todorov clasificaba como género fantástico y que tiene que ver con la vacilación experimentada ante un hecho que bien podría ser producto de la ilusión o bien producto de leyes de la naturaleza que han sido subvertidas. Todo el tiempo se desdibuja la línea entre algo que sucede en el plano de lo real -de nuevo, dentro del verosímil del género- y una posible elucubración del personaje traumado. Se nos presenta un universo donde la realidad es voluble, donde lo real no hace mella como para decidir si lo que vemos es epifanía o delirio místico. Profeta o loco. Glass juguetea en ese vaivén para decantar en un plano final revelador, pero hasta entonces, el carácter de las cosas que acaecen será otra cuestión de fe.

Calificación: 10/10

Saint Maud (Reino Unido; 2019). Guion y dirección: Rose Glass. Fotografía: Ben Fordesman. Edición: Mark Towns. Elenco: Morfydd Clark, Jennifer Ehle, Lily Knight. Duración: 84 minutos.


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