El punto de partida en el que se instala Mi mejor escena (Arbós, 2025) puede pensarse como un ejercicio interesante. Se convoca a un grupo de directores de cine argentino para que elijan una escena de su filmografía, para hablar y reflexionar a partir de ella, sobre su cine. La premisa implica tratar de condensar, sino la obra, una cierta tendencia respecto de ese núcleo que pueda revelar las singularidades y preocupaciones de un director.

No se sabe si por elección personal o por disponibilidad en los tiempos de filmación, la mayor parte de los invitados a recuperar esa escena, pertenecen a lo que podría considerarse “cine industrial”. Con la posible excepción de Albertina Carri y Carmen Guarini -no casualmente las únicas que eligieron escenas de trabajos que oscilan en la frontera entre el documental y la ficción- el resto pertenece a generaciones de cineastas surgidos a partir de la década del 90 y que trabajaron en formatos ficcionales con presupuestos medianos o grandes y con apoyo del Instituto de Cine. Esa elección define un perfil que los entrevistados se encargan de recalcar: una focalización en los procedimientos de filmación, en las formas de la planificación de cada escena elegida. En la mayor parte de los casos, lo que asoma es la recuperación de la memoria de cómo se filmó o se planificó: del recuerdo de Juan José Campanella de la escritura de la escena de la votación en Luna de Avellaneda, a la forma en que Marcelo Piñeyro ensaya con sus actores, pasando por las dificultades para encontrar la locación exacta para la secuencia que Alberto Lecchi elige de Perdido por perdido. Hay en esos casos, una centralidad casi mitologizada del plano secuencia como forma de filmar, que sin embargo no encuentra justificación en su uso, salvo en el caso de Lorena Muñoz. Y es que, a diferencia de los otros casos, en Gilda y en la escena elegida, aparece una elección metodológica que se expone de acuerdo a las necesidades que plantea la situación que se narra.

La diferencia parece radicar en que, para unos, la lógica aparece marcada por el guión -y aún más, por la discursividad de personajes en oposición como en Campanella, Piñeyro y Stagnaro- y en otros por la forma en que la imagen construye esos universos en los que incluso la palabra aparece como un elemento limitado (en Muñoz, pero también en Miguel Cohan y Demián Rugna). La consecuencia es que en los primeros no hay reflexión sino relato, mientras los segundos confían en la capacidad reflexiva de las imágenes que construyen. La diferencia, marcada por Carri y Guarini es que ambas ponen en palabras esa reflexión ausente: problematizan sus escenas, las ubican en el contexto de su producción, pero pensándolas como emergencia de un cuestionamiento sobre la estabilidad de las imágenes ficcionales y documentales.

El problema que la película expone sin animarse a resolver es la ausencia de un diálogo entre esos planteos. La compartimentación de las entrevistas -una decisión que tiene cierta lógica en el formato elegido- no se resuelve en un proceso de edición que permita encontrar en las diferentes intervenciones, las puntas que establecieran relaciones y oposiciones. Ese trabajo implicaría no solo la mirada de los directores entrevistados, sino una intervención de Arbós sobre el material filmado, que potenciara sus alcances. Al renunciar a ella -o al limitarla a su aparición final, reivindicatoria del cine argentino como producción cultural- limita los posibles resultados a lo que logre explayarse en mayor o menor medida cada entrevistado -la ausencia de preguntas similares que sirvan de guía en la entrevista ayuda para ello.

Entonces, Mi mejor escena, diluye sus potencialidades en una serie de elecciones que terminan por perjudicarla. El subtexto de las dificultades de producción puede ser interesante, pero su repetición mecánica lo vuelve previsible y sin una resolución que englobe su significación en el resultado final. En todo caso, es una impericia menor. Lo que más afecta a la película es su construcción a partir de un formato de entrevista del que no se despega en su rigidez (presentación del invitado/visión de la escena elegida/comentarios sobre la misma). Es allí donde la pretensión de hacer una película queda dinamitada por un formato claramente televisivo, sobre el cual ni siquiera se logra afirmar para cuestionarla, para lograr ponerla en entredicho desde el cine.

Mi mejor escena (Argentina, 2025). Dirección: Gabriel Arbós. Duración: 110 minutos.

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