Hay una escena que parte en dos a La dosis. Marcos (Carlos Portaluppi) regresa a la Unidad de Cuidados Intensivos del hospital en que trabaja, después de fracasar en su intento de abrir la habitual lata de arvejas que le sirve de comida. La sala está, como habitualmente, oscura y silenciosa. Pero allí ve a Gabriel (Ignacio Rogers), el nuevo enfermero que llegó poco antes al hospital, empuñando una jeringa que ha clavado en el cuello de Lucrecia, una de las internadas. Que Marcos no reaccione intentando evitar la acción de su compañero no solamente se debe a su propia historia, sino que la escena funciona como un espejo –deformado en cierta medida- en el que Marcos ve sus propios actos. Esa simbiosis a partir de los actos –y que el afiche de la película sugiere desde la sobreimpresión de las imágenes de ambos-, parece instalar una cuestión moral que vuelve sobre Marcos y que a partir de ese momento comenzará a establecerse como nudo central de la relación entre los dos personajes. Ese desplazamiento de un acto que tiene similares consecuencias –la muerte de un paciente internado en un hospital- a la motivación moral que lo produce –el alivio del sufrimiento/el placer de quien lo provoca- no es un elemento menor, en tanto se traduce en la pantalla en un cambio notorio en la narrativa que propone la película.

Hasta esa escena hay una construcción que prioriza una serie de elementos que generan un interés que excede la anécdota central. En primer lugar, un trabajo sobre la generación de un clima persistente que va atravesando las diferentes escenas como una unidad de sentido. En ese punto confluye no solamente una iluminación fría, que acentúa las oscuridades de una sala sin luz natural, sino también la forma en que los diálogos rompen con todo atisbo de formalidad –y que señalan una relación más estrecha, no solamente entre Carlos y Noelia (Lorena Vega) su compañera de trabajo, sino también entre ambos con los pacientes que llevan más tiempo en el lugar-. Pero, por sobre todo, lo que aparece es una vinculación con los silencios de fondo que implican que toda acción, todo sonido pareciera recortado de un entorno, casi en un estadio ideal. Ese elemento, que es parte de una terapia, se traslada a los espacios de tránsito cercanos –por ejemplo, la farmacia del hospital o la sala donde descansan o almuerzan los enfermeros- y definen al territorio desde lo sonoro. De allí que sea interesante la ruptura que plantean dos escenas. En la primera de ellas, Carlos regresa a su departamento y cuando se acuesta a descansar, lo primero que aparece son los ruidos de trabajos en un departamento vecino. En la segunda, cuando se sube al auto de Gabriel que se ofrece a llevarlo, la música del estéreo irrumpe de manera estridente. Una y otra demuestran por oposición una pertenencia del silencio al personaje como elemento que lo atraviesa desde lo laboral y que lo traslada al resto de su vida.

En segundo lugar, la llegada de Gabriel al hospital es trabajada desde cierta ambigüedad: en la mirada de Marcos, desde el comienzo parece haber algo que lo hace dudar y que se remarca en esa primera escena en que aparece trabajando y Marcos lo observa como si intentara desentrañar un enigma. En un punto, Gabriel implica, con su llegada, una ruptura de un universo ya instalado del que Marcos no quiere cambios. El silencio y el trabajo como formas puras de ese espacio se trastocan. Lo que trae Gabriel es no solamente el ruido de su auto, sino lo invasivo, la persistencia de las relaciones más allá del espacio laboral, la irrupción de lo sexual y hasta un espacio de cercanía con los familiares de los pacientes y con las autoridades del hospital que hasta ese momento estaban eludidos. Más que apropiarse del espacio, Gabriel lo adapta a sus necesidades.

Lo que hace la escena planteada al comienzo es romper con ese desarrollo –algo que se podía deducir con cierta facilidad en la innecesaria escena en la que uno de los viejos a los que internan, cree reconocer a Gabriel de una anterior internación en otro hospital- para entrar en otro completamente diferente. Lo que hace esa escena es pasar de una  narración que prioriza lo implícito y hasta lo contradictorio –Marcos reviviendo a una mujer en la escena inicial, para después aplicarle la dosis cuando ve que no le dan la medicación para mantenerla con vida- hacia otra en la que todo se explicita y se borran todos los elementos que produzcan una tensión interna del personaje. Ahora, la tensión se desplaza hacia la relación con el otro, y en ese corrimiento, lo que aparece es la necesidad de poner todo en pantalla. Que la escena que mencioné al principio no termine en ese plano del rostro de Marcos, sino en el contraplano que revela lo que está viendo, es la señal de lo que vendrá. Si la revelación del “secreto” de Marcos es discreta, silenciosa (la aplicación a oscuras, en una toma en que lo vemos de espalda), la de Gabriel implica un ruido, una espectacularidad revestida de escena mínima que implica un punto de no retorno.

Porque lo que sigue a partir de ese momento es el cambio de una narrativa que apostaba por un crecimiento ligado a lo dramático, a una centrada en la acción que va de la mano del modelo del thriller. Lo que comienza a importar, además de esos elementos de moralidad mencionados, es la sensación de amenaza que se va cerniendo sobre Marcos desde el momento en que toma la decisión de ir a hablar con el director del hospital sobre lo que ha visto. La omnipresencia de Gabriel a partir de ese momento lo lleva a constituir más como un personaje psicótico (lo cual se resalta en el momento en que le dice a Marcos que lo admira porque “me encanta tu estilo”) que como alguien que pueda entrar en un juego dramático.

Ese cambio instala en la película el dominio de lo explícito por sobre lo implícito que se sostenía hasta allí. No se trata solamente de la amenaza que implica Gabriel. La aparición de las instancias burocráticas y administrativas –la denuncia sobre el aumento del número de muertos, la comisión investigadora, las autoridades del hospital- como elementos coadyuvantes de lo amenazante, la concepción continua del otro como “obstáculo” para dar a conocer la verdad sobre Gabriel –o incluso para reiniciar su vida personal, como ocurre en la escena con el empleado de la inmobiliaria que va a ver su departamento-, van haciendo confluir la narración hacia un final preanunciado en el que los dos personajes centrales asumen un tipificado rol de víctima y victimario. Que el final introduzca cierta tensión, aunque algo forzada y estirada, no consigue devolver a la película a esa primera parte en la que anunciaba un interesante planteo de ambigüedades y misterios y que la segunda parte solo se contenta en descifrar y revelar con más convencionalismo del que se podía imaginar.

Calificación: 6/10

La dosis (Argentina, 2020). Guion y dirección: Martín Kraut. Fotografía: Gustavo Biazzi. Edición: Eliane D. Katz. Elenco: Carlos Portaluppi, Ignacio Rogers, Lorena Vega, Arturo Bonín, Germán de Silva, Julia Martínez Rubio. Duración: 93 minutos. Disponible en Cine Ar Play.


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