”No conozco a nadie que vaya a una cancha a ver a un entrenador. Y si hay alguien es un aburrido”, dice Julio Lamas en el comienzo del documental. 3DT parece proponerse como desafío a esa idea: construir una película ya no sobre un entrenador sino sobre tres y a la vez demostrar que allí no hay posibilidad de aburrimiento. Entonces, el documental se plantea como una mirada puesta en otro lado: no en lo que ocurre en el rectángulo de la cancha de básquet durante los 48 minutos de juego –lo cual corre el riesgo de convertirse en un sucedáneo de un programa de televisión de un canal deportivo- sino en lo que transcurre en sus márgenes y antes y después de ese momento. Correr el eje de los jugadores –aunque aquí aparezcan muchos de los nombres rutilantes de la Generación Dorada- implica salir de la competencia específica para entrar al básquet como juego situado en un espacio más estructural.

En ese sentido, hay que pensar en 3DT como si se tratara de una continuidad del anterior documental centrado en el básquet realizado por José Glusman. En León, reflejos de una pasión, el protagonista excluyente era León Najnudel, que aquí aparece en el primer tramo, más que como un desprendimiento de aquel, como un punto de partida ineludible. La emergencia de los jóvenes directores técnicos de los comienzos de la Liga Nacional es impensable sin el diseño de torneo federal que Najnudeldiagramó y logró que le aprobaran. Pero también, como reconocen los entrevistados, por la visión de futuro que ponía en juego: la idea de que la Liga Nacional debía generar los jugadores que después podían evolucionar en su juego en Europa es tan seminal como la competencia nacional.

Lo que 3DT ensaya es una lógica que deriva de la idea de Najnudel y que se plasma en la Selección Argentina. Ese recorrido tiene el interés adicional de su permanencia temporal: más que un proceso acotado, el recorrido abarca 24 años, el tiempo en que los tres directores técnicos –Lamas, Magnano, Hernández- se alternan y se complementan al frente de la Selección. Si puede reconstruirse esa historia en un tiempo tan amplio no es solamente por un eslabonamiento de triunfos deportivos. A diferencia de lo que ocurre en otros deportes populares –especialmente en el fútbol, donde al fracaso entendido por no ser campeón le sigue una ruptura en la línea de juego para probar algo que suele ser totalmente distinto-, en el básquet parece haberse apostado, más allá de utilizar el mismo criterio de ciclos de 4 años, a una continuidad que los nombres elegidos han tendido a reforzar. Si la idea de fracaso también parece sobrevolar al deporte –la referencia que hace Hernández a la derrota ante España en la semifinal del Mundial de Japón relacionada con los logros en años previos- parece haber una mejor predisposición a sobreponerse a ese estigma. Y es allí donde la figura de los tres directores técnicos cobra valor especial.

Un par de ideas desgranadas en el documental, funcionan cabalmente en esa dirección. De un lado, un punto de partida modesto, que implicaba la proyección de una inserción a futuro del básquet argentino en el mundo –tras las evidentes distancias que habían quedado demostradas en el Mundial que se jugó en Argentina en 1990- y cuyo centro se encuentra en el Mundial de Indianápolis: allí Magnano planteaba que el objetivo era instalarse entre los seis primeros, lo cual queda superado al llegar a la final en la que se pierde por un punto ante Yugoslavia. Del otro, un planteo que vincula la naturaleza con lo filosófico. Hernández señala que la Argentina “no tiene el biotipo para ser potencia mundial en básquet” (lo cual ejemplifica de manera didáctica y elocuente cuando señala las diferencias de estatura promedio de los jugadores de cada puesto), con lo cual se volvió una necesidad el forjamiento de una identidad de juego que permitiera superar esas limitaciones. Pero también plantea que “la búsqueda del número uno es una búsqueda perdida”, como consecuencia directa de las limitaciones y sobre todo, como algo que excede a la competencia como hecho central (“Podría vivir sin competencia, la competencia es el gran negocio”, dice Hernández en un momento).

El proceso y la identidad aparecen entonces como instancias inseparables. Lamas, Magnano y Hernández se alternan como técnicos, produciéndose continuidades y profundizaciones en el pasaje entre uno y otro. Si a Lamas le toca conducir el primer recambio generacional (con la partida de históricos como Milanesio y Campana y el ascenso de los por entonces Sub 22 como Ginóbili y Pepe Sánchez), Magnano será el encargado de llevarlos hacia una instancia superior y Hernández se constituirá, en su primer período, en quien establezca el cruce de su experiencia con la de los jugadores con años de trayectoria en Europa y Estados Unidos, y en el segundo período, propiciar el segundo recambio (la partida de los “históricos nuevos” como Ginóbili, Nocioni o Scola y la llegada de los nuevos jóvenes como Campazzo y Laprovíttola). Lamas señala que el eje de ese proceso fue no actuar como en otros ámbitos de la vida nacional –y la referencia a la política partidaria, en ese sentido no es inocua, en tanto implica a su vez una mirada política-, en donde se tiende a cambiar todo lo previo. Transición real y no ruptura absoluta. Lo que el documental deja en claro es que además, la convivencia entre los distintos técnicos –cada uno fue asistente de alguno de los otros en algún momento- los instala como interlocutores, como instancias en las que se cruzan las ideas que provienen desde diferentes miradas sobre el juego.

La continuidad postula, por tanto, la existencia de un verdadero proceso diagramado y desarrollado en el largo plazo, de la misma manera que sostiene una noción de equipo más amplia y que rompe con las limitaciones habituales (la que piensa al equipo como quienes entran en la cancha y juegan un partido). En sentido inverso, el equipo se construye en primer lugar desde lo tangencial, desde afuera de la cancha –cada cuerpo técnico en particular y la relación que mantiene con el que lo sucede en el tiempo- para luego proyectarse hacia adentro del rectángulo –de allí que para Lamas, por ejemplo, el espacio primordial sea el vestuario más que la cancha-. El equipo entonces, se convierte en la idea central que le permite al documental sortear la ponderación individual tanto de técnicos como de jugadores, para mostrarlos como partes de un todo: unos y otros aparecen en un mismo plano, generando esa noción de totalidad que excede los méritos personales, como una puesta en escena del postulado de Magnano que sostiene que “jugar en un equipo es algo más grande que lo que puede hacer uno mismo”.

El recorrido del documental acompaña la evolución cronológica que llevó al básquet argentino de un espacio marginal a la centralidad de las disputas internacionales. Refleja las conquistas no como acontecimientos aislados o como logros con fuerte peso de las individualidades, sino como una derivación inevitable de esa evolución conjunta. Las imágenes de archivo testimonian esos triunfos y un puñado de derrotas, más que como una ilustración, como una recuperación, aunque más no sea fragmentaria, de la identidad forjada durante esas dos décadas y media. Y especialmente pone en el centro de la escena, el elemento que Magnano plantea cuando recuerda su llegada al puesto de director técnico: “Asociar el esfuerzo con el placer y el disfrute”. Ese espíritu, que puede resumirse en una frase de Ginóbili (“Nos gustaba hacer lo que hacíamos”) no solo define a la Selección Argentina de básquet, sino que se traslada al documental y a todos sus protagonistas.

3DT (Argentina, 2022). Guion y dirección: José Glusman. Fotografía: Osvaldo Ponce, Gabriel Cárdenas. Música: Cristian Martino, Fernando Iguacel, Control Z. Reparto:  Intervenciones de: Emanuel Ginóbili, Julio Lamas, Rubén Magnano, Sergio Hernandez, Juan Ignacio Sanchez. Duración: 112 minutos.


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