¿Se puede recobrar un mundo? ¿O es una ilusión que alimenta la búsqueda? La voz en off de quien intenta recobrar ese mundo parece puntualizar en otra idea. Contar la historia para que no desaparezca: perpetuar una forma del recuerdo, una memoria en un formato al que se pueda acceder más allá de la persona que intenta recuperarla. Habría que pensar si ese territorio no es también ilusorio en tanto corre siempre el riesgo de quedar sumergido en el océano de imágenes que se producen cada día en todo el mundo.

Eugenia Dumnova es el centro de esa memoria que se quiere recobrar. La muerte violenta detallada en el comienzo, como un informe forense policial, incluye a esa mujer, a su esposo, al gato. Una escena relatada que parece responderle a la angustia de la voz en off. “Yania no podía morir, porque no estaba muriendo” se repite como para convencerse hasta que la voz del policía irrumpe en sus pensamientos, llamando a un familiar de Eugenia.

Esa voz es la de su nieta. De su nieta del corazón, la que la eligió en las montañas suizas, en el exilio de sus padres, compartido a mediados de la década del setenta. Es ella la que vuelve hacia atrás a contar la historia desde el momento en que Yenia nace en medio de la recién nacida Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. El relato entonces se articula entre lo que hay y lo que no hay. Un puñado de recuerdos familiares que actúan como una línea temporal que atraviesa la Segunda Guerra Mundial en plena adolescencia, entre la ayuda para construir trincheras y la huída de la ciudad tras los primeros bombardeos y la muerte de su mejor amiga. Pero mientras Eugenia evoluciona hacia el encuentro fortuito y definitivo con ese joven taquígrafo uruguayo destinado en Moscú, la película ocupa eso que no hay con imágenes de una época ida en la que los rostros anónimos que los pueblan, adquieren por un momento estatus de representación de aquellos cuya vida se narra.

La representación es, entonces, la estrategia esencial que atraviesa a Un mundo recobrado para completar los espacios que la memoria fotográfica y fílmica no pueden recuperar. La nieta ficticia de Eugenia se desdobla. Una voz en off que pertenece a una actriz, un cuerpo que pone otra actriz en la pantalla. Desmembrarse, desarticularse en otras para exponerse en primera persona y desde allí, igualmente, tomar la distancia que le permita narrar a Yenia. Pero también para contar las representaciones de la misma Yenia en Uruguay y en Chile y que se manifiesta en la idea de la puesta en escena que armó para cuando los Carabineros irrumpieran en su casa. La relación que estableció en Uruguay con el Teatro El Galpón, las escenografías que diseñó para las obras terminaron siendo la base para esa puesta en escena que le salvó la vida.

En qué punto la representación no alcanza para dar cuenta del personaje. Cuando la ficción no termina de dar cuenta del narrado. Los límites son imprecisos y dependen del objetivo que persiga el narrador: si solo importa su voz o si es necesario sumar otras. O si alcanza con crear un personaje ficticio para narrar a otro real. Hay un punto en el que la voz en off no alcanza, en que las imágenes recolectadas de un pasado ajeno ya no pueden seguir surtiendo efecto. Es la llegada a Uruguay de Yenia acompañando a Mario lo que produce el salto en la película. Se vuelve imperioso que la voz tenga un cuerpo y que se ceda el lugar de narradores principales a quienes pueden dar testimonio sobre Yenia. “Fue leyenda antes de haber llegado” es lo primero que dice de ella Mauricio Rosencof, y en esa frase parece resumirse el lugar que Yenia ocupa en ese país que le era desconocido pero que terminó haciendo suyo. Y aunque la voz en off vuelva a aparecer cada tanto y termine preguntándose qué es adaptarse, es la historia de Yenia la que responde. Son las voces de los amigos que recuerdan su facilidad para el dibujo, su acercamiento al teatro, sus ilustraciones para medios de Chile, su casa siempre como refugio y espacio de reunión, los Tupamaros y la Unidad Popular. Eso es adaptarse: sentir que la tierra que se pisa es una sola y que la división que plantean las fronteras políticas, deja de tener importancia a la hora de actuar.

“Hacer una película sobre Yenia” dice la voz en off, “es como hacer una película sobre un mundo que no existe”. Si bien toda película registra un universo que al momento de su visión literalmente no existe, en Un mundo recobrado ese aserto se vuelve más pertinente. Y no solo porque Yenia -y su compañero Mario también- ya no está, sino porque ese mundo en el que se movieron, atravesado por la política y los valores personales y colectivos, parece haberse difuminado. En todo caso, recobrar ese mundo que no existe es una forma de actualizarlo, de traerlo al presente para evitar, justamente, que desaparezca. El cine se vuelve la memoria de los que ya no están, una forma de perpetuar su influencia en el tiempo. Cuando la imagen de la Yenia real aparece en un puñado de imágenes registradas en su casa, cerca del final no solo se recupera ese mundo perdido, sino que finalmente el personaje ficticio encarnado por una actriz, termina por fundirse con esa Yenia ya grande y en el refugio de su jardín. A esa altura del relato, ese mundo que no existía, terminaba de ser recobrado y esa imagen que temía desvanecerse, había recuperado su vigor para mantener en pie la vida y la memoria de Eugenia Dumnova.

Un mundo recobrado (Argentina / Uruguay; 2025). Dirección: Laura Bondarevsky. Guion: Laura Bondarevsky y Luciano Bertone. Duración: 74 minutos.

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