Una emotiva (y excelente) película del francés Tacchella, Travelling adelante, ilustraba perfectamente, desde dentro, posibles retratos múltiples de cinéfilos, sus jergas, sus juegos, sus polémicas sectarias y, sobre todo, su pasión por el cinema. El film estaba dedicado a la memoria del querido y extrañado François Truffaut, epítome junto a Godard de la cinefilia, y disfrazaba ficcionalmente algunos aspectos de su vida. Francia y Estados Unidos han sido desde siempre –de manera muy diferente- los paraísos de la cinefilia. A esta altura de las cosas, se pueden encontrar cinéfilos en todas partes del mundo. Como una internacional secreta dispersa por todo el planeta, los actuales KINOKS (secta “los locos del cine” en la Rusia revolucionaria) velan la muerte del cine recordándolo, y batiendo la justa. A la manera de los “hombres-libros” del Fahrenheit 451de Bradbury (por algo llevado al cine por Truffaut) permiten que la MEMORIA continúe en medio del fervor triunfalista de la actual fase del capitalismo amnésico: la cultura del úselo y tírelo, la barbarie de lo descartable. Buenos Aires, ese lugar perdido, la Aquilea inventada por Borges, Bioy y Santiago para Invasión, fue también un baluarte de la cinefilia universal. Hoy sufre la misma intemperie que todo. Elegir ser colonia no es moco de pavo.

CONTRATIPO VELADO DE CINÉFILO EN SOMBRAS

En realidad, no hay dos cinéfilos iguales, como no hay dos personas iguales. Los cinéfilos rompen los moldes de los catastros sociológicos, esas taras de nuestra época encuestadora. La cinefilia es una pasión, una manía, un trabajo de obsesivos, una enfermedad secreta y pública, un virus no identificable. Hay cinéfilos que procesan miles de fichas técnicas por computación, otros que memorizan 15.673 fichas técnicas (incluidos los asistentes de dirección y los maquilladores) para después decidir olvidarlas, otros que olvidan sus nombres o su dirección o su teléfono, pero recuerdan literalmente diálogos enteros de películas, como los memorizadores del Martín Fierro, o los Testigos de Jehová, o los de Le Pera y Cadícamo. Hay cinéfilos que desconocen el aire libre y la continuidad de los parques –el oxígeno del Centenario, por ejemplo- en aras de los sucuchos húmedos y malolientes donde, por único día y con copia a favor, tendrán contacto con los simulacros de la eternidad. “Son verdes y desconocen la luz. En Miramar los señalan por la calle: ahí va un cinéfilo”, dirá el pintor y cineasta Jorge Acha. También hay cinéfilos que robarían un banco o a la tía (si es rica) para sacar una revista de cine, o comprarse cientos de números viejos de los Cahiers du Cinéma, si están bien encaminados.

NIETOS DE FANTOMAS Y ASOCIADOS

Los cinéfilos forman sectas, coleccionan fetiches, acumulan datos inútiles a la manera de Bouvard & Pecuchet pero, ante todo, aman las fantasmagorías, el ilusionismo, detestan que los sanateen con “contenidos” y “mensajes”, saben que el cine (y su hijo putativo, el video) es una cabalgata de fantasmas fijados en una ilusión de eternidad, hasta que el celuloide (o cualquier sucedáneo) sea destruido por incendios, bombas, guerras, proyeccionistas dormidos o borrachos o curators sin banca. Ver cine es asistir a sesiones de espiritismo tribal. Mejor hacerlo acompañado. Hasta la llegada del orden mundial conservador (el Capitalismo te dio la vida y ahora te la quita, cine, te vas con tu siglo) ver cine era un acto de comunión. Ser cinéfilo es como ser adicto a Madame Blavatzky o al libro tibetano de los muertos. “El hombre olvida que es un muerto que conversa con muertos” (Borges, There are More Things). La cinefilia tiene que ver con la cultura del Sueño: Calderón, Shakespeare, Upanishads & Bhagavad Gita, los aborígenes australianos (ver films de Peter Weir). Todo es sueño, ilusión, Maya. La cinefilia es metafísica. “Soy ateo, gracias a Dios.” (Buñuel).

LAS HUELLAS DE LOS BAQUEANOS

“El cinematógrafo nos permite estas aventuras mentales. Confiemos en la aventura a costa de nuestros estómagos, realidad que nos trae a la tierra a la salida de los cines, descendidos a pico desde el séptimo cielo del celuloide heroico y mentiroso.” (Nicolás Olivari, El hombre de la baraja y la puñalada).

Todo es escritura, y deviene polvo. Enamorado, según Quevedo. El génesis de la cinefilia escrita comienza con Quiroga y Borges, y La invención de Morel de Bioy. Sigue con Calki en El Mundo y Rico Tipo. Prosigue en los setenta con el Flashback de Tabbia & Cozarinsky, y la Contracampo de la escuela de cine de La Plata (Oscar Garaycochea, Fragueiro, Blanco). Incluye los goles en impresión & gráfica de la mítica Tiempo de cine de la benemérita secta Cine Club Núcleo. Otros presentes en el marcador de Tiempo…: Quino, Tito Vena con sus fichas técnicas y filmografías, las viñetas de Benicio Núñez. Cero en el marcador a la nefasta delantera de los escribas. Excepción (golazo): un notable texto de Cozarinzky sobre Griffith. Continúa en los ´70 rugientes con Cine & Medios, publicación de la fiebre “tercermundista” (otra vez Cozarinsky se hace presente en el marcador: nota sobre el ideograma en Invasión). Los ´80 continúan el génesis renovado con el primer número de Biógrafo y El Amigo Americano (único número, verano del ´81) y la salteada carrera (una verdadera revista-liebre) de Cine en la cultura argentina y latinoamericana, la última publicación de cine en el país, la última en la que colaboraron cinéfilos reconocidos. This is The End, amigos? Algún día, con más espacio, hablaremos de estas experiencias. El diario de un cinéfilo no termina nunca. ¡GULP!

EL CINE DEL CLUB/ PAGO CHICO Y LA BABEL CINEMÁTICA

Así como hubo escritura hubo lugares. También se puede afirmar que no hay lugares y que el cine no existe. Pero como esto puede provocar la confusión, el desconcierto, el apedreamiento, la acusación de “traición a la Patria” y encima (lo peor) tener que explicarlo, diremos que la cinefilia está hoy bien representada por un notable refugio de cinéfilos desamparados y huérfanos de todo. El Club de Cine (Sarmiento & Talcahuano) es el Ejército de Salvación del cinéfilo a la deriva. El lugar de los crímenes está situado en una región o galería de esas que hoy pululan por la ruinosa Buenos Aires. La repelente galería (ya emblemática también de la “Cultura de las Ruinas”) evoca en su basural desgracia, y en sus efluvios, Fuga en New York de John Carpenter. Pero a no llamarse a engaño. Tras pasar frente a Unione e Benevolenza y la Casa de San Juan usted estará llegando al lugar del éxtasis.

Flanqueado por un taller calibrador de óptica y una mutual de óptica –todo para el Magoo cinéfilo- el Club de Cine emerge como una de las empresas más exaltadas de la demencia estética humana, en su rama cinéfila. Sus exhaustivas y democráticas programaciones no tienen nada que envidiar al MOMA (Museo de Arte Moderno, New York) o a la Cinemateca Francesa en sus mejores momentos. Usted puede encontrar aquí las obras más extrañas y olvidadas, sublimes Clase B, seriales programadas en episodios, Prelorán, Gardel y el negro Ferreyra junto a Murnau, Bergman y Josef Von Baki, Simón del desierto (Buñuel) alterna con The White Sister (la monjita), un maravilloso melo silente de King Vidor, y así. Encima puede pedir películas, y hasta hacerse socio, compartiendo conciliábulos con coleccionistas y ultras de la cinefilia irrecuperable.

Esta imprevisible cinemateca funciona bajo la héjira de Octavio Fabiano (44). Tras su paso por Cine Arte y tres innombrables salas anteriores, Fabiano parece haber encontrado el sitio del Paraíso Cinéfilo. Lo secundan el investigador & docente Gustavo Cabrera y el apasionado coleccionista y curator Fernando peña. Cabrera comparte con Fabiano el programa diario de ATC dando imprescindibles revisiones de cine argentino. Junto con el radial “Ángel Exterminador” de Sergio Wolf & Gustavo Castagna –sábados a las 15 por la Muni- y las programaciones de Luciano Monteagudo en la Cinemateca Lugones (y sus notas en Página 12) constituyen los escasos oasis que al cinéfilo desamparado le quedan. Volveremos, y seremos millones de fantasmas en copias nuevas.

Publicada en el N° 82 de la revista Fierro (Junio de 1991); e incluida en Jugar (la luz de otra cosa), libro publicado por el Bafici en 2009.