Hay una imagen construida con el tiempo que identifica al rocker. Una vida agitada, a veces bordeando el escándalo, sumido en adicciones, con altibajos musicales que lo ponen entre la gloria y el olvido definitivo. Buena parte de los documentales que han arreciado en los últimos años se han asentado sobre esos perfiles, pero sobre todo han recurrido a la cronología como la única forma de recuperar un pasado que se ha perdido. Con lo cual, lo que terminan haciendo es una celebración del pasado que rompe involuntariamente con cualquier registro del presente, del cual mayormente se desentienden. Crean estampas del tiempo ido como una forma de resucitar los cuerpos que fueron para seguir extrayéndoles algo de la vida que le niegan en el aquí y ahora.

Peregrino está en las antípodas de esa construcción. Ya su personaje, Ricardo Soulé, se distingue de manera radical de la fauna rockera: vida de familia, ausencia de escándalos, búsqueda de una existencia relajada y tranquila, una carrera extensa y coherente más allá de los posibles éxitos y réditos económicos. Sumemos a ello que el instrumento que aprendió a tocar originalmente era el violín –algo poco habitual: mi memoria recuerda a Jorge Pinchevsky, Tancredo Neves y Federico Terranova como miembros estables de bandas de rock argentino- y que una de sus pasiones es la cetrería –que implica la relación del hombre con las aves rapaces como el halcón, en una práctica que tuvo su eclosión en la Edad Media- para entender que parece un personaje de otro mundo. O como dice uno de sus hijos que “no está del todo conectado con este plano”.

La gran tentación de un documental alrededor de Soulé es que se produzca un desplazamiento que lo borre del primer plano para dejarlo apenas como un integrante más de Vox Dei, la banda legendaria de la que fue parte. Ello implicaría caer en una inmersión en el pasado como única fuente para entender al personaje, con lo que quedaría desvirtuado. Pero lo que hace Peregrino es narrar a Soulé desde el presente, a partir del cual Vox Dei es una etapa de su carrera. De allí que no se haga un especial hincapié en los tiempos del grupo ni en la relación entre sus miembros. Da, incluso, la sensación de que se quiere despachar de manera rápida esa época. En el documental, Vox Dei es un puñado pequeño de imágenes de algún show rescatado del ostracismo visual, algunas fotos, las portadas de los vinilos y algunas reuniones de los sobrevivientes a lo largo del tiempo. Es, en un punto, el comienzo de los problemas en una carrera musical que parecía desbordar a la persona más que al músico. Ni siquiera la obra emblemática del grupo –“La Biblia”- merece un espacio mucho más especial.

Es el propio Soulé quien desarticula esos momentos, no para quitarle mérito, sino para ponerlo en otra dimensión diferente a la que puede observar el espectador. Considera que solo los primeros cinco o seis años del grupo fueron fructíferos desde lo musical y que el resto solo fueron reuniones en los que siempre aparecía la insatisfacción de no poder progresar más allá de cierto punto. Y “La Biblia” es, desde su perspectiva, la traducción de un conocimiento amplio en una obra de música. “La Biblia” como obra hecha acto de amor que “si le hubiera puesto un poquito de razonamiento no la hubiera hecho”.

La narrativa desde el presente presupone que el recorrido histórico sea acotado y que no se detenga en referencias a mojones fundamentales de su historia musical. La ausencia de voces de otros músicos que hablen sobre Soulé señala una elección que quizás pueda ser desconcertante para el fanático, pero que luce coherente con el propio personaje. Esos elementos del pasado que se recuperan, la mayoría de ellos al borde de lo ínfimo –la anécdota de cómo se conoció con Willy Quiroga, el nombre de Mach4 previo a Vox Dei, el rápido paso al profesionalismo, la aparición en la TV y los shows continuos los fines de semana-, contribuyen a construir más que la historia, una imagen del personaje en la que pasado y presente se fusionan con coherencia, como una continuidad nunca quebrada.

Es esa entereza, que ni siquiera se sanciona como moral, la que pretende rescatar el documental. La que lleva a que el músico siga subiéndose al escenario a tocar con vitalidad como lo hacía 50 años atrás antes de ser conocido. Soulé es el mismo, nos dice el documental, cuando se sube al escenario de un teatro de Rawson, cuando canta con su amigo Willy Quiroga en un homenaje que le hace la Universidad de Quilmes, o cuando toca con su banda en medio de un parque de diversiones en Santa Clara del Mar, o cuando tiene atrás una orquesta sinfónica en el CCK mientras tocan los temas de “La Biblia”. Es por esa razón que para narrar ese estado del personaje no sirve situarse desde la recuperación de archivos ajenos ni desde la opinión más o menos interesada o parcial que puedan hacer periodistas, críticos o músicos.  

Entonces, los que hablan en Peregrino son su familia. Los que reconstruyen la historia de Soulé son, además de él mismo, su madre, su esposa y sus hijos. Las imágenes del pasado que el documental recupera no son las de recitales del pasado, sino los videos y fotos rescatados de los archivos familiares: fotos de infancia como las de cualquier persona, videos en los que Soulé toca con uno de sus hijos en la casa a fines de la década del 80, o de un fin de año de comienzos de los 90 en España. Esa elección traza un arco interesante con el presente en el que Soulé parece estar recogiendo los reconocimientos que su trayectoria largamente merece, se trate de la Universidad de Quilmes o de la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires: esas distinciones hacen eco con la forma en que los hijos lo observan y lo describen. La familia y la obra se convierten en actos de amor que se reflejan uno en otro y que son indisolubles.

El retrato de familia que ensaya Peregrino tal vez desilusione a quien busca más de la historia musical del artista. Pero se trata de saber ver entre líneas: la obra de Soulé está allí, en los pliegues de las imágenes que lo muestran como parte de ese grupo familiar –no es casual que la idea de familia se traslade también a Vox Dei (“Era como una familia grande, una tribu”, dice uno de los hijos) e incluso a la relación paternal que establece con el halcón-, como los fragmentos que señalan la dirección de un camino musical. También está allí esa condición con la que alude a la idea del peregrino. Más que aquel que avanza por un terreno sagrado, “los peregrinos son solitarios. No van con la bandada pero se alimentan con ella. Se vuelven sociables para reproducirse”. He allí una definición posible de Ricardo Soulé y su lugar en la música de rock argentino. Sin embargo, prefiero otra que el documental parece dejar sugerida y que creo, le calza mejor al músico y a la búsqueda del documental. Sobre los títulos del final se escucha una canción que en la voz de Soulé dice “Mientras alguien ahí afuera escuche mi canción/la seguiré cantando con todo lo que da mi voz”. Una actitud que ha llevado a quien cantaba por las calles “Yo soy el pibe cantor”, a convertirse en el juglar que desde hace años canta su canción para quienes quieran seguir escuchándolo.   

Calificación: 6.50/10

Peregrino (Argentina, 2019). Dirección: Néstor Rodríguez Correa. Duración: 75 minutos. Disponible en Cine Ar Play.


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