Qué significa reconstruir un hecho trágico, se pregunta la voz de Pablo en el comienzo de Villa Olímpica. Pablo es uno de los niños que vivieron en la Villa Olímpica de México en los años 70, cuando llegaron allí por el exilio forzado al que su familia se vio sometida por la dictadura militar argentina. El hecho trágico al que refiere no son las dictaduras latinoamericanas, sino las consecuencias que ellas trajeron consigo. El hecho trágico es el exilio. Pero en ese pasado retomado como presente, la tragedia es principalmente de otros. De los padres. Los hijos eran pequeños y no entendían el exilio como tal. Por esa razón, en el relato que van enhebrando los diferentes protagonistas, el cruce es más complejo. La tragedia y el dolor aparece en el recuerdo sobre los padres. Cuando los hoy adultos rememoran su vida de niños en el conglomerado de edificios del DF, el tono es otro. El pasado es la niñez compartida con otros que estaban en la misma situación: nacidos en otros países, coincidían en un espacio común en el que se desarrollaban amistades, noviazgos fugaces, aventuras compartidas (la mejor, sin dudas, es la del robo del dinero de la iglesia para comprar entradas de cine para todos).

Que todo el documental esté focalizado en quienes fueron hijos pone una distancia con el relato del exilio, diferenciándose de la puesta en foco de quienes lo sufrieron directamente (algo que puede rastrearse en un documental como Partidos, voces del exilio, por ejemplo). La mirada desde la infancia permite reconstruir apenas algunos elementos de ese pasado que pertenecía a la generación anterior. En todo caso, el exilio es, en ese recuerdo, algún detalle. Tal vez el más persistente sea el de las discusiones políticas que vuelven a la memoria. Tal vez el más interesante fuera el que relata Alejandra, la hija de chilenos, cuando afirmaba que fuera del departamento todo era México, pero en cuanto se atravesaba la puerta de entrada, todo era Chile, como si se necesitara esa referencia para no abandonar del todo al país que los había expulsado por sus ideas.

Lo que se produce entonces, es un desplazamiento. El hecho trágico para quienes hablan no es el exilio, que se vuelve naturalizado desde la percepción de la niñez. La tragedia se desencadena con la posibilidad de regresar. Lo que para un padre es su patria, para los hijos se vuelve una tierra desconocida, una incógnita, un espacio de otro. El centro del documental no es, entonces, la permanencia en la Villa Olímpica, sino el momento de dejarla, de deshabitar una memoria conjunta que comienza a desperdigarse (y que de alguna manera el documental viene a conjurar). La repetición del exilio en la piel de los hijos. Una paradoja que se monta sobre otra: la libertad de volver por sobre la imposibilidad de decidir el destino. Solo un par de casos parecen romper esa estructura familiar que toma las decisiones sin consultar: una familia que vota y por mayoría deciden quedarse; un joven que al borde de la mayoría de edad y de ingresar a la universidad, resiste el mandato familiar. La ausencia de la voz de los padres no permite la confrontación, la comprobación de sus pensamientos (como ocurría en el documental uruguayo Tus padres volverán): aquí son los hijos los que miran ese pasado en el que la encrucijada era resuelta sin la participación de sus voces. Como señala Fernando, otro de los protagonistas, el exilio se entiende no en el mientras tanto, sino en el momento en el que algunos comienzan a irse y otros se quedan, cuando los amigos se iban y se intuía que no volverían a verse.

“Nosotros no volvimos, nosotros llegamos”, dice uno de ellos por ahí, como síntesis de la diferencia. No hay desexilio posible para quien no estaba exiliado: lo que hay es un desarraigo, un destierro. Otra paradoja impensable: pasar de México al país de origen de sus padres, importaba perder una libertad conseguida en los primeros años de su vida. En el país de origen eran los diferentes, los que no eran del todo de allí ni del todo de allá (el “argenmex” como simplificación de esa indefinición de la que no podían ser ni hacerse responsables), los que debían “aprender chileno para mimetizarse”, por caso.

Entonces, Villa Olímpica pretende entender que la tragedia de los hijos es diferente de los padres –aunque tenga puntos en común- y que no ha tenido la atención suficiente. Que el dolor se cuenta en las partidas y se focaliza en los domingos a la tarde, ese momento de la semana en que la tristeza y la depresión abundan y en donde parten los aviones que se llevan lo que no va a volver jamás. Que hay que asomarse al pasado, como lo hace Pablo frente a la maqueta del edificio, como si espiara por sus ventanas ficticias para encontrar en el interior, las historias verdaderas. Que hay que contar las historias, aunque sean fragmentos, retazos de recuerdos que van enhebrándose con los de otros. Que hay que persistir en explorar a través de esos agujeros que se confunden con el cuerpo y la memoria. Que sí, que como se dice en el final, la vida es como un queso gruyere y que esos agujeros son también parte de ella.

Villa Olímpica (Argentina/México/Chile, 2022). Guion y dirección: Sebastián Kohan Esquenazi. Fotografía: Arnaldo Rodríguez. Montaje: Galut Alarcón, Ricargo Vergara. Sonido: Odín Acosta. Música: Federico Bonasso. Elenco: Pablo Gershanik, Alejandra Saez, Rodrigo Sáez, Soledad Gaspar. Duración: 71 minutos.

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