
¿Para qué sirve una cámara?, podría preguntarse. Sobre todo si el contexto es una comunidad wichi en medio del monte salteño en General Mosconi. Y todavía más si el momento remite a comienzos de la década del noventa. Una época en que las cámaras se reservaban para lo social, para el espacio de lo privado. Entonces, qué registrar en ese momento en el espacio de una comunidad aborigen.
Las primeras imágenes son de 1991. Etapa de aprendizajes. Del uso de la cámara y de la práctica de filmar lo privado, lo cotidiano. El peso de esos primeros momentos, antes que en la imagen –retazos de momentos que podrían funcionar como fragmentos de una descripción- radica en la forma en que las voces de las entrevistas radiales permiten entrever las acciones de la comunidad. Se menciona la visita de un grupo a la Ciudad de Buenos Aires para participar en las discusiones de la redacción de la nueva Constitución Nacional, y esa mención se entronca con las imágenes del inicio, cuando se nos muestra en un reluciente blanco y negro, la visita del por entonces Gobernador Ragone –posteriormente desaparecido por la dictadura militar- a la comunidad. Pero, aun así, se percibe como parcial la reconstrucción: las voces todavía se imponen sobre el registro primitivo.
¿Para qué se filma entonces? En aquel entonces, la filmación no se pensaba con un criterio histórico: se buscaba, en el mejor de los casos, la preservación del momento. Puede postularse que en ese punto reemplazaba al uso doméstico de la fotografía. Pero algo comienza a aparecer. Como si brotara una conciencia de que algo más puede aportar una imagen, la comunidad filma el relevamiento que hace del monte salteño. De sus árboles y frutos. De los animales que aún persisten en él a pesar de los desmontes. Un grupo de la comunidad recorre a pie el monte durante varios días. Hace un inventario, recoge muestras: han aprendido que la sistematización de la información es central para cualquier objetivo que se propongan. Que inventariar es como trazar un mapa del territorio, un mecanismo de defensa ante cualquier invasor.
El invasor es, inevitablemente, el blanco. El que está siempre fuera del campo visual. El que aparece, sin embargo, como una amenaza continua. El apropiador. Por debajo de ese entramado de imágenes late un juicio por la posesión de las tierras que viene de una ley redactada por aquel gobernador desaparecido. Parte de las imágenes registran el momento en que el juez y los abogados de las partes se sumergen en el monte para comprobar los argumentos de la comunidad. Esa imagen registra el contraste de manera violenta: la comunidad llega al lugar en una vieja camioneta; los jueces y abogados en un Mercedes Benz. Los comentarios de éstos en el monte, refuerzan ese distanciamiento (el comentario de uno de los abogados sobre que después de eso lo mínimo es que le den un champagne, por ejemplo): imponen la existencia de dos mundos que parecen estar siempre en tensión, sin comprensión.
Pero la filmación de ese procedimiento no solo establece una distancia. También refleja la forma en que en el territorio la comunidad encuentra el lugar en el cual afirmarse, desenredando para los otros el laberinto que implica el monte. Y del otro lado, el desconocimiento de jueces y leguleyos que se revelan incapaces de resolver situaciones sencillas, simplemente porque no se preocupan por comprender al otro. No prever que necesitarían un traductor wichi que no fuera de la comunidad es algo tan básico como sorprendente. La cámara refleja la determinación de la comunidad en la defensa de su territorio, y lo hace a partir de la planificación que implica que forme parte del trabajo de relevamiento, como un testigo necesario de lo que se pone por escrito.
Senda india (Seggiaro , 2024) es en ese sentido un trabajo de recuperación. Se trabaja sobre un material ajeno que de otra manera se hubiera perdido en las profundidades de la comunidad de origen. La última pregunta posible que puede formularse es para qué recuperar ese material, más de treinta años después de su realización. La película consigue que ese trabajo cerrado, privado, logre expandirse porque lo revela como necesario para comprender la realidad de las comunidades de pueblos originarios. La mirada que dispone habilita la aparición de la mirada original: es ésta la que finalmente se impone, a pesar del recorte que implica el montaje actual. El relato de Senda india está marcado por la evolución del juicio por las tierras, pero las imágenes permiten recuperar la posición generalmente omitida: la senda india es ese recorrido explícito que hacen los miembros de la comunidad a través del monte. Pero también se vuelve en el trabajo de Seggiaro, un relato de la evolución a través del juicio de la disputa por la tierra. La senda, camino recorrido que la cámara en el pasado registró en tiempo presente y que el montaje del presente recupera y actualiza.
Senda india (Argentina, 2024). Guion y dirección: Daniela Seggiaro. Fotografía: Julián D’Angiolillo. Edición: Benjamín Ellenberger. Duración: 80 minutos.
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