1. Hace un tiempo, cuando escribí sobre Fragmentos rebelados decía que la mayor parte de la obra de Eduardo Blaustein podía entenderse como una búsqueda del tesoro. En esa película el tesoro tenía una dimensión física en el rescate de las latas filmadas en el pasado por Enrique Juárez. Pero también tenía una dimensión histórica aplicable al resto de sus películas: hay algo en el pasado que todavía está como esos rollos en el altillo de una casa, esperando que alguien venga a rescatarlos del olvido que los convirtió en objetos sin más significación que para quien lo realizó y vivió.

2. «Se va a acabar/se va a acabar/ la dictadura militar» fue el canto emblemático que explotó especialmente después de la derrota de Malvinas, en reuniones masivas, multitudinarias que ya no eran reprimidas como en el pasado (en especial, marchas sindicales o políticas y recitales). Es el elemento simbólico que sobrevivió como señal de época, por sobre el más virulento «Paredón, paredón/a todos los milicos que vendieron la Nación»: lo que en éste último hay de elemento de venganza que restituía el pasado de violencia que se quería dejar atrás, la otra frase se impregna de un sentido de voluntad hacia el futuro, una referencia a una fuerza indetenible en el proceso histórico, una convicción que alentaba el final del cercenamiento de las libertades. Antes que el resultado de un enfrentamiento entre fuerzas parecidas –eso mismo que los militares pretendieron instalar como base para su discurso sobre la existencia de una guerra para justificar sus crímenes-, la persistente resistencia de los sobrevivientes para seguir, como dice Cacho Leguizamón, «poniendo el carbón para mantener en marcha la historia».

3. Las primeras imágenes de Se va a acabar pueden parecer gratuitas. Vemos desde el aire, una serie de restos de lo que alguna vez fueron fábricas. Como los huesos expuestos de un cuerpo muerto y abandonado a la intemperie al que la rapiña y la descomposición propia de los tiempos fueron quitándole su carne. Es inevitable pensar en esas estructuras a las que los años de la dictadura llevaron a su cierre, en paralelo con los cuerpos de los desaparecidos: misma época, misma estrategia de eliminación. Como cada vez que el Equipo de Antropología Forense encuentra restos en fosas comunes para hallarles la identidad robada, Se va a acabar rastrea, a partir de esas estructuras que en ese momento no tienen nombre –algunas lo recibirán a lo largo del documental-, la identidad perdida en el olvido al que se pretendió someterlas. El tesoro del pasado escondido en los huesos, en las vigas de metal, en las paredes.

4. El procedimiento de Se va a acabar es, en principio, individual y acumulativo. Cuenta las historias de sobrevivientes –de una manera similar a la propuesta en Montoneros- de ese tiempo histórico, a partir de la lucha sindical. Es individual porque no las mezcla: cada historia se desarrolla y finaliza antes de dar lugar a la siguiente. Pero lo que importa es el carácter acumulativo, en tanto le permite reconstruir el pasado como un sistema, y las situaciones como cambios dentro de ese mismo sistema. Los elementos en común de los personajes retratados reconstruyen una escena poderosa: la migración desde las provincias a Buenos Aires, el comienzo del trabajo en fábricas –Cattaneo, Lozadur, Alpargatas, Eveready, Bosch, Particulares- o bancos, el comienzo de la actividad sindical, los beneficios conseguidos para los trabajadores. Sin mencionarla de manera explícita, Blaustein reconstruye desde las imágenes –esa suma impactante de noticiarios que reflejaban la actividad fabril- y desde los relatos, la estructura de una Argentina cimentada en los años del peronismo y que las dictaduras y gobiernos posteriores no pudieron desarmar: la de la evolución laboral y empresarial en un campo común. Todos los relatos terminan convergiendo, de manera inevitable, en marzo del 76: lo notable es que el documental consigue que ese punto de ruptura institucional se vuelva además, un punto de ruptura en las relaciones laborales que se vislumbra como el momento en que aquella Argentina del pasado sí pudo ser desarticulada. El campo empresarial y el laboral se separan en ese momento histórico para no volver a juntarse nunca más. Pero sobre todo, los restos que vemos son los del país que fue y no pudo volver a ser.

5. El relato del momento en que convergen las historias toma distancia de los enfoques habituales. No se centra en el despliegue del operativo represivo que acababa con las desapariciones: lo mantiene en un segundo plano, porque en definitiva, lo que importa es el relato de los sobrevivientes. Prefiere construir esa represión como una forma sistemática de relación entre las empresas y los trabajadores, que no era más que un reflejo de lo que ocurría puertas afuera de las fábricas. En ese sentido, resulta más potente el relato de Maria Luisa Rodriguez sobre los soldados que vigilaban la entrada de Alpargatas como una presencia constante y amenazadora, que el de los que fueron desaparecidos (y que, en todo caso, sirve para que la historia de cada persona derive hacia las decisiones que tomaron para intentar sobrevivir). Pero además, la idea de un sistema permite establecer, por contraste, la aparición de acciones que encarnaron formas de microresistencias hacia el interior de las plantas, y de formas de apoyo sindicales cruzadas en tiempos de sindicatos intervenidos o clausurados. Esos relatos se despegan de cualquier atisbo de heroicidad, pero permiten ponerlos en un doble contexto de significación. Por un lado, como formas de sostener la resistencia en las medidas posibles, manteniendo una pequeña llama encendida (y en ese sentido, el relato de Ana María Putelli sobre la rebelión sonora en el Banco de la Nación quizás sea el momento más emocionante del relato). Por el otro, para oponerlo de manera contundente a la inacción de las formas sindicales más burocráticas que abandonaban a los trabajadores a su suerte (la aparición de José Ignacio Rucci señalando como comunistas a los sindicalistas del “Grupo de los 25” o la clásica frase de Casildo Herreras, “Yo me borré”) y que derivaría en la posterior división de las centrales obreras (la CGT Azopardo, burocrática y acomodaticia; la CGT Brasil identificada con el peronismo combativo). Pero especialmente sirven para poner de relieve los resultados: esos pequeños logros que justificaban la lucha porque devolvían algunos derechos –y con ellos, la dignidad- a los trabajadores.

6. Ese relato de las pequeñas historias que sostienen la épica de la resistencia, a su vez permite reconstruir el otro sistema, el que se modificó en esa sucesión que arranca en el Rodrigazo y se continúa en los años de la dictadura. El documental lo registra de manera notoria especialmente en los casos de Alpargatas y del Banco de Intercambio Regional. En el primero, el proceso lleva de los reclamos de los obreros al cierre y desmantelamiento de la fábrica como consecuencia de una política. En el segundo, la intervención de la entidad bancaria por parte del Banco Central fue el detonante de la explosión de la burbuja de la especulación financiera en la primera mitad de la dictadura. Los dos elementos se unen como partes de un mismo entramado de disolución política y económica que queda reflejado tanto en las imágenes de noticieros televisivos de la época (es notable el momento que se rescata de una mujer haciendo cola ante una sucursal del BIR preocupada porque no había dólares para comprar, un momento de una resonancia demasiado actual) como en la forma en que los diarios especialmente reflejaron esa conflictividad (tampoco es casual que haya sido Crónica el medio que más tomaba en cuenta esas situaciones). La historia final, centrada en el dirigente portuario César Loza parece funcionar como un resumen de todas las demás, pero es la que permite deslizarse hacia los momentos en los que los sindicatos retoman un lugar combativo de manera unificada (las marchas a San Cayetano, a Plaza de Mayo, los paros generales de los años 1982 y 1983) cristalizando en la calle el crecimiento de las experiencias combativas hacia el interior de los espacios laborales que se resumen en la secuencia final de títulos.

7. Tal vez haya que ver el documental de Blaustein en relación de contigüidad con Responsabilidad empresarial, de Jonathan Perel, en el que, con un estilo mucho más áspero y de aparente distanciamiento, se refleja la manera en que las diferentes empresas colaboraron en el sistema represivo militar. Ambas películas son partes de un mismo prisma que busca recuperar en el pasado, las huellas de lo que ha quedado en el presente. “Fuimos lo que pudimos ser” dice aquí Cacho Leguizamón admitiendo en una sola frase las virtudes y las limitaciones de esa clase sindical ante un enemigo evidentemente superior. Pero es otra frase la que resuena con más claridad y la que le da todo el sentido no solamente a su historia, sino a la de todas las que se cuentan en el documental: “No quedé vivo para hacerme el boludo, quedé vivo para seguir la historia”. En estos tiempos de memorias difusas o acartonadas por versiones interesadas que olvidan –en verdad, omiten en nombre de esos intereses-, el cine de Blaustein sigue escarbando esas capas superficiales de comodidad para seguir la historia. Sabe, a fin de cuentas, que siempre, debajo, está la posibilidad de seguir encontrando nuevos tesoros.

Calificación: 7/10

Se va a acabar (Argentina, 2021). Dirección: David Blaustein y Andrés Cedrón. Fotografía: Leonardo Val y Augusto De Antoni. Archivo: Silvina Segundo. Investigación: Francisco Yofre. Sonido: Tomás Portías. Música: Juan Tata Cedrón y el Cuarteto Cedrón. Música original: Lolo Micucci. Ilustraciones y animación: Víctor Caballero y Leandro Piccarreta. Entrevistas: Carlos Leguizamón (delegado de la fábrica Cattaneo), Roberto Digón (Secretario Gral. del Sindicato del tabaco), María Luisa Rodríguez (delegada textil- Alpargatas), Germán Valdivieso (delegado de subterráneos), Ana María Putelli (delegada bancaria) y César Loza (Secretario Gral. Sindicato Portuario). Duración: 115 minutos.


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