
Hugo Crexell padre le ha contado a su hijo, tal vez con alguna exageración, tal vez con alguna variante como se sugiere en algún momento, una historia. Es septiembre de 1955 y el mismísimo Juan Domingo Perón, Presidente de la República, lo manda a llamar a su despacho para encargarle que lo defienda, que le “limpie” Río Santiago. Es el día del levantamiento de las Fuerzas Armadas contra Perón y el almirante Isaac Rojas controla la Base Naval de Río Santiago en Ensenada, amenazando con bombardear la destilería de YPF. Crexell le cuenta a su hijo –y aquí parece no haber cambios en el relato- que se subió a uno de los Glostar Meteor, aviones de la Marina, para atacar a la Base y la Escuela Naval. Que lo dominaba la extrañeza de atacar el lugar donde se había formado pero que la lealtad a Perón y su gobierno eran más importantes que esos edificios.
En los primeros tramos de Ensenada 55, Hugo Crexell hijo busca la confirmación de la historia. Confía en los recuerdos de su madre y de su hermano. Un llavero de su padre con el escudo del Partido Justicialista y la leyenda “Socio del Club” en el reverso, reafirman la pertenencia. Sin embargo, la ausencia de esa historia como parte del mito fundacional de la autoproclamada Revolución Libertadora (como se ve, la apropiación de terminologías por parte de la derecha vernácula no es algo nuevo) generaba las dudas. Había elementos que la avalaban (Crexell fue, efectivamente, piloto de la Marina, era peronista y después de la caída de Perón fue retirado de la fuerza además de sufrir cárcel y persecución), pero la sola idea de un bombardeo sobre la zona de Ensenada parecía más un relato de ficción que una realidad, en tanto no parecían quedar rastros de lo ocurrido.
En ese momento, Ensenada 55 postula la forma en que lo personal es también político. La historia de la familia Crexell se entronca con el devenir político de la Argentina. Es en el encuentro con el Flaco Ortiz que esa referencia alcanza su potencia. Ortiz es la contraparte de Crexell en el momento en que revela que su padre murió en el bombardeo. Ortiz y Crexell escenifican ese encuentro en el espacio desde donde pueden verse los lugares que fueron bombardeados: los padres de ambos pudieron haber estado en los lugares opuestos en 1955.
Ortiz encarna la memoria de Barrio Campamento. A pesar de ser un niño, los recuerdos le vienen atados de las historias familiares. Hay dos momentos impactantes: cuando recupera a su hermana como relatora del momento en que los rescataron de los restos de la casa y cuando gracias a la foto recuperada del archivo municipal pudo conocer cómo era su casa en ese momento. Además, fue el que logró conservar los únicos rastros físicos persistentes del bombardeo: un fragmento del viejo asfalto salpicado por las esquirlas, el cordón semidestruído de la misma calle. Restos de una memoria escondida e ignorada y que, como se observa en el documental, proviene de los mismos que produjeron el ataque (Rojas fue quien inauguró las obras de las nuevas casas construidas).
Ensenada 55 encara entonces la historia desde dos lugares diferentes. En principio, se deja guiar por Ortiz para explorar los espacios en los que se produjeron los hechos, desde la manzana bombardeada –hoy sostenida como sitio de memoria- hasta la Isla de los Perros y la Escuela Naval. Es una puesta en escena espacial que recupera, unido a la utilización de mapas, el territorio físico donde se desarrolló todo. Crexell observa los lugares desde tierra firme y desde el río: pone en contacto las fotos del pasado con las imágenes del presente y donde puede –como en los cristales del reloj de la plaza de Ensenada- los rastros del enfrentamiento.
Por otro lado, reconstruye la cronología de lo ocurrido en esos días. Para ello, vuelve sobre los relatos orales que provienen de las estructuras familiares y de los sobrevivientes que rememoran el caos, la muerte, la desolación posterior. El mérito no es solo lo reconstructivo: lo que se logra en Ensenada 55 (Crexell, 2024) es plantear la necesidad de recuperar un hecho sepultado y reconfigurarlo desde otra perspectiva. Así, lo que las fotos y los relatos recuperan como resistencia ante la sublevación, transforma el relato oficial del golpe de estado contra Perón. La idea de la invasión del territorio –del espacio que va de la Escuela Naval al Barrio Campamento- de los tiroteos y luchas que se produjeron, señalan que allí donde se planteó oficialmente la existencia de un golpe incruento, hubo algo fraguado: porque hubo una batalla, un episodio de guerra civil en estado potencial. Sin hacerlo explícito, el documental plantea un escenario diferente en el que la sublevación no es una caída en cadena de las piezas de un dominó, sino un rompecabezas que la película intenta rearmar. Ya no se trata solo del avance sobre Buenos Aires aparentemente indetenible, sino una lucha librada en un territorio específico y que solo se detuvo con la decisión de Perón de evitar mayores derramamientos de sangre. La recuperación de una serie de archivos fotográficos restaura en parte esa escena: una foto de un periódico donde se observa la destrucción de las casas, otras con milicias apostadas en la plaza o en las vías del ferrocarril que conducía a Río Santiago son el testimonio de esa batalla olvidada. Esos pocos elementos sobrevivientes en archivos personales son el complemento de lo que la oralidad va desarrollando. Unos y otros reconstruyen la escena de esa batalla, pero sobre todo recuperan la memoria popular como último refugio de esas historias que los libros han ocultado.
Ensenada 55 (Argentina, 2024). Guion y dirección: Hugo Crexell. Fotografía: Martín Turnes Edición: Emiliano Serra. Duración: 100 minutos.
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