
Todo es cuestión de tiempo. Un partido de fútbol dura 90 minutos; eventualmente puede estirarse en algunas circunstancias hasta los 120. Pero la primera pregunta que se plantea en El partido es, más precisamente, cuándo empieza y cuándo termina. El caso es que aquí no se trata de un partido común y corriente, sino de un enfrentamiento entre “dos naciones unidas por el fútbol y separadas por las banderas”, como dice alguien en el documental, con pretensión conciliatoria.
Un hincha podría desmentir esa afirmación inicial tajante. Un partido siempre se juega desde antes, desde la semana o los días previos, con una mezcla de expectativa y ansiedad. Y termina mucho después, porque se prolonga en las discusiones amistosas –o no tanto- que hoy amplifican y sobredimensionan los canales deportivos del cable. Hay partidos que, sí, claro, duran apenas los 90 minutos en que se consume el juego, porque no dejan más que eso –en especial esos cero a cero de partidos que no inciden en ningún campeonato y que se olvidan apenas el árbitro pitó el final. Y hay partidos que duran toda una vida, porque siguen proyectándose, generando ecos que no acaban por resignarse a perderse en el aire.
Lo que se postula desde El partido es que ese Argentina-Inglaterra de junio de 1986 en el Mundial de México, se venía jugando desde el principio de los tiempos, al menos de nuestra nacionalidad. Y aunque no lo diga de manera estricta, como si el azar del mundo se hubiera conjurado para que allí se expusiera una disputa histórica en un espacio simbólico, en el que por una vez se podía eludir la violencia para resolver el conflicto. Por eso retrocede 221 años en el tiempo, para hablar –irónicamente- de “la mano de Byron” –en referencia al inglés que desembarcó en Malvinas- y sentar así un procedimiento que desde un lado puede verse como picardía y del otro como un robo. Por eso se pone en juego a las invasiones inglesas y el ingenio de los débiles para equilibrar el poderío del enemigo. Imposible no entender ese partido del Mundial de Inglaterra de 1966 como un reflejo de aquella otra gesta, en el que el favoritismo local fue empardado por el despliegue físico de los argentinos, hasta ese momento crucial en el que asoma la injusticia.
La expulsión de Rattín en ese partido es otro de esos hechos que producen que el tiempo se elastice. Ese partido tampoco empezó y terminó ese día. Había empezado antes, con las sospechas de direccionamiento en la elección de un árbitro –y, ¿no es curioso que nos acordemos del nombre de ese alemán y no del tunecino que dirigió en 1986?- y se prolongó indefinidamente con la expulsión –ese hecho que, como se explicita en el documental, consumió excesivos ocho minutos por el desentendimiento idiomático de las partes- y por la reacción del jugador al irse de la cancha –que inauguró el mote de “animals” con que se estigmatizó a la selección durante años- y que una cámara captó en detalle –ese fue el primer Mundial transmitido por televisión-.

El partido en sí, postula el documental, es una condensación de una historia, un destilado de hechos que llevó a ese momento y que excedía las carambolas que puede provocar el sorteo de un Mundial –de hecho, hubo otros enfrentamientos entre ambos países en Mundiales posteriores, pero no pasaron a la historia de la misma manera-: si Inglaterra no hubiera decepcionado en sus dos primeros partidos, el cruce no se hubiera producido y no estaríamos en presencia de este documental. En ese recorrido se enlazan elementos que en principio parecen no tener relación entre sí. Malvinas y sus vaivenes, el Mundial de 1966, el amistoso en Londres en 1980 –y esa apilada de Maradona que terminó con el remate al lado del palo-, el show de Queen en Argentina, la guerra, el Mundial de España de 1982, la agónica clasificación de Argentina para el Mundial de 1986 y el fracaso de los inicios de Robson en Inglaterra. La confluencia de esos factores se une a otros que le dan el aura mítica al partido. La historia de las camisetas para ese partido –que ya se había explorado en la serie dedicada a ese mundial, aunque aquí se agrega la obsesión de Bilardo con el peso de esa indumentaria- y la de la forma en que Bilardo convence a Olarticoechea de volver a la Selección –en un peaje de una autopista, explicando el juego con dibujos en la pared de una casa- son los aditamentos para que no todo se detenga en la seriedad de una correlación de datos duros.
Un partido, entonces, puede empezar a jugarse en cualquier momento. En una guerra impensada, cuatro años antes. En el momento en que empiezan a nacer los jugadores que participaron, 37 años antes, con Peter Shilton, el mayor de todos los participantes. Pero el partido en sí, empieza cuando la pelota se pone en movimiento y todo lo que fue previa confluye en 90 minutos. El relato que elige el documental se concentra más en el segundo tiempo, que es donde todo se resuelve. Porque al primer tiempo lo despacha en la mención de cinco elementos, que van del saludo inicial de Shilton y Maradona a la amarilla condicionante a Fenwick y que no omiten el calor del mediodía y la altura del DF.

En cambio, el segundo tiempo es otra cosa. Es una explosión de sucesos determinantes en los que hay que detenerse, por decisivos, por marcarse como momentos de inflexión y tensión. Entre La Mano de Dios y la Nuca de Dios –esa salvada todavía increíble de Olarticoechea-, hay poco más de 30 minutos. Allí sucede todo. Y cada uno de esos sucesos definitorios, son a su vez, segundos, fracciones de segundos. El tiempo de esa segunda etapa se contrae, el de los sucesos se estira. La repetición adquiere un carácter diferente a la insistencia: se trata de ver mejor, de explicarse cómo pasó lo que pasó –el primer gol seguirá en la búsqueda de las fotos que permitan establecer si fue o no con la mano; el que salva Olarticoechea necesita de una explicación sobre cómo hizo para hacer lo que hizo- Esos minutos también contienen el milagro (“Nadie imaginaba lo que estaba por suceder”, dice Gary Lineker), ese momento, esos segundos en los que la corrida de Maradona termina en el segundo gol que sigue emocionando, porque además de milagroso, es un acto de belleza pura, casi insuperable.
Vuelvo al principio. El partido demuestra que todo es cuestión de tiempo, pero que éste es lo suficientemente elástico como para permitir una mirada que abarque siglos o que se atenga a la condensación en minutos o segundos. Y que hasta que eso que se cree que ha terminado, 40 años después se continúe, en el relato del documental que actualiza, pone en presente durante una hora y media. O en el reencuentro de los protagonistas, volviendo a jugar unos contra otros, con la misma pasión, pero alrededor de un metegol. Como si el tiempo, esa medida de todas las cosas, no hubiera pasado.
El partido (Argentina-Inglaterra, 2026). Dirección y guión: Juan Cabral y Santiago Franco. Fotografía: Pablo Gallego. Edición: Mauro Caporossi. Duración: 91 minutos.
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