Pongamos en primer lugar la desacreditación de un lugar común: suele decirse que estamos en la era de la imagen, en virtud del predominio de los medios visuales por sobre los escritos. Después de algún tiempo de embelesamiento con la imagen y con la creencia de que se bastaba a sí misma, parece irse hacia otro lugar. Ahora, cualquier informe en la televisión o en las redes necesita de alguien que le dé un marco. Que se tienda a la repetición para lograr la fijación en el espectador y que el vocabulario se restrinja –y se deforme- cada vez más, es otra cosa. Pero las palabras ocupan un espacio central, en tanto funcionan como vehículo de transmisión de una ideología.

La cuestión es que los medios visuales intentan sostener la transparencia y la inocencia de la palabra, lo que implica que la palabra como tal no genera dudas: es un objeto que no muta y cuyo significado se sostiene en una serie de convenciones establecidas en el interior de una comunidad. Inmutabilidad es, en cierto punto, sinónimo de conservadurismo, de resistencia a cualquier cambio en el uso y el modo. La palabra es, en verdad, otra cosa según como se la use, pero no es un objeto duro, sino elástico, flexible, extensamente combinable.

Todo este largo prólogo viene a cuento de Viva el palíndromo, que en apariencia podría parecer no más que un documental sobre un grupo de personajes extraños, especiales, equidistantes entre la anormalidad y el excentricismo a partir de la práctica de la palindromía, ese arte de buscar palabras y construir frases que se lean exactamente igual del derecho y del revés. Pero, en realidad, es sobre las palabras. Y más precisamente sobre el poder de las palabras en un mundo que se vanagloria de lo visual.

El recorrido que plantea el documental es por una doble vía. Por un lado, tratando de establecer la importancia del palíndromo como forma de escritura, contra el desconocimiento del común, que lo cree “poco importante para la humanidad”. Hay por allí una definición tan precisa como inquietante: el palíndromo es como un laberinto bien dibujado. Un espacio en el cual vale perderse –e incluso hacer trampas- antes de encontrar la salida. Es interesante lo que implica el concepto de “bien dibujado”, en tanto remarca la necesidad del esfuerzo y la ruptura con la fluidez que implica la narrativa como forma. O lo que es lo mismo, trabajar con las palabras como si se tratara de objetos, despojarlas de la cárcel de su significado motorizado por la prosa para reconstruirlo en una puesta en relación de otro tipo. Hay entonces un proceso de elección, de selección, que desprecia cualquier idea de desideologización. Es curioso que, en un punto, el planteo que se cruza en los dichos de los entrevistados revela un abismo entre el constructor de la frase y el receptor posible: mientras el primero debe, como condición inevitable, perderle el miedo a las palabras, el segundo se enfrenta a una construcción en la que más que en la simetría, se descarga el peso en su condición de espejo, de reflejo de los miedos que sigue imponiendo la palabra como tal. La palabra aparece entonces como vehículo del miedo –transmisión de una ideología- pero a la vez como el instrumento que puede romper con el miedo y, por tanto, como desarme de la transmisión ideológica.

Por otro lado, saliendo de los parámetros teóricos para sostener un carácter subversivo de la palabra como objeto y del palíndromo como forma. Alejado de cualquier desborde hacia lo explícito, el documental avanza como una forma de resistencia que va incluso más allá del lenguaje. En un determinado momento, un palindromista señala, durante una charla, que pasó cuatro meses escribiendo un libro de palíndromos que es absolutamente inútil e improductivo, pero que a la vez se revela como una meta alcanzada. Allí, la potencialidad subversiva del palíndromo se expande. De una parte, en tanto solo importa su concreción, independientemente del camino recorrido y de la significación que pudiera tener lo construido. Por otra parte, porque impone la idea de lo inútil, en diferenciación con la concepción del objeto de uso, llevando al palíndromo al territorio que mejor le cuadra: el juego. Y por cierto: no puede haber nada más revulsivo que un grupo de personas escogiendo palabras por el puro placer de construir una frase con unas reglas determinadas. Placer y satisfacción son antónimos de obligación y productividad, una oposición tajante e irreversible dentro de un mundo capitalista. No debería extrañar que en medio de la locura de este mundo, los practicantes de la palindromía fueran declarados subversivos del orden instaurado por el capitalismo.

El hallazgo del documental de Lipgot no está solamente en el registro de esos personajes que todos los años se reúnen en un castillo de un pequeño pueblo de Catalunya. Ni tampoco en la construcción de un entramado de voces –entre las cuales hay que mencionar a Juan Filloy y Julio Cortázar- que sostiene la potencialidad de la palabra. En todo caso, lo mejor pasa por haber comprendido que su trabajo podía –y quizás, debía- sortear las barreras de la construcción documental tradicional. Viva el palíndromo adopta con soltura las formas liberadas del objeto al que se refiere y se toma a sí mismo como un juego que hay que jugar en serio –al punto de colocar en el centro exacto de la película un corto animado hablado en palíndromos. Tal vez para algunos sea tan improductivo como leer el Karcyno de Juan Filloy, pero en ello radica la esencia del juego. Como en todo juego, lo que importa es ser parte, dejarse llevar por el ocio y, como dice el propio director, perder el tiempo con elegancia. Y después, como parte del juego que propone el documental, quedarse inevitablemente prendido a la película, mientras la vocecita de Sylvia Tichauer (y la de algunos otros que se suman), repite, como un mantra dulce y feliz, ese estribillo que dice “Viva el palíndromo/viva el palíndromo/que sin palíndromo/no puedo yo vivir”.

Viva el palíndromo (Argentina, 2018). Dirección: Tomás Lipgot. Guion: Tomás Lipgot, Jordi Montornés, Gerard Fossas. Fotografía: Javier Pistani. Edición: Bruno López, Leandro Tolchinsky. Duración: 100 minutos.


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