La pretensión de este texto es simple: hacer una introducción breve al Dossier sobre Peter Weir, en la opinión de quien escribe, uno de los directores más talentosos, personales y brillantes de los últimos (casi) 50 años de cine. Explico el «casi» puesto entre paréntesis: su primer film es de 1974 (Los coches que se comieron París) y su última película data de 2010 (The Way Back), lo cual lo sitúa como un director prácticamente retirado. Treinta y pico de años filmando entonces y pocas películas: apenas trece. Pero ese puñado de films le bastan y le sobran para mencionarlo como un director y autor fundamental. ¿Un autor? Desde ya. En sus películas hay constantes temáticas, estilísticas y hasta determinado tipo de personaje que aparecen recurrentemente en cada film, aunque las «historias» no tengan mucha o ninguna relación entre sí (lo que va desde los avatares de un periodista australiano que cubre una revolución en Indonesia hasta la influencia de un profesor de literatura en un grupo de alumnos de un colegio prestigioso. Pues bien, hay puntos de contacto). El tema principal de la obra de Weir, ya se ha mencionado, es la confrontación (con el consiguiente conflicto) entre una «cultura» y una mirada racional, oficial, «tangible», y un mundo primitivo, misterioso y subterráneo, imposible de aceptar o explicar desde aquella mirada… Hay dos factores que embellecen toda la obra de Weir: el misterio y la emoción. El misterio está en una auténtica sensación de extrañeza que sentimos en varios de sus films, de estar en algún lugar extraño o poco visitado de la percepción, tanto es así que algunas de sus películas pueden verse como un sueño y otras como una pesadilla o una alucinación. Y si hay un director que en estos años nos ha prodigado arrebatos de emoción arrolladora e incontenible, ese es Peter Weir.

Los temas, las características y algunos de los elementos de sus films ya fueron mencionados. Pero hay otros factores, no siempre destacados o señalados. Uno de ellos involucra a cierto tipo de personajes que podrían agruparse bajo el rótulo de «sacrificados». En determinados momentos y circunstancias algunos de estos personajes se posarán sobre la dura piedra sacrificial, con resultados trágicos e irreparables o dramáticos, como mínimo. En esa lista pueden convivir tanto Neil como Mr. Keating en La sociedad de los poetas muertos, Billy Kwan en El año que vivimos en peligro, el maravilloso Georges de Green Card, el plomero de su extraordinario telefilm, el marinero Hollom en Capitán de mar y guerra, como para poner algunos ejemplos. El otro factor puede sonar a obviedad viniendo de alguien que nació en «la isla más grande del mundo», pero es muy interesante el uso, la importancia y el sentido del agua en escenas puntuales (belleza y misterio) de muchas de sus películas. 

Es notable observar cómo el paso de filmar en Australia a filmar en Estados Unidos no implicó, necesariamente, olvidar o dejar en la aduana esas marcas autorales (como hicieron tristemente otros directores australianos). Por el contrario, su carrera como director en Estados Unidos también le permitió efectuar relecturas de su espléndida etapa australiana, porque de alguna manera puede verse Green Card pensando en los puntos innegables de contacto que tiene con El Plomero y cómo La sociedad de los poetas muertos es una versión menos misteriosa y rigurosa de Picnic en las rocas colgantes. Ni trituradora autoral ni un esclavo de los estudios. Con obras maestras (Capitán de mar y guerra), películas notables (Testigo en peligro) e incluso con films fallidos (Sin miedo a la vida), Weir siguió haciendo lo que le dictó su latir y su torrente sanguíneo: eso que no sólo lo hace un enorme director sino que lo consagra como un Artista excepcional. Con este Dossier, entonces, vamos a recorrer su obra, revisar sus películas, desmenuzar sus imágenes, analizar en detalle todo eso que en este texto son solo generalidades. 


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