“Una nueva cara es una ventaja”, le dice el médico a Nelly antes de operarla para reconstruirle la cara que le desfiguró un balazo en el campo de concentración. “No será identificable”, le recalca. Pero Nelly quiere volver a ser la de antes, quiere que su cara reaparezca como si no hubiera pasado nada. Como si el campo de concentración al que fue enviada pudiera desaparecer en el simple acto de reconstruir su rostro. Pero hay algo que va señalando esa imposibilidad. Como un reflejo de su propia cara, cuando Nelly se asoma a la Berlín que dejó hace tiempo, lo que encuentra son ruinas y muerte, un vacío que es de espacios que desaparecieron, pero también de personas, de familia, de amigos que ya no están. “Yo ya no existo”, dice Nelly frente a las ruinas de la casa que fue suya, después de la constatación que está, casi literalmente, sola en el mundo. La reafirmación de su pasado como momento de existencia, sobreviene apenas unos momentos después, cuando ante la foto que usaron para la reconstrucción de su cara dice “Esta soy yo”. Ella es la que está en el pasado, en un instante congelado de felicidad, cuando aún sus amigas eran presente, cuerpos vivos como el de ella, y no ese complejo entramado de círculos que muestra a quienes fueron nazis y cruces de los judíos que murieron.

La búsqueda de Johnny no es solamente la recuperación de aquello que la sostuvo con vida (“No habría sobrevivido al campo si no fuera por Johnny” dice en un momento), sino el intento de volver a ser la Nelly que fue y que la cirugía en su cara no pudo devolver en su totalidad. Por esa razón, la escena en el Phoenix, cuando ella, vestida de negro como si se tratara de una viuda, lo llama y él no la reconoce, se constituye en el centro del relato. Porque allí está implícitamente el manifiesto de la imposibilidad de volver a ese pasado ansiado. Pero también, en la continuidad de la escena, cuando la echan del cabaret y es Johnny quien la llama en la calle, porque lo que aparece es la intención de reconstruir el pasado como una idealización.

Lo que aparece entonces en ese momento es un sistema de desdoblamientos que se entrecruzan a lo largo del relato. Nelly es Esther a los ojos de Johnny, que a su vez es ahora Johannes. Personajes desconocidos que se revelan en un presente que se distancia del pasado en común. El desdoblamiento de Nelly se vuelve, en un punto, un camino sin retorno. Es en el segundo momento en que aparece para hablarle a Lene por la noche. Si en el primero, Nelly mantiene su rostro en la sombra después del reencuentro con Johnny/Johannes, en el segundo cuando Lene enciende la luz, advierte la transformación del rostro en el cual Nelly es ya esa Esther que quiere convencer a su hombre del pasado que ella es, puede ser, Nelly. Es en ese momento en el que hasta las líneas de diálogo la desdoblan. “Desde que volví con él, volví a ser yo”, dice Nelly, recuperando la que fue en su interior. Pero enseguida, una frase asume la distancia, cuando habla como Esther y dice “No creo que la haya traicionado”, hablando de Nelly como si fuera otra que ya no puede ser ella.

Pero también precipita el desdoblamiento de la percepción sobre la historia en la que Nelly se vuelve la representación de la Alemania que aún no se decide entre volver a la que fue en la preguerra y convertirse en una nueva hacia el futuro. Esa bifurcación que se asume en el personaje central, forma parte indisoluble del triángulo central de la película. Si en la superficie la historia parece centrarse en la construcción de dos triángulos que trabajan sobre la imagen actual y la pasada de la pareja central (Nelly/Esther/Johnny; Nelly/Johnny/Johannes), en una dimensión más profunda, el triángulo se completa con Lene. Lene está situada en el presente y en la imposibilidad de volver al pasado (“Johnny no me interesa”; o peor, “No hablo con traidores”, le dice, de manera descarnada, a Nelly) y todo gira hacia la construcción del futuro: sacar a los nazis que aún quedan en la sociedad, recuperar lo que se apropiaron y colaborar en la construcción de un estado judío en Palestina. En Johannes, la dimensión de Nelly se conjuga con su imagen pasada, con aquella imagen que el personaje quería reconstruir en la cirugía. Nelly debe volver como la representación de la Alemania del pasado, en la que la guerra y el nazismo quedan ocluidos, no mencionados. “Quieren a Nelly, no a una interna harapienta”, le dice Johannes cuando prepara el momento del reencuentro. “Ninguno preguntará”, le dice más adelante, cuando ella le plantea que debe armar una historia sobre el campo de concentración. De allí que la escena en la que vuelve a la casa de donde se la llevaron no importa tanto como indicio más firme de la traición de Johnny, sino de la constatación de que nadie quiere saber de ese pasado.

Lo que Johannes postula como una reconstrucción –que es también una alusión a la posible reconstrucción de esa Alemania en ruinas-, implica la necesidad continua de no ver lo que aparece como evidencia ante sus ojos. Si hay algún momento de duda ante Esther –el “parecido” en la letra, la forma en que se ve con el vestido que le ha comprado-, Johannes lo resuelve una y otra vez desde el discurso, afirmando su creencia, desde la repetición de la falta de reconocimiento a pesar de las similitudes hasta la negación definitiva (“Deja de actuar como Nelly. Sé que no eres ella”). Pero es también sugestivo que para poder volver a ese pasado idealizado, haga recorrer a Esther un camino similar al de Nelly. De alguna forma es él quien la lleva al encierro en ese sótano en el que vive, desde el cual el mundo se ve como algo ajeno y a lo que no debe salirse. Es él quien decide que debe transformarse de Esther en Nelly para apropiarse –como lo hicieron los nazis- del dinero de su familia. Y es él quien finalmente pretende tatuarle el número de prisionera replicando lo que ocurría en los campos.

Phoenix puede verse como una condensación temática de los elementos que atraviesan la obra de Petzold. No solamente la tensión apasionada bajo la forma de un triángulo o el desdoblamiento de los personajes, sino porque en ellos aparece también la idea de la historia como una puesta en escena articulada para evitar las aristas conflictivas. Y a partir de esos elementos, la relación entre un destino que se cierne sobre los personajes, el cual, en su intento de evitarlo o torcerlo, solo termina en el fracaso. En el cine de Petzold no hay lugar para finales felices o para personajes que consiguen recuperar un espacio de felicidad perdido. Pero aquí, le permite a Nelly un momento en el final en el que la tensión entre el pasado y el presente se resuelve. Sumergida en la puesta en escena en la que advierte que, efectivamente, nadie quiere ver lo que pasó y nadie quiere preguntar sobre el pasado, el gesto de volver a cantar “Speak low” (“We’re late darling, we’re late/the curtain descends, everything ends/ too son, too son”) y dejar a la vista el número de prisionera tatuado en su brazo, no es solamente la revelación de aquello que Johannes no quiso ver, sino la señal que Alemania no quería ver de su propio pasado.

Phoenix (Alemania, 2014). Dirección: Christian Petzold. Guion: Christian Petzold y Harun Farocki. Fotografía: Hans Fromm. Música: Stefan Will. Reparto: Nina Hoss, Ronald Zehrfeld, Uwe Preuss, Nina Kunzendorf, Michael Maertens, Uwe Preuss, Imogen Kogge, Eva Bay, Kirsten Block, Megan Gay, Valerie Koch. Duración: 94 minutos.


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