Qué buenas las películas malas, le digo a la nueva editora, la CEO de la (anti)empresa, anti como todo sitio donde se escribe con algo de verdad, donde las pautas se escurren entre los dedos, las gacetillas no importan y los mandatos del hype cinéfilo son la espuma de una ola que no vuelve, como las sinopsis. No le dejemos el arte a los virtuosos, dijo alguien importante por ahí. De todos modos, los virtuosos, a veces, como en este caso, también quieren comer del plato sucio. Porque Aristarain es uno de los mejores argentinos vivos, un crack de nuestra liga, siempre con la crítica a sus pies excepto cuando su verba traspasa la barrera del cine y los críticos reaccionarios que se dicen libres estallan. Pero el bueno hizo una mala, una hija que no quiere reconocer. No como Caetano, que la hizo por placer, por exceso de autoconciencia, por canchero. Aristarain la hizo, como hay que hacerla, por la guita, por el negocio del cine; no para que la aplaudan en algún festival y muera en el Gaumont con tres o cuatro sabelotodos diciendo “qué genio”, porque si la mierda la caga un genio huele a rosas, eh. Aristarain la hizo queriendo hacer algo bueno en el país con la mejor industria del mundo, la tierra de las oportunidades, compañeros. Y entrando sin balsa, sin camioneta, con la espalda seca. Con una valija llena de películas buenas y buenísimas. La filmó durante el año del mejor gol de la historia, con algunos actores gringos, tres cracks: Bonnie Bedelia, Peter Riegert y David Spielberg, el profesor de Christine de Carpenter (1983) entre otros 200.000 papeles chicos más; y muchas caras argentinas, entre ellas dos de las mejores de todas, las de sus fetiches Julio de Grazia y Federico Luppi. Aristarain, un clasicista, o sea un mago, un ilusionista que no quiere mostrar los hilos, usó un guion de Dan Gurskis que tiene lo que se necesita, una protagonista sin pasado, combustible de mito. Y como no hay pasado, no hay memoria. Y Bonnie (acá Alice) corre, al principio, escapando entre voces dobladas que recuerdan a las exploits italianas y españolas que buscaban así el doble mercado, y Bonnie maneja y choca y la prenden fuego, pero zafa claro, por un rato. Resucita en un hospital, con amnesia y con Harry a su lado, el psiquiatra adicto al juego que la va a ayudar a atar los cabos sueltos y sacarle fuerza al relato, como siempre cuando se lo quiere explicar todo. Olvidadiza pero menos desquiciada que en The strange vengeance of Rosalie (Starret. 1972), aquel anticipo de las Misery de King y Reiner, Bonnie Bedelia pone el lomo en juego para darle al thriller algo del erotismo que ya asomaba en el mainstream americano y que iba a terminar de explotar a principios de los 90.

El guion de Gurskis, que entre sus pocos laburos conocidos también escribió para Nicolas Roeg la más existencialista que erótica Full Body Massage (Roeg. 1995), tiene algunas cuestiones que pueden hacer ruido en la cabeza de un obsesivo, pero ¿quiénes somos para ponernos en profesores de guion? La mayoría de los críticos no estudió cine ni sabe un carajo de cómo escribir un guion. ¿Entonces? No es tarea del crítico juzgar a geniecillos que consiguen financiación para filmar, no para cagar a otros como pasa la mayoría de las veces, sino para contarle una historia a la gente, al pueblo, cine a cine, caverna a caverna, puerta a puerta, y desde las entrañas de un ordenador es no sólo estúpido sino amoral ponerse a juzgar si una película falla o no falla, como si tal cosa fuera posible. No somos nada, compañeros, diría el gallego-vasco Evaristo. Por el contrario, The Stranger es. Nos guste o no. A Aristarain no le gustó. Por eso nunca la estrenó en Argentina. Tampoco le gustó a Columbia y en USA se estrenó en pocas salas y nunca tuvo edición en DVD. Sí la tuvo en VHS, no la recuerdo en el querido Picadilly (luego Cineramma) del barrio de Almagro pero seguro estaba. Por las esquinas oscuras de la web, comentan los gringos de la generación del video home que se alquilaba mucho durante los primeros años 90 y que no faltaba en ninguna batea ni de las grandes ciudades ni del Estados Unidos profundo. Aristarain contó en entrevistas accesibles a un click de distancia que no la siente suya porque los productores metieron mucha mano. Era su desembarco en Hollywood y su primera película (e iba a ser la única) que no escribía. Después del cambio de paradigma con la gloriosa Jaws (Spielberg. 1975) primero y Star Wars (Lucas. 1977) después, se veló al autorismo americano y comenzó la era dominada por el marketing y las pruebas de audiencia; ya no importaba la visión del mundo del genio de turno sino el entretenimiento para las mayorías, generalmente subestimadas, que empezaban a sentirse adolescentes para siempre, como nosotros. Que la tubería de mierda desembocara en Netflix y los servicios de streaming que niegan la historia del cine, era sólo cuestión de tiempo.

The stranger es una rareza porque fue filmada a la vuelta de nuestras casas y con parte del star system argentino. A diferencia del más reciente Szifron o del eterno Fregonese, que metieron la argentinidad en Hollywood más sutilmente, Aristarain se llevó a todos. Por desgracia no se llevó recursos como los utilizados en La parte del león (1977) -por nombrar sólo una de sus buenas películas anteriores a The Stranger-. En su ópera prima ya quedaba claro su buen manejo de los ángulos, su búsqueda, su trabajo, algo que siempre hizo y explicó Friedkin, tratar de no repetirse en la misma película, desburocratizarla, y ese laburo conjugarlo con planos expresivos, con la cámara narrando, como en ese final brutal en el que la cámara deja sólo a De Grazia en el medio de la autopista al infierno. En The stranger sobran los planos funcionales, bien ejecutados claro, con el género como norte, se ve en los lentes de algunos planos (el uso del angular contra una cara en un momento casi de explotación que tendrá su explicación en el desenlace), en la iluminación de algunas escenas, pero falta la vitalidad que a Aristarain muchas veces le sobraba, la vida del que sabe contar y enganchar y que mostró su linaje exquisito con los genios referenciados al final de su primera película con John Ford a la cabeza. De todos modos, la película gana con una extrañeza que no tiene que ver con su nombre ni con la diégesis, gana con sus errores, con sus flashbacks horribles en blanco y negro, en sus partes cómicas, las buscadas y las que no, y también gana con sus aciertos, con las caras de De Grazia y de Bedelia, que merecieron muchos más minutos de cine americano. Los clichés están ahí todo el tiempo, como en tantos otros thrillers con personajes con amnesia, para gozarlos y para rompernos los huevos, pero -como dijo Tarantino reflexionando sobre Death Proof (2007)- Aristarain debería pensar: si esto es lo peor que hice, no está tan mal.

The stranger (Argentina / EUA; 1987). Dirección: Adolfo Aristarain. Guion: Dan Gurskis. Fotografía: Horacio Maira. Edición: Eduardo López. Elenco: Bonnie Bedelia, Peter Riegert, Barry Primus, David Spielberg, Ricardo Darín, Julio de Grazia, Cecilia Roth. Duración: 93 minutos.

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