Un grupo musical argentino inicia su primera gira correntina. Lo anuncia un auto desvencijado que lleva los parlantes sobre el techo. Su paso es por un caserío de clase baja, esos lugares a los que nuestro prejuicio identifica con un potencial público del chamamé más básico o de la cumbia. El nombre del grupo –Los Síquicos Litoraleños- empuja aún más ese preconcepto. Pero lo que ocurre luego es que algo se desencaja en el momento en que vemos un cartel en una ruta. Estación Solari, el lugar donde tocará el grupo, no es uno de esos pueblos o ciudades que –de nuevo, desde el prejuicio- nos imaginamos como un lugar importante para que un grupo pueda ir a tocar su música. No es más que un pequeño poblado silencioso, en el que, de improviso, una banda se instala, literalmente, en una de sus calles de tierra y comienza a hacer su música.

Esa música aparece en ese contexto como un elemento disruptivo, como una ruptura absoluta de la monotonía cotidiana. Es la disrupción, justamente, el eje de Encandilan luces. En esas mismas escenas del comienzo se accede a otro elemento de ruptura. Los Síquicos no van a buscar a su público, el cual, a ciencia cierta, parece no existir como tal en esos lugares. Lo disruptivo es que ni siquiera esperan que la gente se congregue, sino que empiezan a tocar independientemente de que haya alguien escuchando y observando. La música es el centro gravitatorio, no el público posible o potencial, que, como en ritos del pasado, se acercará atraído por su propia curiosidad a las voces y sonidos. Esa manera de concebir la performance –una palabra que define con más precisión que “recital” a lo que hacen Los Síquicos- tiene el mismo efecto en Estación Solari que en Parada Acuña, los dos momentos de la gira en los que se detiene el documental: se genera un público nuevo y diferente, inesperado y extrañado, ese que puede encarnar en uno de esos viejos que cuando le consultan qué le pareció, dice “Tenemos que conocer, que cambiar un poco lo que escuchamos”.

Hay un concepto que uno de los entrevistados desliza en el primer tramo del documental, una vez que conocemos  una serie mínima de coordenadas (como por caso, que la banda es de CuruzúCuatiá en la provincia de Corrientes): que Los Síquicos Litoraleños es una banda que proviene de un pueblo donde no son bombardeados por ningún criterio específico. No hay un deber ser y hacer, una moda impuesta, un camino determinado. No hay centro de difusión discográfica ni industria intentando captar y moldear a sus necesidades a músicos para convertirlos en nuevos productos. Los Síquicos son una irrupción en una ciudad en la que “rara vez sucede algo y si sucede, vamos a proceder a negarlo sistemáticamente”, como señala Ariel Ovando, biógrafo del grupo. Y es curioso porque lo que surge del documental es todo lo contrario. No solamente por la existencia de Los Síquicos, reivindicada y nunca negada, sino de una extensa descendencia que perpetúa su legado desde variantes más ligadas a un sonido rocker como a otros cercanos a la música litoraleña y que responden a nombres como Orchestra Tom Po, Dolce do Poteito, Los Cónicos o Los Saltimbankis. Unos y otros conforman una movida que parece partir de lo superficial –la repetición de la estrategia del disfraz y el enmascaramiento- para profundizar el camino desde lo musical. También están allí los tempranos descubrimientos de algunos medios y periodistas de la Capital (tanto las notas del diario La Nación o de la revista Rolling Stone como su aparición en la selección que Marcelo Iconomidis realizaba para Peter Capusotto y sus videos), y por sobre todo, la forma en que músicos e intelectuales curuzucuateños se refieren al grupo, incluso desde el movimiento más tradicionalmente chamamecero. Curiosa mezcla que Encandilan luces expone en esos testimonios en los que la referencia rockera y litoraleña se confunden: “Ellos son chamameceros aunque no lo sepan” y “CuruzúCuatiá es la Liverpool del chamamé” son dos referencias del chamamecero Aldo Balestra, que establece una hermandad tan liberada de preconceptos como la música de Los Síquicos Litoraleños y completamente alejada de los compartimentos estancos y clasificadores de la industria musical.

De allí que sea imposible etiquetar a Los Síquicos: los intentos por definirlos a lo largo del documental son tantos como definitivamente esquivos en cuanto a su concreción. “Hacen una música maravillosa pero son un misterio” señala Humphrey Inzillo, como un resumen de todos aquellos que intentan sin suerte definirlos (hay quien llega a decir que “ni ellos saben lo que tocan”). En ese sentido, el documental se hace eco de su objeto, escapando de toda forma de etiqueta. Si bien hacia el último tramo parece conceder a un tratamiento más cercano al documental tradicional (especialmente en el capítulo 7 donde se refleja su recorrido por Europa), el resto es un ejercicio tan experimental como el de la música síquica. Explora referencias y relaciones que van del chamamé a la ufología (“La banda que cayó a la tierra son Los Síquicos Litoraleños” señala Ovando), pero manteniendo el aura misteriosa que rodea al grupo. Evita la tentación de entrevistar a los músicos para que su historia sea contada siempre por los otros: los únicos momentos en que los músicos hablan es cuando narran la historia de los instrumentos perdidos o en las imágenes que provienen de ¿viejas? grabaciones en video. Si la idea de lo fantasmal le calza a la perfección a ese mecanismo que combina la irrupción con el desvanecimiento repentino, también esta idea funciona en relación con la intención del documental de evitar, de evadir cualquier noción de linealidad y didactismo.

Si la organización en capítulos funciona para darle cierta posible cohesión, no es porque en cada uno de ellos se explore el desarrollo del grupo a lo largo del tiempo, sino porque pone en juego ideas que vuelven sobre lo fragmentario. Los capítulos, así, no son la parte de u todo cohesivo, sino sucesos que se independizan entre sí y solo se encuentran conectados por el grupo musical. El documental replica hacia adentro de esos capítulos la desestructuración y lo fragmentario. No es casual ni inocente la referencia a una estética ligada al vhs (las letras de los capítulos son especialmente evocativas): no solamente alude a un desfasaje temporal sino que permite una construcción aún más experimental. El montaje acentúa la fragmentación como si su esencia fuera evitar cualquier posibilidad de cierre o conclusión (ni siquiera hay una canción entera registrada en imagen y sonido). La sensación que explora y que deja como marca el documental es que el corte de las escenas funciona como si todo hubiera sido filmado en un vhs en el que se van solapando y superponiendo en capas, las imágenes que destruyen toda ilusión de continuidad. Es desde ese lugar que juguetea entre la aparente precariedad de los medios disponibles y la potencia de lo registrado que Encandilan luces agrega al registro de la disrupción, un espíritu punk que Los Síquicos parecen tener incorporado en su adn. El gran mérito del documental no es tanto poner en pantalla a un grupo musical que no se parece a casi nada de lo que conocemos, sino entender que ese objeto que va a ser documentado, requería de una forma específica para ser narrado. Lograr que esa forma fuera consecuente y coherente con la música de Los Síquicos Litoraleños, que coincida con el espíritu que los alienta desde hace más de quince años, es lo que le permite traspasar la barrera de lo meramente ilustrativo –ese espacio en el que muchos trabajos terminan naufragando- para convertirse en un documental de excepción.

Calificación: 8/10

Encandilan luces – Viaje psicotrópico con Los Síquicos Litoraleños (Argentina, 2018). Dirección: Alejandro Gallo Bermúdez. Guion: Alejandro Gallo Bermúdez y Santiago Van Dam. Fotografía: Hernán Luna. Montaje: Federico Casoni. Duración: 80 minutos.


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