En Cheatin’ hay una pareja que entra en combustión –aunque es más preciso decir que entran en una conexión eléctrica mutua- y que vuelve incandescente a todo lo que los rodea. Hay mujeres voluptuosas que codician al macho ejemplar, poniendo su cuerpo como anzuelo para apropiárselo. Hay fotos incriminatorias y la presunción de un engaño. Y la decisión de “vengar” el engaño con la repetición infinita de la afrenta. Y hay un asesino a sueldo que tendrá que vengar el nuevo engaño.

Hay, como puede verse, una suma de elementos identificables con la narrativa del cine negro. Pero también –y sobre todo- hay Bill Plympton. Y eso quiere decir que no hay seres de carne y hueso en la pantalla. Ni palabras. Ni oscuros callejones o noches atravesadas por la pesadumbre de los personajes. Decidido solo a aferrarse a aquellos lugares comunes, Plympton dinamita todos los demás. Construye su film noir evitando lo negro: todo es una explosión de colores atractivos, brillantes. Ya desde el vestido amarillo de Ella y su sombrero mientras atraviesa la mirada de la multitud en la feria de variedades al comienzo hasta las intensidades interiores y exteriores del motel donde Jake se cita maratónicamente con cuanta mujer se le cruza.

Consciente de que la animación le provee de una ausencia de límites absoluta –toda su obra de cortos y largometrajes es una exploración en ese sentido-, juega tanto con la constitución de sus personajes –el propio Jake es un desafío total a las leyes de la física- como con la forma en que los planos refuerzan la mirada deformada sobre el objeto de origen. Y sobre todo, le permite salirse de cuanto registro realista le impone el género: hace que el humor funcione en tándem con lo noir mediante la referencia irónica –el encuentro de la pareja en el juego de autitos chocadores del parque-, el recurso de la exageración y el exceso –por ejemplo, en la preparación del asesino cuando saca de un mueble una cantidad imposible de armamento-, o directamente por la torpeza –los dos fallidos intentos del asesino-. Que cada situación prototípica, como la carrera del auto en paralelo al tren pueda llevarse a instancias en que el delirio y aquella lógica sean apenas un recuerdo (¿cómo entender, si no, que esa carrera siga con el auto por el lecho de un río bajo el agua?) o que lo impensable pueda suceder en cualquier momento (que irrumpa una escena en la que los protagonistas cantan un aria de opera o que la escena del armamento antes mencionada esté marcada por el Bolero de Ravel).

En un punto, Plympton parece señalar que incluso en su película, el cine negro tiene un límite. Que se plantea en el fallido intento de asesinato de Jake, cuando Ella termina huyendo ante la imposibilidad de consumar la venganza. Entonces va más allá y sumerge a su película en un territorio ligado al fantástico con la irrupción de El Merto, ese ilusionista de variedades y su máquina transmutadora de almas. Es el punto en el que Cheatin’ termina pareciéndose más a La novia de Frankestein que a Cuerpos ardientes: el reencuentro de la pareja se concreta primero de manera ilusoria, en las formas de otro cuerpo, para finalmente volver a encarnar en Ella.

Si la aceptación de ese límite genérico deriva en el artificio, en todo caso éste resulta un correlato de la decisión de eliminar la palabra y hacer de los sonidos el eje de la transmisión de los sentimientos de los personajes. Adaptado a las coordenadas genéricas reconocibles, no necesita de diálogos ni de carteles explicativos. De allí que pueda pensarse que el cine y la novela negra le aportan a Plympton no solo un esqueleto estructural en el cual apoyarse para luego destruir el resto de las convenciones, sino también saltearse su habitual tendencia a la narrativa episódica –a veces hasta lo incongruente-, a la exageración como mero chiste sin integración narrativa y a la escatología que por momentos resultaba perniciosa en su obra. Plympton deja aquí de acumular por el solo hecho de hacerlo y se dedica a contar una historia con su estilo. Las ideas que toma prestadas de algunos textos de Cain le sirven como un ordenador pero también como la guía indispensable para construir el camino que él mismo se encargará de dinamitar.

Cheatin’ (Estados Unidos, 2013). Guion, animación y dirección: Bill Plympton. Música: Nicoles Renaud. Basada en la obra de James M. Cain. Duración: 76 minutos.


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