Dos confesiones de parte: 1) Tenía ciertos prejuicios -nada exagerado- antes de ver El secreto de Maró; 2) Como consecuencia de ello, no pensaba escribir un texto sobre la película. La pregunta ahora es qué cambió para que hoy esté sentado intentando poner las ideas en el papel virtual y para que en un futuro -que para ustedes será el presente- estén leyendo estas líneas.

No sé si ha cambiado demasiado de mis prejuicios. Unos cuantos de ellos se confirmaron, especialmente los defectos y carencias que provienen de una narrativa que se sitúa en lo cotidiano y lo barrial que la televisión -sobre todo en las producciones de Pol-ka- ha explotado hasta su agotamiento.

Lo que alimentaba esas dudas eran una serie de datos que resumo en esta serie de elementos:

Historia centrada en un club barrial. Protagonismo de mujer mayor, cocinera del restaurant, sobreviviente de una tragedia histórica. Recetas particulares, con componentes “secretos” relacionados con el origen armenio de cocinera y club. Intento del club de cerrar el restaurant. Resistencia de las mujeres de la cocina ante una comisión directiva dominada por hombres.

En esa enunciación se puede atisbar un hilo que derivará en un enfrentamiento en el que la carencia absoluta de matices llevará a los “buenos” a triunfar sobre los “malos”.

Y, sin embargo, ahí puede encontrarse el mérito que redime, en parte, a El secreto de Maró. Cuando se teme que una situación y otra y la que le sigue, terminen desbarrancando hacia lo más temible -el lugar común que arruina indefectiblemente cualquier narración-, es como si los personajes se detuvieran en el momento justo en que se asoman a ese abismo y decidieran pasar a otra cosa. El riesgo que asume la película de llevar la historia y sus personajes hasta ese extremo se compensa con ese freno delicado, al borde de lo imperceptible, que los lleva a no caer.

Pienso en la relación entre Maró (Norma Aleandro) y el nuevo portero Tabaré (César Bordón), resuelta en una escena que la saca de la repetición en la que la distancia entre ambos parece crecer -aunque implique a la vez, quitarla del relato, cuando daba la sensación de que había algo más para escarbar en ello. Pienso en la escena del reencuentro con Bedros (Héctor Bidonde) cuando éste es invitado a contar su historia a los jóvenes en el club, y en cómo alcanza con las miradas entre ambos, el roce de las manos, para evitar un innecesario edulcoramiento. O en la relación que establece con Luisa (Lidia Catalano), su compañera de cocina, que parece centrarse en la disputa por las preparaciones y que se resuelve en un acompañamiento que excede lo laboral. O la manera en que elude el reencuentro que en el final llevaría la historia hacia un territorio lacrimógeno.

El otro mérito de la película es haber resuelto los enfrentamientos hacia el interior del club desde los matices. Narrar a los personajes no desde los extremos, sino desde detalles que los despegan de la clasificación fácil. Los “buenos” -Maró, Luisa, Rita- se enojan, pelean entre ellos, discuten a veces por nimiedades, lucen cansados y, en algún momento, se ven obligados a resignar parte de su lucha. Los “malos” -en especial el presidente del club (Manuel Callau)- son temerosos en el fondo, tironeados entre la realidad de los números y las raíces del pasado, respetan a las cocineras y disfrutan de la cocina. Unos y otros entran en una lucha en la que avanzan y retroceden, en la que cada parte tendrá que ceder algo, porque en definitiva ninguno quiere el conflicto. No hay soluciones fáciles ni triunfalismo excesivo de los débiles y, quizás en ese detalle mínimo, se pueda intuir que la película se acerca un poco más a la realidad que unas cuantas otras con mayores pretensiones -y resultados similares.

La introducción de la historia del pueblo armenio y del genocidio al que fue sometido por el Imperio Otomano a comienzos del siglo pasado funciona no solamente como una referencia a esas raíces que Maró sostiene desde la comida -en tanto es una derivación histórica-, sino como una evolución que le permite recordar la tierra que tuvo que dejar atrás, tanto como a su madre, con quien aprendió a cocinar cuando escaparon a Marsella. En Maró encarna la idea de la gente mayor que tiene una historia para contar, algo que transmitir a las generaciones que siguen. Un reservorio de la memoria individual que construye una memoria colectiva desde los fragmentos. Y, a la vez, lo interesante es que la película no se regodea en la recuperación detallada de esos sufrimientos pasados. Lo retoma en el relato de Bedros, escondiéndose de los turcos en un ataúd, y en el de Maró, cuando recuerda el momento en que los soldados turcos los abandonaron en el desierto a su suerte. Elige, en todo caso, un discurso más discreto, construido en base a los dibujos que Maró viene haciendo para no olvidar, para que las imágenes reflejen aquello que solo sus ojos pudieron ver, como sobreviviente. Dibujar para no olvidar, contar la historia para que no se olvide: una apuesta por la preservación de la historia ante el presente que intenta avasallarla -las reacciones de Maró en la asamblea cuando quieren cerrar el restaurant, ante la pc instalada para que los chicos jueguen a la guerra, son pura coherencia con esa línea- y que encuentra un punto de apoyo no solamente en el censo encarado por la embajada -que aúna el concepto de memoria con el de verdad-, sino en el traslado simbólico de esa memoria. Cuando Maró se va en el final, deja en sus amigas, los símbolos de su historia -la tierra de Armenia, las semillas de eneldo- y en Bedros, parte de su propia historia compartida.

El secreto de Maró no pasa de cierta medianía, pero no puede dejar de agradecerse que, incluso dentro de ella, asuma los riesgos enunciados, anunciando su disposición a trabajar sobre algo diferente a lo habitual. Y, sobre todo, la deferencia de un detalle que dejo para el final. Hacer de Maró un personaje que no puede llorar, porque lo prometió a su madre hace décadas, ya es una rareza. Que rompa esa decisión para un llanto que es de emoción y no de tristeza, no puede dejar de generarme un poco más de empatía, por un personaje con el que, con las distancias de tiempos y espacios, mi historia personal tiene algo que compartir.

Calificación: 5/10

El secreto de Maró (Argentina, 2021). Guion y dirección: Alejandro Magnone. Fotografía y cámara: Sebastián Aramayo. Montaje: Ana Izetti. Elenco: Norma Aleandro, Lidia Catalano, Analía Malvido, Manuel Callau, César Bordón, Florencia Raggi, Héctor Bidonde. Duración: 86 minutos.


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