Tengo ocho años, todavía no leo nada que no sean historietas de Mickey Mouse y el Pato Donald o cómics de superhéroes de la editorial mexicana Novaro. Mis viejos no escuchan música popular, escuchan música clásica y en mi casa no se ve cine comercial. Ni Karate Kid, ni Rambo, ni Volver al futuro. No entiendo prácticamente nada de lo que sucede en el mundo exterior. Mi vida se reduce a mi familia y pienso -ahora, mientras golpeo sin sentido estas teclas- que así debe ser casi siempre la vida de un niño. Pocas cosas sé a mis ocho años, pero de esas pocas cosas, una de las más importantes es que me llamo Juan Pablo por un actor francés que mi madre ama. El actor en cuestión, obviamente, es Jean-Paul Belmondo, del que también desconozco su inmensa obra, del que no sé prácticamente nada de nada, salvo que me llamo así por él. Eso es casi lo único que sé y que importa a mis ocho años.

Todavía ni siquiera tenemos VHS en casa. Mi vieja me aporta información del personaje. Belmondo y Delon son sus héroes, me dice. En mi cabeza son algo así como mis tíos. Un día me muestra una caja con afiches y artículos de diarios de la década del 60. Ahí está la obra de ambos actores y algunos fragmentos de su vida. “Esta película la vi un día de mucho calor y nos metimos al cine con la abuela y salimos con tanta sed que después nos fuimos a tomar un helado”. La película de la que habla, dirigida por Henri Verneuil, se llama Codicia bajo el sol y la protagoniza Belmondo junto a otro inmortal del cine francés como Lino Ventura.  “Esta película -sigue monologando mi vieja- la vi con tu papá, él quería ver una de Bergman pero a mí me aburría, así que lo lleve a ver Borsalino, con Belmondo y Delon” (un hermoso y lánguido policial dirigido por Jacques Deray, ese noble artesano del cine policial francés que hoy duerme el sueño de los justos a la espera de que algún crítico rescate del olvido sus policiales de orfebrería).

Atónito, yo la escucho a mi vieja sin saber que ese momento supone el inicio de mi educación sentimental. De a poco, ella me va enseñando que los libros y las películas son tan importantes como la vida real. De algún modo la completan, le dan felicidad, ilusión y esperanza a la existencia cotidiana de los anónimos.

A mis ocho años todavía no sé lo que es la Nouvelle Vague ni el cine de autor. Miro el cine con la ingenuidad y la intuición de un chico ávido de tesoros, cosa que Belmondo me dará de a montones tiempo después.

En estos días se trazó una división notable entre ese primer Belmondo y el otro, el olvidable héroe de acción. Esa mirada fragmentada es un error que tranquiliza conciencias bien pensantes pero que no sirve más que para hacer absurdos juicios de valor estético. Pero en esa época inaugural en donde uno empieza a descubrir el mundo, yo vi mezcladas las películas “serias” de Bebel junto a las otras, las películas comerciales. Y fue una fiesta.

La primera de ellas fue El marginal. La película la pasaron en Función Privada y me voló la cabeza. Dirigido nuevamente por Deray, allí Belmondo se pone el traje de héroe de acción a prueba de balas para interpretar a Philippe Jordan, un policía que se enfrenta a muerte con un capo del narcotráfico. Esa película significó para mí el descubrimiento de un mundo nuevo donde el suspenso, las mujeres hermosas, los argumentos (por momentos disparatados) y la melancolía convivían de un modo notable. A partir de ese fogonazo me transformé en un devoto belmondiano. En esos primeros años solo esperaba que Morelli y Berruti proyectaran en su programa alguna película del Belmondo ochentoso. En esa misma época descubrí la icónica El profesional de Georges Lautner (película ostensiblemente subvalorada por la crítica), Arde París, historia coral de la década del 60 ambientada en la Segunda Guerra Mundial y dirigida por René Clément, y Pánico en la ciudad, de Henry Verneuil, en donde Belmondo y  Charles Denner interpretan a dos policías que luchan contra el crimen.

En esos sábados cinéfilos descubrí una de mis películas favoritas de todos los tiempos, El solitario (Deray, 1987), en donde nuestro héroe se hace cargo del hijo de su mejor amigo mientras jura vengar su muerte.

Recién entrada la década del 90 mis viejos se compraron una videocasetera y finalmente pude ver al Belmondo icónico de Godard y la Nouvelle Vague. Sin aliento, Pierrot le Fou y Una mujer es una mujer son películas que muestran a Bebel revolucionando el modo de interpretación; moderno y clásico a la vez, rompiendo la cuarta pared, dialogando con la historia del cine y modelando a su vez los años por venir en relación a lo que se espera de un intérprete. El Belmondo de Sin aliento, caminado de la mano de Jean Seberg, imitando a Bogart y siendo joven para siempre, es una de las pocas veces en las que un actor se transformó en leyenda habiendo hecho tan solo una película. El otro tal vez sea James Dean, que filmó poco porque murió joven. El Belmondo de los 60, en cambio, filmó en esa década por lo menos diez obras maestras absolutas que esta nota no tiene la intención de reseñar.

Siguiendo con la mezcla, también vi al Belmondo que la rompe toda en esas obras maestras de Jean Pierre Melville que son El soplón, León Morín, sacerdote y Un joven honorable y al actor virtuoso para el cine popular que, dirigido por Philippe de Broca en El hombre de Río y Cartouche, dos glorias del divertimento sin culpa, transforma a estas comedias en clásicos atemporales del cine de género, en un lugar de felicidad absoluta.

El actor que supo trabajar con Godard, Chabrol, De Sica, Louis Malle, Bolognini, Sautet, Trufaut y Resnais es el mismo que el que actuó bajo las órdenes de Deray, Oury y Lautner. Con su rostro de clown fusionó como nunca nadie lo hizo antes ni después la idea de cine de vanguardia con la idea de cine popular. En Pierrot le fou juega a la comedia popular, mirando a cámara y cagándose de risa del pasado mientras imita a Michel Simón; lo mismo hace en Sin aliento, donde reescribe junto a Godard la historia del cine policial del siglo XX. O en La sirena del Mississippi, donde interpreta a un hombre sensible que se encuentra al acecho de una psicópata y rompe con la idea de galán que el cine de la década del 60 les imponía a los varones.

Hay una película clave en esta historia de iniciación cinéfila. Es El magnífico (de Broca, 1973). Ahí Jean-Paul interpreta a un escritor de novelas policiales que imagina las aventuras de un personaje que él mismo interpreta. Parodia del cine de espías a la Bond, El magnífico pareciera ser el inicio de lo que la crítica después llamó la etapa comercial de Belmondo. Esa película punk que se ríe del cine de espías desde el amor al cine de espías pareciera ser el modelo sobre el cual Belmondo se inspiró para realizar esa serie de ignoradas obras maestras del cine popular que filmó sin pausa ni freno entre 1975 y 1987 y que a los de nuestra generación marcó a sangre y fuego. Detrás de esas aventuras, a veces lacónicas y a veces inverosímiles, detrás de esas mujeres hermosas que Jean-Paul conquistaba con solo una mirada, se dejaba ver una mueca de melancolía existencial que ningún actor de esa época logró emular. Esa mueca, ese gesto imperceptible, modificaba finalmente el espíritu de las películas que Belmondo realizaba dándole su encanto inigualable. Al héroe de acción que saltaba autos, edificios y trenes gambeteando la ley de la gravedad, Bebel le agregó la dosis de humanidad justa. La combinación perfecta de músculo y corazón que lo hizo irresistible y que lo transformó, tal vez, en un pionero del cine de acción tal cual entendemos a ese género hoy en día.

Cuando me avisaron que Belmondo había muerto pensé en mi mamá. La llamé y le avisé como si se tratara de un familiar. Sentí su tristeza profunda, que también era la mía. En mi caso, Belmondo es la puerta de entrada a la cinefilia en una edad en donde no hay etiquetas clasificables ni patovicas del buen gusto que te dicen qué es buen cine y qué es mal cine. Es lo que él en algún punto hizo desde su primera película hasta sus últimas apariciones públicas: reírse de esas ideas separatistas; perpetuar su espíritu de dibujo animado.

Mientras termino estas líneas veo la última escena de El profesional. Después de mil peripecias, nuestro héroe está por subir a un helicóptero y salvarse de la muerte inminente. Lo separan dos pasos para llegar a su destino cuando un inclemente francotirador abre fuego y lo mata. La cámara de Lautner entonces se aleja mientras suena la hermosa música de Ennio Morricone. La escena es conmovedora e inverosímil, porque a esa altura ya todos sabemos que, por más ráfaga de metralla que lo atraviese, Belmondo es inmortal.


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