Mi vida con Piazzolla. Yo me crié con un padre concertista para el que la historia de la música terminaba con Mozart y Chopin. Para mi viejo, el siglo XX en materia musical era una basura, y el jazz y todos los nuevos sonidos eran tan solo la demostración del declive definitivo de la humanidad. Sin ir más lejos expresiones como el tango, el folclore y el jazz eran ignoradas en mi hogar. Con el rock, inevitablemente, todo sería mucho peor. Cuando a mis 16 años, desafiando el mandato familiar, empecé a escuchar la Rock&Pop a todo volumen, cuando en mi casa sonaban Pappo’s Blues o Motörhead, estaba sentando las bases de una guerra familiar que duraría años.

Luego de ese primer momento de electricidad y contundencia, en el que martirizaba a mis viejos con Machine Head de Deep Purple o con Zeppelín IV, tocando la escoba guitar frente al espejo de la cocina, empecé a hurgar en otros sonidos. Todavía no existían los celulares, ni Spotfy, ni los pendrives, así que mi educación musical pasaba por la información que escuchaba en la radio. Esperaba las audiciones de Juan Di Natale y del ruso Berea con la misma ansiedad con la que un pecador espera ser perdonado por sus pecados. Entonces ponía mi oído frente a la radio y tomaba nota de las bandas que recomendaban mis maestros: Pixies, Sonic Youth, The Ramones, Sepultura. Después me ahorraba las propinas de las compras, iba al Musimundo de Corrientes y Callao una vez por mes y me compraba casettes de lo que hubiera.

Un día, mientras me estaba yendo con Paranoid de Black Sabbath, encontré en una batea un casette rojo con un dibujo de Piazzolla y Troilo que se llamaba Suite Troileana. Ese fue el final y el inicio de todas las cosas. En ese momento estaba empezando a escuchar rock sinfónico y cosas más sofisticadas que Ramones y Nirvana, así que empecé a flashear con Piazzolla, asociándolo a una música más vinculada al rock que a otra cosa. Después me compré Libertango y un casette que luego descubriría que era la banda de sonido alucinada de Armaguedon, una oscurísima y poco valorada película de Alain Jossua con Delon. Meses después un amigo me presto Reunión cumbre, el extraordinario disco que Piazzolla grabó con el gran saxofonista norteamericano Gerry Mulligan. Al día de hoy, creo que esos discos son mis favoritos de Piazzolla, aunque la verdad es que todavía me cuesta decir qué es lo mejor dentro de su obra, que más que la obra de un ser humano me parece salida de otro planeta, todavía desconocido y por explorar.

Los recuerdos sensoriales de la música de Piazzolla que hoy todavía me siguen son parte del aire, y con el tiempo se transformaron en una experiencia imposible de narrar, cosa que me pasó con pocos artistas (quizás solo con Spinetta, con los Ramones y paremos de contar). Después empecé a crecer y mi papá se empezó a morir, y entonces las peleas se hicieron más tenues, las treguas de nuestros perpetuos enojos comenzaron a ser más largas y un día al fin sucedió la magia. Mi papá se había comprado un equipo de audio con CD y una tarde -como un desafío- puse Libertango, pensando que me iba a decir que eso era una porquería, que no era ni tango ni rock, que educara mi oído de una buena vez, que cómo podía ser que siendo hijo de un concertista pudiera tener tan mal gusto. Pero nada de eso ocurrió. Mi viejo empezó a prestarle imperceptiblemente atención a las melodías que salían del bandoneón de Astor y en un momento -creo recordar, o imaginar, que cuando sonaba Amelitango- mi viejo se emocionó y lloró con su discreto pudor a cuestas. Me preguntó qué era lo que estábamos escuchando, yo le dije, y con la guardia baja reconoció que  había juzgado mal la música de Piazzolla, que no había sabido interpretarlo. Esa fue mi pequeña victoria.

Después de la muerte de mi viejo seguí escuchando a Piazzolla. Estuve deprimido y seguí escuchando a Piazzolla. Seguí estudiando y también escuchando a Piazzolla. Me enamoré y seguí escuchando a Piazzolla. Los domingos seguía a Víctor Hugo en Radio Nacional con su programa Astor Piazzolla, el primer clásico del domingo y cuando nació mi hijo casi le pongo Julián Astor, aunque al final desistí. Ahora, cuando juego a la Play con Julián, pongo de fondo a Piazzolla para que él lo escuche, y ya creo que le gusta.

El tiburón. Astor Piazzolla es el músico argentino más importante del siglo XX. Es un río en el que confluye toda la música hecha en nuestro país y también la que vendrá. Su música se nutre del  tango pero también es música clásica y en ella habita el pulso eléctrico del rock. Es un universo en expansión, un mundo en el que habitan muchos otros mundos, la eternidad y el más allá. Un lugar en el que la soledad, la melancolía, la sensación de infinito y la dicha de vivir se entremezclan. Nadie sale indemne de la escucha de Piazzolla.

El notable documental de Daniel Rosenfeld da cuenta del costado mitológico del personaje, siempre polémico, despreciado en su momento por los tangueros de la vieja escuela que decían que su música no era tango (y probablemente en más de un sentido tenían razón) y tampoco aceptado por los representantes de la música culta que lo tildaban peyorativamente de simple representante de la música popular. La mirada de Rosenfeld trasciende las etiquetas, delinea un Piazzolla que atraviesa cualquier categoría genérica y tiende puentes entre lo que a simple vista pareciera estar separado.Vertebrado sobre unas grabaciones encontradas con su hija Diana, el documental tiene como cualidad principal el humanizar al personaje Piazzolla, evitando la banalidad de endiosarlo. La película muestra a Piazzolla en su humanidad, invitando a  periodistas a agarrarse a trompadas; pero también tiene el mérito de mostrar a Piazzolla en acción, sacudiendo el bandoneón y sacando sonidos brutales que conectan con la pura idea de trascendencia.

Rosenfeld observa a Piazzolla desde la distancia justa, intentando alejarse un poco del monstruo para asomarse a su costado terrenal. Entonces la historia transcurre entre el archivo familiar y sus anécdotas de la pesca de tiburones, su carácter tormentoso, sus posicionamientos ideológicos, y su estilo de interpretación absolutamente fascinante y prodigioso. Lo vemos tocar el bandoneón con la furia con la que Monzón boxeaba, dejando todo en cada grabación. En cada interpretación que captura la cámara, Piazzolla nos anuncia que no hay mañana, que todo empieza y termina en ese instante. Rosenfeld, quien ya había filmado a un músico en su primera película (Dino Zaluzzi, también influenciado por Astor), capta algo del espíritu dionisíaco, de su ritmo vertiginoso, llevando la magia de su obra a través de su biografía íntima de un modo conmovedor, logrando la difícil proeza de estar a la altura del mito representado.

La mayor virtud del documental es que podemos elaborar la relación de Piazzolla con sus afectos gracias al gran trabajo de montaje sobre el material audiovisual que realizó Rosenfeld: el amor de Piazzolla por Nueva York, ciudad a la que intentó conquistar sin suerte a lo largo de toda su vida, el amor por su padre “Nonino”, la relación con su hijo Daniel. Es en esa relación frágil y conmovedora entre un padre y sus hijos donde el documental crece de modo vertiginoso, al permitirse explorar una faceta desconocida de la vida de Piazzolla, desde la fragilidad de su voz humana (y en ese ser padre Piazzolla se muestra tan humano como cualquier anónimo) hasta lo íntimo y musical que tiene esa pasión y ternura que la misma conlleva. En Piazzolla, y eso esta notablemente documentado en el film de Rosenfeld, la técnica no es más importante que la pasión. Es ella la que transforma y hace mejores a los seres humanos.

Piazzolla, los años del tiburón (Argentina, 2018). Guion y dirección: Daniel Rosenfeld. Duración: 90 minutos.


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