Bárbara es la extranjera. La etimología griega de su nombre remite siempre a otro lugar, impide asentarse; más aún, supone la incomunicación en tanto el extranjero está obligado a balbucear la lengua del lugar que transita; por eso la repetición torpe, la tartamudez del que no acierta el idioma nuevo (bar-bar-a). Como todo extranjero Bárbara es observada. Desde la escena inicial, la cámara la sigue en su caminata por los jardines de un pequeño hospital de provincia en Alemania del Este. 1980. Comunismo. Stasi. “La mitad de la población espía a la otra mitad” (la cita no es textual y proviene de “Por amor al pueblo” de Eyal Sivan). Bárbara es extranjera en su propia tierra; lo es al menos desde que ha decidido pedir una solicitud para emigrar buscando en la otra mitad de Alemania, la capitalista, la libertad que con sus engañosas modalidades de canto de sirena desde allí le ofrecen. Desde el momento en que Bárbara quiere partir, pierde el vínculo con su pedazo de patria dividida y pasa a ser la extraña, la que debe ser vigilada, la que es confinada en la aldea, reducida a practicar su profesión de médica en condiciones precarias, castigada con la abolición de su intimidad. Por eso la mirada inicial sobre la muchacha no es solo la de la cámara, sino la subjetiva de los dos médicos, que la observan desde lo alto de una ventana, predicen sus movimientos, calculan sus acciones inmediatas.

Bárbara es Nina Hoss, la musa o, mejor, el alter ego femenino de Christian Petzold. En el cine del director alemán, la Hoss es siempre la mujer que ha visto, la que vuelve del otro lado y circula entre los vivos con el empeño inútil de volver a ocupar un lugar entre ellos. Así ocurre en Ave Fénix (2014), en donde regresa del infierno concentracionario nazi, como el ave que renace, pero también como una Eurídice rescatada por un falso Orfeo estafador y engañado. También en Yella (2007), en donde su extraña conducta y el giro final que involucran su vida y su muerte, funcionan como metáfora del avasallante capitalismo alemán, emergido como el Ave Fénix después del colapso comunista. Por eso, extraña en su propia tierra, dispuesta a ser también extranjera en la vecindad libre, Bárbara es vigilada, la cámara se subjetiva en la mirada de los médicos, que reportan a la Stasi. La vigilancia también es castigo y no se limita a los médicos; un equipo de espías persigue a Bárbara, le obtura su intimidad (en cada allanamiento, mientras los hombres revisan su casa, una mujer se coloca guantes quirúrgicos y hurga en los genitales de su víctima).

No quedan alternativas: si el derecho no le es concedido, deberá huir por sus propios medios. Jorg, su novio occidental, envuelto en la prepotencia de sus trajes y perfumes, de su Mercedes calefaccionado, de su confort de primer mundo, es un príncipe azul que promete el paraíso; la fuga va tomando forma (es notable la escena en donde la joven acompañante ocasional del chofer de Jorg, una “jinetera” del oeste soviético, entra en la habitación de Jorg y huele la fragancia de la ropa del hombre, sus perfumes, prueba en su piel la suavidad de la tela de sus camisas, examina con lujuria el catálogo de joyas para elegir el anillo de su supuesta boda). Sin embargo Bárbara tiene un don para aportar a su inhóspita patria del este: su empatía con los perseguidos, enfermos y desheredados por el régimen. En Berlín, antes de su caída, trabajaba en el Hospital de la Charité; en el modesto hospital pueblerino en el que faltan los insumos y hasta el interés por los pacientes, debe ejercer su virtud oculta, la caridad, antes enunciada en el nombre del hospital, ahora escondida detrás de la máscara helada de su rostro (es necesario hablar de Nina Hoss, imprescindible en Bárbara como en cada film de Petzold en el que participa. La hosquedad permanente de su gesto, su cara a menudo marcada por muecas de disgusto o rechazo, su pelo atado en la nuca o suelto con desprolijidad, impiden –por deliberada decisión del director- apreciar su belleza, que solo se hace evidente las pocas veces que se distiende en una sonrisa, fugaz, mezquina, o cuando camina en exteriores abiertos, que Petzold filma siempre en planos generales; en esos momentos parece distraerse, abandonar el estado de alerta y desconfianza con que se defiende de la hostilidad que siempre la rodea. Allí podemos disfrutar de la armonía de ese cuerpo delgado y elegante casi a pesar suyo, sustentado en unas piernas de mannequin, que en Bárbara aparecen agraviadas por el rústico calzado bolchevique que las sostiene. Otro tanto puede decirse de su cuello largo y delgado, al que amenaza alguna prematura arruga. La Hoss de Petzold no se lleva bien con los exteriores, en especial los campestres, los sufre así como sufre las injusticias y los rigores de los hombres. Para defenderse esconde su belleza que entrega como un tributo confidencial en algunos escasos planos cercanos, o en la intimidad agreste del bosque en donde se desnuda para la cópula rápida y clandestina con Jorg. La belleza de Nina Hoss es esencial en los filmes de Petzold, descubrirla es una de las claves con que éste nos desafía).

El ejercicio de su virtud la transforma; el témpano que la retiene se rompe y la acerca a Stella, una niña embarazada y prófuga de un campo de internación de disidentes; también le permite decodificar en el lenguaje mecanizado de un joven que sobrevive a un intento de suicidio, la existencia de un coágulo cerebral que obtura su afectividad; la intervención de Bárbara no solo le salvará la vida, también le restituirá su condición humana, le permitirá amar y sufrir, ser otra vez un hombre. Esta es la caridad ejercida en la más antigua de sus modalidades, como forma de compromiso y entrega, no como entretenimiento de señoras burguesas. El doctor André, su enamorado médico concurrente, oscila entre sus sentimientos y su obligado rol de informante de la Stasi. Él está aferrado al hospital de provincia por una mezcla de culpa y elección de su “fatal destino oriental” (disculparán la mala paráfrasis de Borges). Buchón, enamorado, ejerce a su manera la caridad y la empatía con sus pacientes. Sabe que la mujer que ama se va, que ella ve más lejos que nadie a través de sus ojos helados. Esos ojos no alcanzan a distinguir en el oeste el porvenir de una ilusión, por eso, llegado el momento, Bárbara optará por el grado mayor de la compasión: el sacrificio y, dejando su bicicleta apoyada en una precaria cruz perdida entre rocas, salvará a Stella de su destino concentracionario. Todo sacrificio comporta también una salvación. “Ni a irse ni a quedarse,/ a resistir, /aunque es seguro/que habrá más penas y olvido” podría decir con Juan Gelman. Es 1980, en nueve años más podrá cruzar al oeste y ver el otro mundo. Pero ella todavía no lo sabe.

Barbara (Alemania, 2012). Dirección: Christian Petzold. Guion: Christian Petzold y Harun Farocki. Fotografía: Hans Fromm. Música: Stefan Will. Reparto: Nina Hoss, Ronald Zehrfeld, Rainer Bock, Jasna Fritzi Bauer, Christina Hecke, Claudia Geisler, Peter Weiss, Carolin Haupt, Deniz Petzold, Alicia von Rittberg, Rosa Enskat, Irene Rindje, Jannik Schümann. Duración: 100 minutos. Disponible en Mubi.


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