* Zew es un niño. Su cuerpo es el de un hombre que ronda los ochenta años. Pero si uno se detiene a observar a Zew en las imágenes en las que camina por la calle, hay algo que parece no encajar con la edad cronológica que muestra su cuerpo. Puede ser su cara, que parece de algún personaje de historieta -pensaba, sobre todo, en ese bigote que me hace recordar a Maurizio Nichetti, el actor/director italiano que intuyó algo similar y se convirtió a sí mismo en dibujo animado en Volere volare-. Pero tal vez sea su mirada: a un golpe de vista parece una mirada algo extraviada, pero en verdad puede verse como los ojos de un niño algo distraído y a la vez curioso. A medida que el documental avanza y se desarrolla la historia que lo trajo a este lugar del mundo, ese pequeño nudo parece destrabarse: el Zew que nació en medio de la Segunda Guerra Mundial, al llegar a la Argentina transmutó en José. Zew, entonces, se ratifica como ese niño que fue y que el nombre sostiene en su esencia.

* Una serie de detalles confirma el carácter del personaje. En el comienzo, la voz de Zew en off recuerda un antiguo cuento. Hans y la liebre, con su formulación cercana a la fábula, se construye en primer lugar como narrativa infantil, jugando con la humanización de los animales y la aparición de un componente fantástico (una liebre que puede sacarse y ponerse las orejas para escuchar en diferentes lugares). La liebre del cuento se revelará luego una referencia directa a Zew: como la liebre, aprendió a entender otros idiomas, del ruso al español, del yiddish al francés (y en ese sentido, es notable el recuerdo de las peleas de los padres en polaco). La aparición de ese elemento fantástico del cuento parece preanunciar la forma en que Zew termina relacionándose con la magia. Zew pasa de la fascinación infantil por el truco (el momento en que Angelo, su maestro, le muestra el libro del que salen las mariposas) a la necesidad de repetirlo y aprenderlo. No hay allí un afán de convertirlo en herramienta de trabajo: es un puro goce que proviene de la necesidad de disfrutar en sí mismo, y de transmitirlo como un entretenimiento familiar. En el momento en que el abuelo exhibe sus trucos ante los nietos, vuelve a convertirse en el niño que muestra sus habilidades en las reuniones familiares, volviéndose uno más entre sus pares.

* La centralización en la infancia se vuelve explícita. Conocemos, por cierto, parte de la historia del personaje ya joven o adulto en Argentina, pero no terminan de ser más que apuntes al margen para completar su semblanza. Lo que importa está en otro lado, en el recorrido familiar que desemboca en la llegada al país, en los años de la presidencia de Perón. Por esa misma razón, la voz que guía el relato no es la de Zew sino la de su nieta mayor, quien desde el comienzo se encarga de la reconstrucción histórica. Si el periplo familiar se repone sobre el plano en forma de maqueta -con el recurso de utilizar objetos familiares para ilustrar en tres dimensiones algunos lugares específicos- la historia de Zew se resuelve sobre un fondo animado que repone lo que no existe, y que se entremezcla con las fotos supervivientes del archivo familiar. Ese relato que se va articulando con el presente del personaje, recorre su infancia y se detiene en el momento en que se produce el cambio de nombre a los nueve años. El punto de encuentro que el documental consigue entre el cuerpo de ochenta años y el niño que fue, está en Ferramonti, en ese campo de concentración italiano, reconvertido en museo de memoria, donde José encuentra la foto en la pared donde se ve a sí mismo como Zew.

* La infancia de Zew es ante todo, la ausencia de raíces, una serie de espacios por los que sus padres se van desplazando huyendo de la guerra. Un continuo “vivir sobre valijas” como se dice en algún momento. Zew y sus padres son migrantes sin espacio propio. No solo por la guerra, sino porque al retornar, el punto del que partieron se ha modificado de manera tan drástica, que no queda casi familia ni nada que los relacione con esa ciudad de Checoslovaquia (el pasaje hormiga de los objetos personales en la frontera con Polonia es la manifestación más precisa de esa carencia). Incluso Europa se vuelve un espacio ajeno, apenas paradas de un recorrido que parece no tener fin. La llegada a Argentina termina teniendo algo de azaroso -el viaje era a Paraguay, pudo detenerse en Uruguay- . Los nueve años del periplo familiar se resumen en la maqueta construida por la nieta y en la que una serie de hilos ponen sobre el plano cada trayecto hasta formar un cruzamiento de líneas que bordea lo increíble. Y también, en lo que implica el lugar de nacimiento de Zew: un campo de concentración en la isla de Rodas, que fue griega, turca, italiana, nuevamente griega. Mientras Zew y sus padres recorrían los países en busca de asentarse en alguno, también una pequeña isla podía cambiar de nacionalidad buscando sus propias raíces en un tiempo inestable.

* En el recorrido que traza el documental, esa línea de viaje se entronca con la experiencia del otro. Como si quisiera terminar de revelar la convivencia de muchos mundos en un mismo espacio territorial llamado Argentina, Zew se cruza en su camino de lo cotidiano con otros que en diferentes épocas y por diferentes razones -aunque todos parecen haber escapado de una tierra sin futuro- han seguido su mismo camino. Mako, el tintorero de Okinawa; Dimitri, el cocinero de Rusia, que hasta conoció en Argentina a su mujer nacida en Siberia; Di Nucci, el peluquero uruguayo; todos variantes de una misma historia con el mismo destino final (hasta el campo de Ferramonti propone un cruce, un encuentro con un grupo de jóvenes migrantes egipcios).Zew deja nuevamente de ser José, ante ellos. Cuenta su historia como un gesto que lo hermana con otros que también cuentan la suya y que parecen tan distintos.Zew escucha y pregunta con la misma curiosidad del niño que fue y sigue siendo. Y, como la liebre del cuento, puede entender, aunque puedan hablar otros idiomas y refieran a otros lugares, porque a fin de cuentas, solo se trata de prestar el oído a la historia que le puedan contar. Y que seguramente se parecerá a la suya.

Zew (Argentina, 2022). Guion y dirección: Irene Kuten. Fotografía: Pigu Gómez. Montaje: Diego Tomasevic. Música: Federico Mizha. Elenco: Zew Kuten, Gina Camiletti, Susana Siculer, Juan Kuten, Alejo Kuten, Milos Camiletti. Duración: 71 minutos.


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