Al comienzo, Mari es un cuerpo sin voz. Una historia relatada por otros. Un cuerpo al que vemos trabajar y trasladarse en colectivo entre la Capital y el conurbano. Es un cuerpo indiferenciado en la multitud, uno más en el espacio común que comparte con otros. Un cuerpo que no habla y que transita en silencio, como si no tuviera nada que decir. Lo que podría decir es narrado por otros. La voz en off que abre la historia es la de Adriana, la dueña de la casa en la que Mari trabaja dos veces por semana desde hace 30 años. Esa voz admite que no sabe mucho de la vida de Mari. También están las voces de uno de los hijos y su esposa. Y de algunos de sus vecinos. Entre unos y otros reconstruyen una mirada que no deja de ser exterior y que refleja esa indiferenciación que mostraba su cuerpo. Un entramado de suposiciones y miradas ajenas que solo parecen reproducir vaguedades: un aparente maltrato del marido, su concurrencia a la iglesia, no tener amigos ni recibir visitas, trabajar todos los días. Un cuerpo sin cuerpo –sin carnadura-, algo que pasa por el espacio, y que de pronto, desaparece.

La desaparición de Mari ocurre en el espacio de Laferrere. La cámara lo muestra recurriendo al plano vacío de la calle que antes le vimos atravesar. El cuerpo se vuelve ausente de un espacio para ocupar otro: un lugar que conoceremos, nuevamente, mediante la voz de Adriana que reconstruye el diálogo con su marido y la decisión de alojar a Mari en una pequeña habitación de la casa. Lo que recupera Mari, en primer lugar, es la voz. En la primera escena en la que dialoga con Adriana, en la cocina de la casa, la puesta en escena de su voz, no solamente sirve para reconocerla, para completarla, sino para empezar a desandar su propia historia. No hay historia personal posible, parece entender rápidamente el documental –y el propio personaje-, si no hay una voz que la narre. La voz propia desplaza la construcción de la historia del afuera hacia adentro, de los rumores y pensamientos de los otros a la vivencia individual.

La historia se convierte en rememoración o recuerdo en la voz de Mari. El pasado se quiebra en el momento de la “desaparición”: los objetos, las fotos, la ropa, el calzado de Mari desaparecen de la casa. Presume, tiene algún indicio de que los han quemado. Puede constatar que en la casa que habitó no queda prácticamente nada de ella un día que vuelve a entrar con la ayuda de sus hijos. Los recuerdos que la habitan son tortuosos y asemejan a una prisión sin barrotes, pero con un celador continuo que regula entradas y salidas, que ejerce un dominio físico y psicológico. Hay una escena simple pero que revela el contraste casi abrumador: ese plano acelerado que muestra la evolución del cuarto de Mari en la casa de Adriana y Mauricio, primero casi vacío y cada vez con mayor cantidad de objetos personales, funcionan como señalamiento del presente, pero también como un contrapunto con el pasado.

Si la voz recupera la historia desconocida, oculta, el documental se concentra en recuperar a la par, el cuerpo. No el cuerpo subsumido doblemente –por el trabajo continuo, por el maltrato marital-, sino uno, otro, que va adquiriendo libertades, que va moviéndose en un espacio más amplio como forma de reconstruirse como cuerpo en vida. La vitalidad de Mari se multiplica: ya no es la mujer que trabaja y va a la iglesia como forma de escape. Si la decisión de retomar la escuela primaria primero y la secundaria después funcionan como un pliegue en la relación que establece con el mundo, la persistencia de un espacio personal multiplica las posibilidades de relacionarse con el otro. No solamente transforma su relación con Adriana y Mauricio –difuminando todo lo posible la distancia entre patrón y empleada, que termina de deshacerse en la escena en la que toma mate con Fernando antes de partir de viaje, ocupando ambos los lugares de los dueños de casa-, sino que también abre al personaje a la recuperación de los lazos familiares –el abrazo con su hijo cuando ella termina la escuela primaria es quizás uno de los mejores momentos del documental; la visita de su hija con las nietas vislumbra la restauración de un lazo roto en la decisión de irse de la casa; el reencuentro con uno de sus hermanos después de muchos años-. Y en esa recuperación, el cuerpo de Mari se vuelve cada vez más importante: no porque la cámara se detenga en él, sino porque se recupera como mujer. Si el cuerpo que vemos en las primeras escenas es indiferenciado, ahora aparece nombrado –en la rememoración de las charlas sobre sexo con las amigas-, remarcado –en la preparación para la salida con las amigas- y puesto en relación con el otro de manera gozosa –en el baile y en la relación con Fernando-. El proceso de transformación del personaje se completa. Su voz recompone su historia y le permite incluso volver a ese pasado anterior en Santiago del Estero de su niñez –y esa otra casa en la que tampoco queda nada de ella y que recupera la sombra del recuerdo de su padre que se superpone con la de su esposo en la violencia-, dejando a las décadas vividas en Laferrere como un hiato en su vida. Su cuerpo se recompone en un espacio nuevo y abierto al conocimiento y a la relación con el mundo.Mari destraba la historia del personaje de las condiciones en las que se desarrolló su vida. La sigue en el proceso de cambio con una mirada atenta y cercana, pero alejándose de cualquier invasión –incluso el video de la filmación de la charla de Adriana con el ex marido de Mari, en la puerta de la casa, se resuelve como relato en off o como imagen fragmentada-, entendiendo que lo importante no es el hallazgo particular, sino el proceso por el que una mujer deja de ser un objeto de dominio para recuperarse a sí misma. El documental retrata el cambio, dejando en el camino las huellas, los rastros que el personaje va desperdigando en el relato como parte de su historia. En el final, el gesto de abrir las manos en la moto puede ser un subrayado innecesario en los términos del documental, pero no deja de ser un gesto representativo del personaje que ahora puede moverse con su cuerpo y su voz recuperados.

Calificación: 7/10

Mari (Argentina, 2021). Guion y dirección: Mariana Turkieh y Adriana Yurcovich. Fotografía y Cámara: Lucas Marcheggiano y Mariana Turkieh. Sonido: Mariana Turkieh. Montaje: Mariana Turkieh y Xi Chen. Duración: 78 minutos. Disponible en salas y en Cine Ar Play.


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