Triángulos. Hay triángulos en toda la obra de Christian Petzold. Algunos evidentes y heredados de la literatura, como el de Jericow en espejo con el diseño de Cain en El cartero llama dos veces; otros ecos del melodrama, como en Phoenix en la bifurcación del destino de Nelly entre el nuevo mundo que le ofrece Lene y el reencuentro con el rostro de la delación que encarna Johnny. Son triángulos que sitúan al espectador ante una elección y sus dos recorridos posibles, una elección de amor, una elección de vida. En Barbara es la mujer del título, perseguida y observada en su intimidad, entre el médico que sostiene una solidaridad asediada, que confía en un mundo de desconfianza, y el capitalista que promete las mieles de un catálogo de compras. Pero también esos triángulos recrean el número bíblico, la receta lógica, el ideario de la suerte.

El triángulo adquiere una fundante forma de expresión en Die innere Sicherheit –conocida como Seguridad interior-, su primera película para cine, el inicio de la trilogía ‘Fantasmas’ sobre la Alemania reunificada, el tercer estadio del esplendor del cine alemán luego del expresionismo de Weimar y el del manifiesto de Oberhausen. Coescrita con su maestro Harun Farocki, la historia retoma los hilos dispersos de aquella generación anterior, trunca luego de la muerte de Fassbinder, la ida de Herzog y Wenders al cine trasnacional, la agonía de una serie de ideales,  y al mismo tiempo anuncia la confección de una nueva trinidad, deforme, posmoderna quizás. En la playa conocemos a Jeanne (Julia Hummer), una adolescente alemana que desde su infancia vaga por las sombras de aquella Europa de la Guerra Fría, escondida como sus padres que viven perseguidos en el nuevo mundo libre. Jeanne no tiene amigos, ni compañeros de colegio, ni ropa propia de su edad. Estudia bajo la mirada atenta de su madre los saberes que le aseguran una vida posible cuando termine la fuga. Pero ese tiempo nunca llega, todo es promesa y dilación, juntar los bolsos y huir hacia un nuevo destino prometido, Portugal, Brasil o donde sea.

En esa playa del comienzo Jeanne conoce a Heinrich (Bilge Bingul), un joven veraneante que sueña con las costas californianas y las olas grandes que empujan su tabla de surf. Jeanne apenas comparte algunos minutos con Heinrich, pero es ese tiempo el que abre otro horizonte para ella. El triángulo queda dibujado. Por un lado sus padres, que luego de un robo y una supuesta persecución deben huir de regreso hacia Alemania, hacia ese pasado que esquivaban, hacia los amigos que ahora son parte de ese nuevo escenario de acuerdos y rendiciones. Y, por el otro, el joven rubio que promete una vida en ese paraíso pop que cuelga en el poster de su habitación, en las canciones del walkman, en los sueños de futuros promisorios. La bifurcación adquiere su verdadera expresión en la puesta en escena: planos en los que late el fuera de campo como un anhelo ominoso, imágenes concebidas como reflejos o espejismos, miradas hacia atrás como el Angelus Novus de Paul Klee diseccionado por Walter Benjamin que expresa la atención a la historia ante el viento del progreso.

Fantasmas. Todo el cine de Petzold está poblado de espectros, su espacio es enrarecido e impropio, fragmentario e inhabitable, esquirlado en sus retazos y recovecos. El matrimonio que forman Clara (Barbara Auer) y Hans (Richy Müller) escapa todo el tiempo. Apenas sabemos cuál es el origen de su huida, implantada por Petzold como una intuición antes que como una certeza. Un robo los obliga a regresar a su patria perdida, a esa Alemania de la reunificación que no quiere saber del pasado convulso de los 70, de los atentados y las conspiraciones, que quiere cerrar las heridas y las divisiones. Ellos visitan a sus ex compañeros de lucha para encontrar su propia salida, un nuevo destino en el que ser otros, con un nuevo nombre y uno nuevo idioma. Un destino en el que ser fantasmas de ese mundo por el que lucharon y ahora se ha desvanecido, fantasmas de esa paternidad que ahora ejercen como una maldición para Jeanne, portadores de una identidad que ya no existe para su hija, que solo queda en su memoria lentamente evanescente.

Pero Jeanne también es un fantasma, como lo son los inmigrantes que escapan en uno de los lugares de paso, invisibles en ese mundo que anota logros y esconde derrotas. Jeanne es un fantasma de su propia adolescencia, a la que modela en sus escapadas nocturnas para visitar a Heinrich y contagiarse de sus sueños, en la incómoda percepción del sexo de sus padres, capaces de esa pasión que a ella le es negada, en la ropa de moda que roba de las tiendas, en la proyección de Noche y niebla de Resnais, durante la que intenta colarse en un mundo indiferente que sigue adelante sin los rezagados. Petzold registra su itinerario en ese juego permanente de escondidas: oculta tras reflejos, confinada al asiento trasero del auto, capturada en las cámaras de seguridad de un banco, Jeanne es prisionera del silencio de sus padres respecto al pasado pero también del bullicio que anuncia ese tramposo futuro.

Traiciones. “How Can We Hang on to a Dream” es la canción que presenta a Jeanne en esa playa portuguesa del comienzo. Es también el preámbulo del error que precipita la pérdida de todo el dinero de la familia y el obligado regreso a Alemania. Sin saberlo, Jeanne es la que impulsa a sus padres a enfrentar ese mundo que habían dejado atrás, a volver a ver los rostros de la traición en sus antiguos compañeros, a sentir el peligro en el cuerpo, el terror en el vacío de las calles. Pero también la canción anuncia ese futuro posible, imaginario en su inocencia, pérfido en su horizonte. La entrada Heinrich junto a la melodía se continúa en sus encuentros en Alemania, los que preparan el terreno para la traición. Una traición que replicará en toda la obra de Petzold, como el acto fundante de un oscuro renacimiento. ¿No es acaso la traición de Johnny la que yace bajo el reencuentro de Nelly con su rostro recobrado? ¿No es también la traición la que consagra a Undine en el mito perfecto sobre el espíritu alemán?

La traición final de Jeanne a sus padres es el acto con el que Alemania sella su promisorio pasaje al nuevo milenio. Un automóvil ardiendo, las cenizas de un pasado que debe olvidarse, los escombros de una ciudad que debe reconstruirse sobre sus propias ruinas. Como lo hizo Berlín una y otra vez, como lo hizo la Maria Braun de Fassbinder aunque en ese gesto perdiera el alma y debiera reencontrarla en las llamas del fuego final. También Petzold sabe que la memoria es difícil de aniquilar, que persiste como los espectros nocturnos que asedian en esos bosques verdes que pueblan su filmografía. Persiste como el pasado de una generación que finalmente selló su demorado destino, como las llamas de ese fuego que crepita en la banquina de la ruta, que se alarga hasta envolver esos sueños anunciados en una canción. 

Seguridad interior (Die innere Sicherheit, Alemania, 2000). Dirección: Christian Petzold. Guion: Christian Petzold, Harun Farocki. Fotografía: Hans Fromm. Montaje: Bettina Böhler. Elenco: Julia Hummer, Barbara Auer, Richy Müller, Bilge Bingul, Günther Maria Halmer, Katharina Schüttler. Duración: 106 minutos. Disponible en Mubi.


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