Peculiar etapa le tocó al joven Christian Petzold para transitar una instancia de por sí movilizante como es la universitaria. Aquel momento bisagra en lo personal coincidió con otro general y de trascendencia internacional. Su paso por la famosa Academia Alemana de Cine y Televisión Berlín (DFFB) se inició tan sólo meses después de la Marcha por la Paz, víspera de lo que sería conocido como Die Wende (el giro, o cambio en alemán), esa etapa de reconversión capitalista y liberalización política de Alemania Oriental pre y post caída del muro.

Volver a sus cortometrajes estudiantiles sirve para intuir lo vertiginoso de todo aquello, como también para confirmar que en Petzold ya muy tempranamente leudaba una mirada autoral de fuste. Contrastar la letra de Wind of change, ese hitazo de los ’90 compuesto por Scorpions (¿y la CIA?¿será verdad?), digno de publicidad de Coca-cola y devenido canción no oficial de la perestroika y el glásnot de Gobarchov, con Ostwärs, segundo cortometraje del alumno Petzold, evidencia no sólo la voluntad de Petzold de no dejarse arrastrar por viento alguno, sino también de esquivar fórmulas y estéticas preconcebidas para corporizar su desconfianza acerca de la buenaventura capitalista que se auguraba para quienes veían derribarse el muro desde el oriente. El polvo de los escombros que aún flotaba en el ambiente nublaba la vista de muchos, pero no la lente de Petzold quien, con tan sólo 3 entrevistas a seres desamparados y un puñado de imágenes de páramos industriales derruidos a la vera de una autopista, emulsiona la arqueología de lo que sucumbió con la gris profecía de lo que se abre paso. Qué temprano asomaban en Petzold aquellos espacios de tiempo indefinido en los que se imbrican transición y perpetuidad. Esos que, como purgatorio, libera a algunos y retiene a otros.

Vale la pena apreciar retrospectivamente las obras estudiantiles de Christian Petzold, no sólo para asistir a la germinación de una poética, sino para constatar que en ella se dibuja la silueta de lo que aún no había acontecido. En ese sentido, quizás sea El dinero caliente (Das Warme Geld, 1992), su último cortometraje como alumno de la DFFB, el pico más agudo que marca el sismógrafo de Petzold sobre la transformación de Alemania Oriental hacia la economía neoliberal post reunificación. Este cortometraje, además de resultar un salto sensible de calidad en la producción del director, inaugura los protagónicos femeninos que luego adoptarán la forma de Nina Hoss y Paula Beer. Mujeres que resultan un vehículo efectivo para transitar esa instancia transicional hacia la economía de mercado, lejos de denuncias sostenidas en cifras y estadísticas y muy cerca del impacto subjetivo del desamparo y la hostilidad en un mundo en el que la delación y represión estatal de antaño se colocan a la orden del individualismo y el afán predatorio en boga. Mujeres devenidas en fatales, en tanto comparten con el dinero el centro del plano y eso ya lo aprendimos: El dinero caliente es ese Halcón maltés que perseguimos hasta la Perdición y nos conduce a El sueño eterno. Por eso el claroscuro acérrimo, por eso el off gravitante que trae a los interiores la pringosa sordidez de las calles. Por eso ese sonido ambiente lampiño que nos arroja a esta historia sin muletas. 

El dinero caliente cuenta la historia de dos jóvenes amigas desempleadas que usan su atractivo sexual para robarle a los hombres el dinero que necesitan para dar curso a un sueño: escapar a Filipinas. Tanto el sueño como la estrategia para intentar alcanzarlo surgen de la vehemente Vera, quien entrena a su amiga traductora Heike, neófita en el arte de ganar dinero utilizando el cuerpo.

Heike es la que mira por el espejo retrovisor, la que yace en pijama esperando la asistencia, la del músculo acostumbrado a las raciones, por eso recurre a una receta conocida y propone: “Vamos a trabajar a la fábrica de café. Solía hacerlo en vacaciones. Dos meses, hasta que todo esté mejor”. Pero Vera mira por el parabrisas, es ella la que se mantiene en pie, la que otea desde el balcón el áspero escenario por el que les tocará moverse y al que desciende sin titubeos para aprovisionarse por los medios que le sean posible, aún si para ello debe ofrecer su cuerpo. Por eso a la propuesta de Heike, Vera responde con una agria sentencia que opera como núcleo del relato: “En el pasado todo volvió a estar bien. Antes era un trabajo, pero ahora es la última estación.”

Los planes de Heike parecían ser otros, pero luego de haber vendido muebles, televisor, libros y comprobar que el tortuoso peregrinar burocrático para acceder al subsidio estatal “ya es un trabajo”, como le dice Vera, se resigna a acompañar a su amiga en su atajo delictivo. Después de todo, no le proponía algo demasiado distinto ese médico de la oficina de Bienestar Social que aparece en su casa por la noche con un vino bajo el brazo a cobrarse con sexo un favor que nadie le pidió.

Vera y Heike, procurándose el abrigo de billetes calientes extraídos de un cajero automático con la tarjeta de una víctima ocasional que, entre caricias tarifadas, descuidó su billetera. ¿Cuál es la forma, el olor y la textura del amor en un mundo que mide el afecto por su valor de cambio? Vera y Heike, ansiando salir de pobres, no oler a pobres, tener billetes en la cartera, pues ya no hay un Estado que distribuya la miseria y es el dinero el que atrae al dinero.

Por su puesto que algo saldrá mal y Vera volverá a irse con su valija, esa que nunca desarma porque “Cuando sos pobre, debés permanecer móvil”, en una ironía sobre la movilidad social para los trabajadores bajo el capitalismo que Petzold replicará con esas pasajeras en tránsito perpetuo de sus posteriores películas. Al amargo final de esta historia, el destino le sumará una oscura mueca cuando a Manuela Brandenstein, actriz que le pone el cuerpo a Vera, la sorprenda una prematura muerte, víctima de un tsunami en Tailandia, tan cerca de aquellas Filipinas a las que ansiaba arribar su personaje.

Lo cierto es que en un tiempo y un lugar en el que todos sentían que estaban arribando, Vera estaba partiendo. Hoy podemos confirmarlo: la mira de Petzold no estaba corrida, el futuro aún no había llegado y hoy, casi 30 años después, la pandemia no hace más que ponerlo en evidencia.  El régimen cruje donde lo pises, como el afiche de Scorpions tirado allí en el piso. 

The Warm Money (Alemania, 1992). Guion y dirección: Christian Petzold. Fotografía: Bernd Löhr (B&W). Reparto: Manuela Brandenstein, Andreas Hosang, Halit Bademsoy, Sabahat Bademsoy, Kim Kuebler, Martina Maurer, Mark Schlichter, Ulrich Ströhle. Duración: 31 minutos.


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