Otra ronda comienza con un juego que recuerda a aquellos que practicábamos en la adolescencia para obligarnos a tomar sustancias etílicas de polémica calidad. En este caso un grupo de jóvenes daneses corren alrededor de un lago bebiendo cajones de cervezas – de evidente mejor origen- a contrarreloj, vomitando en equipo si es necesario. Pero no es tanto el alcohol en sí mismo, sino el colectivo que los impulsa, como si el incentivo para ingresar el líquido espirituoso a sus cuerpos fuera no tanto el simple gusto de beber y emborracharse sino la arenga y la diversión grupal. Este sentimiento conjunto es algo que se destaca durante el transcurso de la película en igual sentido y es en esos momentos que encontramos una conciencia contraria al individualismo. De hecho, en la configuración de los cuatro profesores que la película retrata, también se enfatiza la soledad como la mayor problemática que los aqueja. En el juego que habitualmente practican los jóvenes luchan contra el tiempo, resistiéndose de alguna forma a los designios capitalistas; los adultos, en cambio, y acaso siendo inconscientemente leales a esos propósitos, en su vida diaria lo dejan pasar sin más.

Thomas Vinterberg, con su habitual registro de cámara en mano, persigue sin tregua los rostros y expresiones de estos cuatro profesores escolares en plena (in)acción. Así, en la presentación de cada uno, se muestra que el máximo signo de vitalidad que parecen conservar es el de la respiración. Sentados, inertes, exhalan con desazón, como una última manifestación de que aún existe en ellos algún tipo de voluntad fuera del automatismo en el que están inmersos. Cuando se alcanza la calidad de vida óptima, como sucede en un país ideal(izado) como Dinamarca, ¿qué puede fallar? La respuesta se ve reflejada en la existencia de estos seres que, siendo funcionales al sistema, con un bienestar material asegurado y respetando los parámetros establecidos por el sentido común, están impulsados por una inercia que los mueve y a la vez los inmoviliza. 

Protagonizada por un Mads Mikkelsen que sobrepasa todo adjetivo, con una actitud que engrandece cada plano, resistiendo con su gestualidad narrativa cualquier tipo de acercamiento y angulación de cámara, en Otra ronda su personaje, Martin, tendrá predominancia en la trama y será el motor de la misma. En él preexiste una inversión que fue positiva al sistema pero negativa a su esencia, y cuya discordancia se hace notar en las primeras imágenes: ¿cómo explicar la Revolución Industrial sin hablar de la Primera Guerra Mundial como la falla más evidente del sistema al que representa? Esto provoca que frente a la clase no pueda enunciar los conceptos o que sea confuso, así como lo es la historia que debe enseñar. De la misma forma el cuerpo se manifiesta ante él: el dolor de espalda es claro signo del entumecimiento provocado por estar dentro de esta estructura rígida y, sobre todo, regido por la misma. Por eso será el que ponga más resistencia en nombre de la «sensatez», pero a la vez más predisposición a transgredir los límites en coherencia con su pasado y esencia.

Las mencionadas imágenes iniciales, repletas de algarabía, risas, movimiento y vida, contrarrestan de forma abismal con la vida institucional. A continuación se muestra de forma análoga la corrida circular dentro del gimnasio, ordenada, sincrónica, cronometrada, silenciosa, es decir, en armonía con los parámetros de orden establecidos en ese intento por moldear sus cuerpos. Allí los alumnos pierden la vitalidad del inicio, así como sucede en otras clases por la presión de insertarse en el orden social y no fallar.  Atrapados en sus sillas, imposibilitados ya de jugar, al menos hasta que la pedagogía doctrinaria de conceptos, formas y formalidades ingrese en el campo de la pasión, y entonces aprenderán a mirar el mundo con otros ojos, entendiendo que este no es lo que aparenta ser y que ellos no tienen por qué ser como ese mundo quiere.

Pero los alumnos tienen un papel secundario en la historia: son tan sólo quienes llevan a la práctica la proclama de Scarlet Pleasure que abre y cierra Otra ronda, agitando las aguas con su “Fuck what they are saying, what a life”.  También serán quienes reconozcan y saquen del anonimato a estos cuatro seres, apreciando los nuevos tipos de conocimientos que les brindan fuera del saber ilustrado, cercanos a la experiencia.

Para que esto ocurra los profesores deberán desestabilizar la estructura que los oprime y ser algo más que un elemento afín al progreso normalizador de la institución. Ellos, así como sus alumnos, llevan a cabo otro juego de ingesta alcohólica pero utilizando, paradójicamente, el método científico. El experimento comienza con parámetros determinados, reglas fijas, siguiendo la teoría de Skardeurd arbitrada por Hemingway.

El mismo devendrá en tres etapas. La primera es la prueba testigo: demostrar que 0,5 ml de alcohol en sangre son necesarios para el ser humano que nace con dicho déficit. Este impacto dará un sentimiento de existencia a los participantes, ausente en la configuración de sus vidas laborales que por expansión afectará también a las personales.

La comprobación de este primer parámetro los lleva a probar una nueva instancia, donde la música entra a jugar como incentivo y que tiene que ver con el despertar de las sensaciones corporales: Nicolaj le mostrará a Martin sin usar palabras que se le eriza la piel al escuchar a Bellman, el nuevo mentor de esta parte. Así aparece el arte y con ello lo espiritual; así emerge el movimiento. Claro que para buscar este «más allá» también suben la dosis de alcohol en sangre. Este segundo paso da lugar a una escena, quizás la más bella de la película luego de la secuencia final: el partido de fútbol. Allí el ambiente acompaña el estado, con una hermosa luz sobreexpuesta que embriaga la imagen, y en donde la estética natural de la fotografía alcanza su esplendor. La cámara baila al ritmo de los festejos y así la felicidad es compartida por el mismo espectador.

Pero si bien la ingesta que nubla la razón está fuera de la “normalidad”, a la vez se normaliza: el control de la graduación alcohólica, hasta el cronometrado del consumo, parece volverse un sistema dentro del sistema. Vencer los límites es quitar el orden; es beber sin restricciones. Allí aparece la tercera etapa, donde el alcohol deja de ser el catalizador de estas emociones que estaban ausentes para volverse lo que es: una droga que puede generar adicción y que implica justamente la trasgresión total. Allí la fascinación de la sustancia llega al clímax y expone la peligrosidad de la misma, el quiebre, el exceso. La ingesta entonces se vuelve figura y se desvirtúa – podríamos llamarlo la etapa “Wake in Fright” del asunto-. La coherencia del guión ayuda a que este movimiento, que podría ser aleccionador, o lleno de moral y culpa, sea el golpe final para que los personajes se reafirmen en una nueva etapa, o naufraguen.

El alcohol en realidad funciona como McGuffin: cualquier otro elemento que nuble la razón serviría a los mismos fines –por ejemplo, Nikolaj como buen freudiano lo aspira mostrando esa otra posibilidad-.  Sin embargo, el alcohol en Dinamarca parece ser la falla más evidente del sistema, así como el suicidio, la presión por pertenecer y triunfar, o mismo la falta de felicidad. La película se encarga de recordar cada ítem, así como de resaltar ciertos valores nórdicos. Pero sobre todo se encarga de mostrar otra celebración, la de la vida fuera de la razón, la del cuerpo y el espíritu, apoyado en el existencialismo de Kierkegaard -leitmotiv de la filmografía del Danés-, y también, claro, en el alcohol y sus beneficios a corto y «medido» plazo. En definitiva, se trata de derrotar a esta especie de adormecimiento en plena conciencia, de sentir vértigo, de vivir y animarse a saltar sin pensar tanto.

Lo que hace Vinterberg no es tanto exponer la crisis de mediana edad de los protagonistas, sino poner en evidencia las fallas de raíz del capitalismo como también lo mostró en otras películas. Alejado ya de los postulados restrictos y radicales que lo vieron nacer como cineasta bajo el manifiesto del Dogma 95 pero intentado sostener siempre su pugna naturalista, en Otra ronda el uso de los recursos cinematográficos es pleno, el montaje es dinámico, los cortes son ejecutados por acciones y las actuaciones la pieza fundamental. De esta forma se permite incluir una serie de imágenes que irrumpen el relato lineal por fuera de la diégesis. Para esto selecciona secuencias de líderes políticos en estados etílicos diversos y así demuestra que muchas veces los que están en el poder no son precisamente los que siguen las reglas que ellos mismos auspician. Esta selección le da sustento al guión, pero también demuele las críticas moralistas hechas a la película: críticas rancias que huelen a establishment.

Calificación: 8/10

Otra ronda (Druk, Dinamarca, 2020). Dirección: Thomas Vintenberg. Guion: Thomas Vintenberg, Tobias Lindholm. Fotografía: Sturla Brandth Grøvlen. Montaje: Janus Billeskov Jansen, Anne Østerud. Elenco: Mads Mikkelsen, Thomas Bo Larssen, Magnus Millang, Maria Bonnevie, Lars Ranthe. Duración: 117 minutos. Disponible en Netflix.


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