No es en la noche, ni en el azul tormentoso del plano, donde esa mujer va a desaparecer. No es en el viento del este -que sopla siempre a la misma hora de la tarde-, ni en los recreos amorosos del bosque donde la patria se reunifica, que esa mujer va a retirarse del mundo.

La suya no es una aparición epifánica ni una revelación. No hay mito reescribiéndose en esa emergencia acuática entre hombres muertos ni configuración simbólica de la libertad en esas huidas matinales sobre el puente. No hay Ondina ni Venus a la que remitirse. Lo suyo es un rechazo al retorno, un abandono del disfraz en medio del carnaval de las almas.

Primero el azul, el traje de baño azul y el vestido azul. El tono frío que atrae, que convoca y que repele por igual. El color que obsesiona, que enloquece y que mata. Después el rojo, el vestido rojo y el canto rojo. La furia sujetada a toda voz, el simulacro resignado antes del destierro.

En el medio están los actos cotidianos, los días de playa obligados y el baile forzado; los cruces de caminos y de cuerpos; los besos robados. En el medio están los triángulos amorosos y las bisectrices fatales; formas de contención inútiles, pensadas para el tránsito terrestre y previsible pero no para el artificio sublime de la fuga.

En el medio están los atuendos que distraen del tiempo y los paseos laterales, que más que paseos son trampas o misiones. Las bicicletas que evitan la muerte, los trenes que habilitan el sueño. En el medio están las ciudades, azules como la noche, y sus márgenes, rojos como las aves que renacen.

En el medio están las citas y las demoras nocturnas, las elipsis que promueven el desencuentro y las apariciones vespertinas, como si no hubiera ayer ni pasado al que responder. Como si todo se tratara de un acto, de una simulación de la ausencia que permite vivir en la nostalgia, en la captura desesperada de la imagen quieta, y prepara el terreno para la partida.

Pero no es allí, en esas errancias fantasmales que continúan un duelo que ya no es de nadie, ni en la adopción provisoria de los nombres de dos sílabas, poblados de i griegas y eles (Leyla, Laura, Yella, Nelly), que anticipan y suceden el brillo opaco y la gracia –apenas más extensa- de la mártir “Barbara” y secreta, que va a producirse el escape.

Tampoco es en la música melancólica de los cassettes, ni en las evocaciones apagadas del sol por las mañanas, ni en el silencio de las aldeas y los barrios periféricos, que esa mujer va a desprenderse de los estatutos míticos de la ninfa para impregnar de señales y huellas crueles, imborrables, su movimiento último, su vuelo fuera del plano.

Es en la luz, en el blanco del día, después de las canciones susurradas y de la exhibición dolorosa del recuerdo, después de la resurrección onírica y las imposturas milagrosas, donde esa mujer va a perderse -que en este caso significa fundirse, desvanecerse-. Una imagen final y absoluta que lo abarca y lo borra todo al mismo tiempo. Un destello perpetuo y cegador. Un fulgor diurno.


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