Para conservar la personalidad es necesario salvaguardar la integridad de las máscaras”. Susan Sontag.

Hollywood es uno de los emblemas de la razón moderna, occidental y cristiana, y su representación en Mulholland Drive lo señala como un poderoso sistema, articulado desde el cinismo y lo siniestro, al que las jovencitas soñadoras (o soñadas) como Betty mueren (literalmente) por acceder.

Sin embargo este Imperio totalizante[1] (que intenta universalizar una serie de valores sostenidos desde una ideología e intereses particulares) presenta ciertas fisuras que a la vez lo alimentan: las mismas jovencitas soñadoras (o soñantes) como Diane que padecen el cinismo y la negación del sistema.[2]

Estructuralmente, Hollywood funciona a partir de la dinámica permanente entre dos instancias: el Star System y el Studio System.

El Star System es la dimensión visible de la maquinaria, la que todos deben ver y adorar, la que saluda desde el escenario, posando justo en medio del haz de luz, mostrando su plenitud destellante y su piel de durazno; el Studio System es la dimensión negada, la que se esconde tras los telones, la que agazapada entre pilas de estadísticas, cuentas, medidas precisas y especulaciones, oculta su ropaje desdeñoso… y sin embargo es la madre de la criatura, la artífice del gran simulacro al que espía desde una hendija.

El mundo de Diane es el Studio System que crea desde las sombras el Star System, a Betty y su mundo de artificio, el éxito, el romance, la aventura y hasta una mafia de lentes oscuros y sobretodos negros.

Pero al mismo tiempo el mundo de Diane la va convirtiendo poco a poco, sueño tras sueño, en una fisura, en “La fisura”, la locura negada, el residuo maloliente de este mecanismo totalizante.

Diane se ha convertido en el síntoma de este sistema y vive con la basura, en la parte de atrás de la postal norteamericana, el bar Winkie’s. Diane se ha convertido en lo Real[3] del sistema, en aquello horroroso que nadie puede ver salvo en las pesadillas, como aquel muchacho que cuando confirma su pesadilla al verla muere o enloquece. Diane tiene la caja azul en sus manos, es la parte de la fisura que funciona como umbral entre ambas dimensiones, el intersticio por el cual entran las vibraciones del mundo Diane al mundo Betty.

Por el hueco de esa caja entraron los viejos. Los viejos son aquello que no puede desaparecer bajo ninguna estrategia de simulacro, es aquello del orden de lo Real que persiste, que resiste como una esencia que a pesar de las mutaciones y los velos se mantiene inalterable. Se trasladan en un movimiento pendular, entre ambas dimensiones, vehiculizando el efecto siniestro de la presencia de una verdad horrorosa.

Los viejos escoltan a Betty hasta las puertas del infierno, la despiden en el aeropuerto de Los Ángeles, donde comienza el gran simulacro, el gran artificio.

Ellos son los bordes de Betty, son ese borde que no puede desaparecer, son los emisarios del mundo Diane, del Studio System, que cubren a Betty y la conducen hacia su destrucción.

Y allí estarán también, minúsculos y tormentosos, acechando a Diane hasta nuevamente conducirla hacia su propia destrucción.

Hay unos cuantos elementos, en el mundo Betty, que recuerdan la inquietante presencia, como una sombra, como en el baile de los créditos, del otro mundo, el oscuro, el vigilante hacedor de éste. Esos elementos generan extrañeza y escozor:

el café negro escupido en la servilleta blanca de la reunión con los productores, la perra que le sale a Betty en el casting, el vaquero, la vecina del enigma, la artificiosidad en el glamour de Rita a pesar de la peluca rubia.

Lo Real se cuela, resiste los embates del maquillaje, y perturba, inquieta al punto de volverse siniestro.

El Club del Silencio funciona como el espacio utópico de la conciencia ubicado en la bisagra de los dos mundos. En este lugar Betty puede sentir a Diane vibrándole en su cuerpo. En este lugar el simulacro se confiesa. En varios idiomas la advertencia del engaño es enunciada, pero aun así, siempre que alguien llore por amor será más atractivo de creer que una fría grabación y un silencio.

Pareciera que la confianza en el Sistema no fuera una cuestión de encandilamiento ni de hipnosis, sino una voluntaria y cínica decisión.[4]

Lo Real, el mundo otro, aquel que en realidad gobierna desde la penumbra ya dio suficientes señales. Es hora de enfrentarlo. Es hora de abrir la caja azul.

Mulholland Drive (Estados Unidos, 2001). Guion y dirección: David Lynch. Fotografía: Peter Deming. Música: Angelo Badalamenti. Reparto: Naomi Watts, Laura Elena Harring, Justin Theroux, Ann Miller, Robert Forster, Brent Briscoe, Jeannie Bates, Melissa George, Dan Hedaya, Lori Heuring. Duración: 147 minutos.


[1] En El sublime objeto de la ideología Slavoj Žižek plantea que todo sistema que se pretenda universalista, totalizante, presenta desequilibrios ulteriores que a su vez lo definen, fisuras necesarias y constitutivas. Estas fisuras funcionan como síntomas necesarios de y para este sistema hegemónico que al mismo tiempo las produce y las contiene.

[2] Michel Foucault sostiene en Historia de la locura en la época clásica que la razón occidental necesita negar para afirmarse a sí misma. Para afirmar su translucidez, su transparencia, su primacía, debe negar la locura.

[3] A lo largo de sus seminarios y conferencias Jacques Lacan ha definido lo Real como un punto traumático que siempre se yerra, pero que pese a ello siempre regresa, un núcleo duro que resiste a la simbolización, una roca, un resto que persiste, como imposible. El único punto en que nos acercamos a este núcleo duro es el sueño.

No se puede alcanzar, tampoco eludir.

Es algo que persiste como fallido, errado, en la sombra, es en sí un agujero, es la encarnación de cierto vacío.

Y este vacío nos constituye como sujetos y (según Slavoj Žižek) como sociedad.

[4] En Crítica de la razón cínica, Peter Sloterdijk afirma que el modo de funcionamiento dominante de la ideología es cínico. El sujeto cínico está al tanto de la distancia entre la máscara ideológica y la realidad social, pero pese a ello insiste en la máscara.


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