
¿Qué es lo que une a la Patagonia argentina con Nueva Zelandia? La respuesta no es la simple pertenencia al hemisferio sur, aunque deriva en parte de ello: es que ambas son el hábitat de distintas variedades de pingüinos. Por esa razón, El señor de los pingüinos (Martínez, 2024) une a la Península de Valdés con Queenstown, la estepa patagónica con los fiordos neozelandeses. Y porque en el centro de esos espacios habitados por pingüinos se encuentra Pablo García Borboroglu.
Pablo García Borboroglu es un estudioso del comportamiento de los pingüinos, focalizado en la variedad de Magallanes –que tiene sus colonias principales en la Patagonia- y que fundó la Global Penguin Society, una sociedad privada de la que el documental no da demasiados detalles, más allá de dedicarse al estudio de los pingüinos. Y por supuesto, que una de sus funciones principales es la difusión de estrategias para proteger a las especies y concientizar sobre ellas y sus hábitos. De allí que la primera parte del documental se concentra en la relación que García Borboroglu y su esposa entablan con el territorio en la reserva establecida en la Estancia San Lorenzo. La pareja es, en esos primeros minutos, parte de un paisaje dominado por los nidos de los pingüinos donde se pueden ver algunas de las crías recién nacidas, y que va intercalando informaciones contextuales para dar cuenta del objeto de estudio. En ese tramo, el problema aparece en algunas situaciones que se plantean de manera algo forzada (el hallazgo de la botella de plástico en el nido) y en la dificultad para profundizar en algunas cuestiones que se mencionan al pasar (por caso, la referencia a las consecuencias del derrame de petróleo producido en 1999 o al estudio de la pareja de pingüinos que siguieron durante diecisiete años). La posible intención didáctica que podía establecerse desde el conocimiento, pierde algo de peso en la tendencia al uso de la voz en off con un énfasis declamativo demasiado estructurado, que incurre en algunos momentos de cierta redundancia con lo que muestran las imágenes.
El pasaje al territorio neocelandés impone un cambio sustancial. El diálogo que establece García Borboroglu con Thomas –responsable del Tawaki Project en ese país- repone una dimensión en la que la observación y el estudio cobran una importancia que en el tramo patagónico parecía darse por hecho. Hasta la perspectiva de aventura que implica ese otro paisaje –por la dificultad en acceder a la zona en la que se mueven los pingüinos Tawaki- implica un cambio de registro. La voz en off se limita a la descripción, casi como si se tratara de un diario de viaje, para luego ceder lugar a las imágenes, para que sean estas las que definan el resto del recorrido. Lo sustancial aparece en que este episodio introduce el conocimiento de una especie de pingüino diferente, cuyos hábitos y entornos son sustancialmente distintos de los que conocemos en Argentina. Es entonces en ese cruce de conocimientos que el documental adquiere otro peso, en especial porque los observadores se constituyen en una presencia mayor en relación con el objeto de observación. Aquí no importa solamente ver la forma en que se mueven los pingüinos –de hecho, se ven muchos menos que en la Patagonia- sino cómo se mueven Pablo y Thomas, cómo se enfrentan a la necesidad de encontrar datos que les sirvan para analizar las costumbres de la especie.
En todo caso, lo que cabe señalar es cierta imprecisión en el objetivo del documental, especialmente en el discurso algo casual con que se articula el tramo que se desarrolla en la Patagonia con el de Nueva Zelandia. Si este último se vuelve el motivo central, quizás hubiera requerido que el primer tramo pusiera menos énfasis en lo descriptivo para intentar construir una relación más estrecha con lo que sigue. Y posiblemente, de esa manera, podría haberse encontrado una lógica que sustente de mejor manera aquello que sugiere el título: poner algo de distancia con el protagonista, salir un poco de la narración en primera persona y así tal vez comprender de manera más contundente por qué razón puede pensarse a Pablo García Borboroglu como “el señor de los pingüinos”.
El señor de los pingüinos (Argentina, 2024). Dirección: Damián Martínez. Duración: 63 minutos.
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