“Las luces de la costa son faros del pasado”, canta Gustavo Cerati en aquella canción compuesta junto a Melero. A diferencia de ellos, en La boya Fernando Spiner no parece tan dispuesto a querer abandonarse en la corriente y “descansar de todo ayer”. El director de La sonámbula (1998) y Aballay, el hombre sin miedo (2010), parte de una Buenos Aires otoñal y apunta la proa de su auto una vez más hacia el mar. Pero esta vez es diferente, nos advierte el director. Como en aquella serie de libros juveniles llamada “Elige tu propia aventura” -en la que el lector podía volver sobre sus pasos y ver qué destino habría tenido si su decisión hubiese sido otra-, Spiner se dirige a la Villa Gesell de su adolescencia para hacer una película sobre un amigo que representa, para él, la vida que no vivió. La vida en su pueblo, junto a sus amigos, junto a su padre, junto al mar.

Aún con el cuadro en negro, mientras escuchamos el romper de las olas, un anciano nos cuenta en yiddish, candoroso, que esta es una película sobre su bisnieto Fernando y su amigo Aníbal, quienes comparten una tradición que lleva ya cuarenta años: nadar hasta la boya. Esta amable y juguetona forma de presentar el motivo del film, además de informar sus coordenadas básicas, indica un tono, una intención, en la que ficción, tradición, pasado, presente y tiempo irán urdiendo un trasmallo especial, uno que se sumergirá en el mar a la búsqueda de algo que se presume intangible, escurridizo, eterno y transitorio a la vez. Como el tiempo, como el propio mar.

Indagar en la vida de su amigo Aníbal, periodista y poeta, pareciera tener para Fernando un sabor agridulce. Luego de su partida hacia Roma para estudiar cine, su padre Lito y Aníbal devinieron amigos. Durante la cena con la que le da la bienvenida, Aníbal llega incluso a confesarle que en aquellos años Lito fue como un padre para él, y que ambos se dieron ánimo para avanzar en su oficio de poetas. Fernando, con una sonrisa amable pero tensa, calla y sigue comiendo el bagre que Aníbal pescó esa tarde, y que preparó con una receta que le dio… su mamá.

Cuando todo indica que la película transitará el andarivel del hijo desplazado, la historia se abre a otros personajes. Artistas, guardavidas y habitués de un taller de poesía dictado por Aníbal nos cuentan su vínculo con el pueblo, con la poesía y, fundamentalmente, con el mar. Entre todos -a partir de testimonios o de la experiencia de momentos concretos- van construyendo la fisonomía de la vida que Spiner dice no haber vivido. Una vida contagiada por el estado de ánimo de ese mar, brabucón y encantador, en la que la poesía surge como una nodriza a quien tomarle la mano cuando la naturaleza, tan próxima, y la soledad invitan a una deriva interior.

Sin embargo, aún cuando la película adopta la modalidad de retrato de pueblo marino, la historia personal del director no desaparece. Allí está él, en plano, observando sonriente pero respetuoso de la distancia que se abre entre él y ese espacio, que pareciera no terminar de sentir propio. La incomodidad del invitado. Esta forma de representar un aspecto no saldado de su pasado resulta más sugestiva que aquellos pasajes en los que el rastreo familiar se coloca en primer plano.

Las escenas en el mar, en las que Aníbal y Fernando cumplen con el ritual de nadar hasta la boya, son de una potencia embriagante. Todas las alegorías que los poemas ofrecen del mar son aquí sustituidas por el registro más palpable de su fuerza caprichosa y plena de vida. Aferrada al cuerpo del director y al compás de sus brazadas, la cámara se zambulle una y otra vez en el mar verde, profundo, silencioso, para luego volver a emerger y mostrarnos el avance de Aníbal entre las olas. Durante esas carreras hasta la boya, Fernando es otro. La sonrisa tímida troca por risa a carcajadas y su gesto se ablanda, juega. A diferencia de lo que le ocurre en el pueblo, su cuerpo se suelta en el agua. Nadando, recupera la memoria de un tiempo en el que ese era su lugar en el mundo y Aníbal su compinche. El ritual de la boya resulta doblemente exorcizante. Es una liturgia que lo reconcilia con el mar y con su pasado. Este aspecto sanador del film encuentra su síntesis en los bellos planos de Fernando y Aníbal observando la ciudad desde el mar.

Pero el recorrido de Spiner hacia su pasado no se trunca en la evocación. En lo que puede interpretarse como la segunda comunión con su historia familiar y con su pueblo, el director se alimenta de los poemas de su padre y de Aníbal, las motivaciones de los artistas del lugar y las historias de vida de sus pobladores para devolvernos secuencias que, en clave de ensayo estético, describen plástica y poéticamente el entorno, representando el estado de embriaguez que él genera. Sostenido por la hermosa musicalización de su hija Natalia, Spiner (se)propone convivir con el enigma, disponerse a transitar esos momentos en los que, como dice Juan Forn, uno de los escritores entrevistados, “la mirada gira para adentro y ya estás en un paisaje interior, en paralelo con todo eso”. El constante ir y venir entre estos pasajes, aquellos con una puesta más tradicional y las entrevistas genera cierta desorientación respecto a cómo disponerse frente al film. Aunque posteriormente uno puede recuperar todos los momentos y darles un sentido integral, en ocasiones se siente cierta colisión entre ellos.

Antes de morir, Lito le encargó a Aníbal que soltara en el mar una antigua boya.Aníbal le propone a Fernando cambiar la boya actual por esta otra, esperando que alguna sudestada la suelte y lleve mar adentro, cumpliendo así con el encargo de su padre, en lo que será uno de los momentos más conmovedores de la película. La incógnita de tal pedido se irá develando durante la película. Pero la idea de una boya a la deriva sintetiza la matriz paradojal de la película.

La imagen de Spiner sumergido en un mar embravecido y abrazado a la boya que atesora una historia familiar, mientras mira el pueblo del que se fue y al que regresa sin cesar, como una ola, representa la comunión de su enigma personal y familiar con el de todos los personajes de la película. No por nada todos resultan pendientes de la boya. Ella simboliza la necesidad del hombre de hendir en el mar una referencia. Y en ese afán de interrumpir su movimiento con un punto estático, demostramos que su naturaleza nos es incomprensible, y que es esa incomprensión laque nos fascina y repele a la vez.

La boya (Argentina, 2018). Dirección: Fernando Spiner. Producción: Magdalena Schavelzon, Fernando Spiner. Guion: Fernando Spiner, Aníbal Zaldívar, Pablo De Santis. Dir. de Fotografía: Claudio Beiza. Montaje: Alejandro Parysow. Dir. de Arte: Juan Mario Roust. Diseño de Sonido: Sebastián González. Música: Natalia Spiner. Intérpretes/Entrevistados: Aníbal Zaldívar, Ricardo Roux, Pablo Mainetti, Juan Forn, Guillermo Sacommanno, entre otros. Duración: 90 minutos.


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