1. Francisco Piria es un hombre que se construyó a sí mismo (parte uno). Un emergente de la nada en la que quedó, huérfano, comenzando la adolescencia, volviendo de la Italia de fines del siglo XIX donde lo enviaron a estudiar. Volver a Uruguay para no encontrar nada. Ni madre –que había muerto- ni casa –que ya no tenía. Hacerse a sí mismo en las calles de la Ciudad Vieja de Montevideo. Comprar (o encontrar) y vender objetos. Montar un primer negocio: un bazar. ¿Acaso no puede pensarse en el bazar como en el primer mundo entero que creó Piria? ¿No caben allí una cantidad y variedad de objetos que pueden proceder de diferentes lugares y servir para usos disímiles? Lo primero que parece resaltar de El mundo entero no es la necesidad obsesiva de abarcarlo todo, sino la de construir un nombre. Sin nombre no hay mundo posible, ni entero ni fragmentado. Piria hace su nombre en la diferencia. Mientras los demás comerciantes atienden sus negocios, él se asienta en la publicidad llamativa, en los atractivos que ofrece a los potenciales clientes, en los beneficios que otorga para que luego éstos vuelvan hacia él. La distancia entre el siglo XX y el XIX la entiende Piria en la publicidad: si me conocen, seguramente me van a comprar más.

2. Francisco Piria es un hombre que construye una ciudad (parte uno). Una ciudad que es en parte propia –es donde vive, donde comercia- pero que a la vez es ajena –en tanto su educación formal y su familia de origen es italiana-. Pero el Montevideo en el que Piria se movía como comerciante estaba restringida a lo que hoy es la Ciudad Vieja: un puñado de manzanas encerradas por el río y el puerto. Lo que hace Piria es llevar a Montevideo más allá de sus propios límites. Entiende el negocio inmobiliario como una apuesta al futuro. Y así como compraba y vendía objetos en el bazar, replica sus formas con las tierras. Compra, lotea, vende las parcelas. Muchos barrios actuales de la ciudad fueron originalmente producto de esos loteos de Piria. Para atraer clientes, utilizaba las mismas técnicas que en el bazar: atraer, dar facilidades, invertir para recuperar con creces. En algún momento del documental, el negocio queda develado: ofrecía los terrenos que loteaba en 60 ó 70 meses porque en los primeros dos años su inversión ya quedaba cancelada. Dos años para recuperar y tres o cuatro años después de ganancia continua.

3. Francisco Piria es un hombre que se construye a sí mismo (parte dos). Una vez que se tiene el nombre, cualquier proyecto es viable, es posible (o al menos lo era en esos tiempos de comienzos del siglo XX). Las puertas se abren, en tanto el nombre que se posee es una consecuencia de los negocios, del dinero. El Piria adelantado a su tiempo histórico empuja las transformaciones que van más allá del negocio. O que lo exceden como materia perdurable. El pie en el siglo XIX que mantiene Piria se cifra en sus conocimientos de la alquimia y en la puesta en objetos de los mismos. Pero el que se adelanta a su tiempo es el otro. El que intuye que los negocios mayores están en la otra orilla del Río de la Plata –ya sea por lo que necesita Buenos Aires y Piria le puede dar, como por lo que puede ofrecerles a los acaudalados argentinos para escapar de sus propias tierras-. El que escribe una ficción anticipatoria en la que viaja en el tiempo para ver el Uruguay de comienzos del siglo XXII. El que funda un diario para escribir contra ese Estado que “se vuelve su peor enemigo”. Pero todos esos elementos que el documental describe y que son fundacionales a la estatura del personaje, están subsumidos a otro elemento que lo construye en una mayor dimensión: la construcción del castillo en las cercanías del Cerro Pan de Azúcar. Ese castillo no es solo una construcción, sino la representación de aquello en lo que termina convirtiéndose. Elevándose desde las alturas para contemplar desde allí la ciudad que ha creado, no solamente pone distancia de clase. Como señala el documental, ese castillo de reminiscencias feudales es el pasaje del “ser dueño” al de “ser gobernante”. Piria convertido, entonces, en “el patrón y la Ley”.

4. Francisco Piria es un hombre que construye una ciudad (parte dos). Dejemos de lado lo que parece ser un detalle irresuelto respecto de si el nombre original era Heliópolis. El interrogante inicial que plantea el documental es “cómo se hace una ciudad desde la nada en el medio de la nada”. Allí es donde aparece el aspecto de visionario, de adelantado a su tiempo de Piria. Lo que en principio sería simplemente una explotación minera que proveería del empedrado que necesitaban Buenos Aires y Montevideo, en un momento dejó de mirar hacia el cerro y volvió su vista al mar. Lo que era apenas la parada de un ramal ferroviario en la base de un cerro, se trasladó a la costa, se construyó como espacio turístico para los adinerados argentinos. Pero por debajo de ello, la ciudad se construía como otra cosa. La mirada de Piria estaba en Europa y esa ciudad debía verse como una suerte de réplica uruguaya de los balnearios que visitaba por aquellos años. Piriápolis como una pequeña escala de Cannes, de Biarritz, de San Sebastián. El sueño de Piria es una fuerza centrípeta: trae de Europa los materiales, como solían hacerlo los grandes constructores de la época, pero también los ornamentos, los chefs para sus hoteles y las piezas de la vajilla. Piria reconstruye Europa en su propia ciudad como parte de la utopía que lo guía. De allí que la concepción del “mundo entero” al que alude el título del documental se imponga: se trata de traer algo de cada lugar del mundo para recombinarlos, ponerlos en relación para funcionar como una muestra resumida de lo que hay más allá de las fronteras. Lo notable y que remarca el documental es que Piria vuelve a los mismos trucos de magia de sus épocas del bazar en la Ciudad Vieja y de sus inicios como promotor inmobiliario en Montevideo: “vende” su ciudad como si fuera muchas diferentes en una sola –el ejemplo de las fuentes que supuestamente servían cada una para curar diferentes enfermedades es el más claro al respecto-, la del relax y el contacto con la naturaleza, la de la salud y la del lujo europeo. Pero, como alguien dice en algún momento, “le vendió a la sociedad una ciudad de descanso y lo que estaba construyendo era una ciudad templo”.

5. Francisco Piria construye una catedral (y queda abandonada). Tal vez allí está el símbolo más poderoso de Piriápolis como proyecto. O por lo menos, uno de los dos símbolos. El que subsiste es el Hotel Argentino, esa mole con forma de hache que enfrenta al mar y que fue imaginado por un hombre al que le quedaban pocos años de vida, pero pensando en que trascienda el tiempo (los actuales licenciatarios señalan que lo equipó para que dure cien años y que de hecho aún hay objetos originales que todavía no fueron usados). El otro, la Catedral, es su contracara: sin terminar, abandonada, despojada de su techo, rechazada por la comunidad y por la Iglesia local. A los dos los unen las referencias alquímicas. Pero si el Hotel es la representación de lo posible que permite estirar la vida física, la Catedral es el símbolo de la Piriápolis que pudo ser pero no. Porque como se señala en el final, la muerte de Piria dejó el proyecto de la ciudad inconcluso y sin nadie que pudiera continuarlo. Lo que queda, en todo caso, son los rastros de lo que fue y la idea de lo que pudo haber sido.

6. Post scriptum. Sobre los parecidos y las diferencias. El documental de Sebastián Martínez puede verse solo, aislado, como una aproximación a un personaje complejo, interesante y evidentemente visionario. Pero hay un problema. En el año 2014, Gustavo Mendoza realizó un documental llamado Ciudadano Piria. Como puede entenderse del título, pone en el centro al mismo personaje. Puestas en paralelo, evidentemente hay diferencias entre ambas películas: solo por poner algunos ejemplos, la de Mendoza entra en más detalles respecto de la historia familiar de Piria con algunos aspectos sombríos incluidos y la de Martínez le da un poco más de peso a la relación de Piria con la alquimia. Pero las dos tienen un eje similar plasmado en la línea histórica que propone la biografía de Piria: los años en la Ciudad Vieja, los negocios inmobiliarios en Montevideo, la explotación del Pan de Azúcar, la expansión de Piriápolis merced al turismo, el intento de hacer algo similar en la ribera argentina en Punta Lara y la concepción del Hotel Argentino como su obra cumbre. El mundo entero debe lidiar con el antecedente, y quizás debió haber abandonado la línea histórica un poco para establecer más diferencias y hacer de las preguntas que se plantea, de la mirada sobre algunos aspectos particulares del personaje, algo más que esos elementos que aparecen como ramas de un tronco común. Algo que lo desplace un poco del rigor que impone la historia, para adentrarse en un terreno que por momentos parece que va a abordar, pero en el que no termina de entrar del todo: un ensayo cinematográfico sobre un personaje, que exhiba una mirada más profunda y personal que la de la historia.

Calificación: 6/10

El mundo entero (Argentina, 2020). Dirección: Sebastián Martínez. Guion: Sebastián Martínez y Valeria Groisman. Fotografía: Diego Poleri. Edición: Iara Vilardebó, Federico Rozas. Sonido: Victor Tendler. Música original: Hernán Kerlleñevich. Duración: 78 minutos. Disponible en Cine Ar Play.


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