Qué difícil escribir sobre una gran película. Testigo en peligro está dentro de ese grupo de películas atemporales a las cuales las palabras parecieran no hacerle justicia nunca. La trama es la de un policial clásico: un testigo inocente observa, por designios del azar, un crimen atroz. Es el pequeño Samuel Lap (Lukas Haas) que se encuentra en el baño de la estación de tren de Filadelfia esperando junto a su madre un trasbordo. Hijo y madre son parte de la comunidad amish. Ese colectivo social vive por fueras de la cultura y de las costumbres propias del mundo moderno, y es en esa antinomia entre modernidad y tradición donde radica una de las grandes virtudes de la película de Weir. El pequeño Samuel presencia un asesinato que a la larga representará el eslabón de un oscuro entramado que engloba a la policía como representación de una corrupción institucional estructural. Weir no es un director de policiales, pero su pericia narrativa innata para el cine de género transforma a este film en uno de los grandes policiales de los últimos años del siglo XX. Integrando a la trama la cuestión de la religión en formato melodrama, Weir convierte a Testigo en peligro en una película de amor religiosa que habla acerca de la segregación y el sectarismo a la vez que tematiza la cuestión del héroe, sumándole a su mirada una crítica radical de las instituciones.

Siguiendo otra gran tradición del cine clásico americano, de la cual Weir es un continuador y deudor, Testigo en peligro también es una película de actores que sostienen la trama desde su corporeidad y carisma, tal como lo hacía John Wayne en las películas de John Ford o James Stewart y Gary Grant en las películas de Alfred Hitchcock, por mencionar solo dos ejemplos del cine de la época dorada de Hollywood.

Adolfo Bioy Casares alguna vez dijo que una novela era más interesante cuanto menos se notaba al autor detrás de ella. En ese sentido, y así como esas grandes películas de la edad de oro del cine industrial americano estaban pensadas para los actores y el director no era catalogado como un autor en sí mismo, Testigo en peligro cumple a la perfección con esa premisa: el reparto actoral se impone y la autoría de Weir se percibe a partir de su propia invisibilidad sobre el material desarrollado. Incluso podríamos decir que ese precepto literario de Bioy se puede rastrear a lo largo de toda la obra de Weir: The Truman Show es una película de Jim Carrey (la primera película en la que Jim Carrey demuestra que además de ser un excelente comediante es un actor con todas las de la ley); Matrimonio por conveniencia, aun respetando la tradición de las comedias románticas clásicas, no puede ser pensada por fuera de esa pareja perfecta conformada por el cuerpo colosal de Gerard Depardieu y la dulzura clásica de Andie MacDowell; por su parte, Capitán de mar y guerra es un film de aventuras que no sería tal sin el músculo para la acción y el drama que representa Russell Crowe. Lo mismo ocurre con Testigo en Peligro y lo que significa Harrison Ford como actor en una época en la que éste ya había protagonizado otros policiales, a esta altura clásicos, como lo fueron Búsqueda frenética de Román Polanski (un tributo explícito al cine de Alfred Hitchcock) y El fugitivo de Andrew Davis, adaptación de la serie homónima de la década del 60 y que tiene más de un punto de contacto con el film de Weir.

En una primera lectura, Testigo en peligro es un policial. Harrison Ford es el héroe que se enfrenta a una institución corrompida. Emulando al Marlowe chandleriano, el héroe es aquí un hombre solitario que lucha contra un sistema imposible de vencer. La corrupción es el orden establecido al interior de esa institución policial que debería ser la representante de los valores morales, pero en la Norteamérica reaganiana la pus chorrea por todos los poros. Otra virtud notoria de la película, y que también proviene de la tradición del film noir y de la novela policial clásica, es la economía de recursos a la hora de narrar. Luego del asesinato mencionado, el pequeño Samuel y su madre Rachel (interpretada por una contenida y a la vez incendiaria Kelly McGillis) serán cuidados por el detective capitán John Book (Ford), que además de protegerlos dará la impresión de querer refugiarse de la hostilidad del mundo en el interior de esa comunidad cerrada sobre sí misma. A medida que la trama avance y que el entramado de corrupción policial empiece a quedar cada vez más al descubierto, una subtrama encuadrada en el melodrama irá surgiendo como si de una mamushka se tratara. La película juega todo el tiempo con estas dos tensiones. Por un lado, la ya señalada del entramado policial entre un héroe a cargo de una madre y un hijo y una institución representante de un sistema corrupto; por el otro, la historia de amor imposible entre una mujer atrapada en una moralidad represiva y un hombre libre que pareciera no estar contenido dentro de ningún lazo comunitario. Expulsado de la institución policial por descubrir el mal que en ella anida y sin vínculos amorosos expuestos a simple vista, el capitán Book pareciera ser un hombre que, aferrado a su ética, se enfrenta a un mundo amoral. Sin grandes subrayados desde la puesta en escena, a Weir le bastan apenas un par de miradas entre Ford y McGillis para describir una pasión incontenible cocinada al lento fuego de la represión religiosa y a la vez para dar cuenta de la imposibilidad de ese amor como algo concreto.

En otro sentido, si el vínculo entre el personaje de Harrison Ford y el pequeño Samuel conmueve es por la sencilla razón de que se trata de un vínculo filial no sanguíneo, un subgénero en sí mismo y una marca que Weir lleva adelante a lo largo de toda su obra, trate el género que trate.

Testigo en peligro es un alegato sobre la segregación y la persecución de lo distinto, pero también una película sobre la heroicidad y la búsqueda de redención en el amor, aun cuando el mundo se presente como un espacio cruel y sin sentido.

A casi cuarenta años de su estreno, la película de Weir brilla como la obra maestra de un autor que por más que intenta pasar desapercibido, gracias a Dios no lo consigue. Su mirada piadosa sobre la condición humana y su capacidad narrativa para capturar un gesto amoroso en un plano lo transforman en ese tipo de directores que saben que la técnica sin corazón no vale para nada.

Testigo en peligro (Estados unidos, 1985). Dirección: Peter Weir. Guion: Earl W. Wallace, William Kelley, Pamela Wallace. Fotografía: John Seale. Música Maurice Jarre. Elenco: Harrison Ford, Kelly McGillis, Lukas Haas, Danny Glover, Jan Rubes, Aleksandr Godunov, Viggo Mortensen. Duración: 112 minutos


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