
La pregunta es –fue- cómo salir. La pandemia obligó al encierro, a la necesidad de refugiarse en el espacio del hogar, evitando lo más posible el contacto cercano con el otro. Las consecuencias de esos dos largos años que fluctuaron entre el encierro total –y sus consabidas violaciones individuales- y la formación de burbujas de contacto, todavía no pueden dimensionarse aunque se lo haya intentado limitar al número de muertos registrados. En Dinamogramas la pandemia es un elemento subyacente y de presencia continua y determinante. No solo porque en las imágenes vuelven a aparecer como fantasmas de otros tiempos los barbijos, sino porque lo que vemos a partir de César Fioravanti son formas de responder a esa pregunta formulada al inicio.
Fioravanti sale sin salir, en principio porque a los 87 años seguía sumergido en su rutina de trabajo artístico. El taller del fondo de su casa no es solo espacio creativo, sino una respuesta a la imposibilidad: crearse adentro su propio afuera. Ese lugar que, al decir de su amigo Mauricio Schwarzman es “una isla idílica donde nos sentimos los reyes”. En esa isla, el afuera entra solo simbólicamente –el barbijo que usa su asistente, las visitas de su hijo- y no interrumpe un adentro que reformula desde la posibilidad al afuera. Vemos a Fioravanti a lo largo del documental, pintando las flores de una obra que se llamará “Se viene la primavera” –título que parece aludir a la salida futura de ese encierro-, en su lugar que es ese taller/isla y que no es solo simple instalación, sino como espacio de trabajo continuo.

En algún punto del relato, también, efectivamente, sale. De hecho, en la primera escena de la película, lo vemos llegar caminando a la casa de la artista Elsa Mareque. La salida física es el punto de partida para otra, la que decidió que no fuera en soledad –que, como dice, siempre le haya gustado exponer con otros artistas no implica que en ese contexto la búsqueda asuma otra fuerza-. Tras esa visita repetirá el esquema con Schwarzman y con Leo Vinci –ese otro notable artista, con su “isla” más sofisticada y que mereciera su propio documental, Vinci, cuerpo a cuerpo (Franca Gonzalez, 2024). Todos se sumarán a la exposición lo que implica como posibilidad de salida a ese exterior: exponer en el foyer del Teatro de Lomas de Zamora, con su espacio amplio y luminoso, implica una salida colectiva –de los artistas y del público presente en la inauguración- como respuesta al encierro individual.

La marca que explora el documental es la de tiempos que se vuelven complejos y se organizan como repliegues. Los tiempos de dictaduras aparecen entonces como signo de cambios obligados. Una de ellas lo expulsó de sus clases y de su puesto en Festejos y Ceremoniales. Destruyeron sus obras que solo persisten en las imágenes de noticieros de época. De esa dictadura y de las posteriores salió haciendo arte desde su lugar: diseñando túnicas para mujeres o creando obras que aludieran a la violencia y la muerte de manera explícita o metafórica.

Y es que finalmente en Dinamogramas, más que la vida de César Fioravanti –que aparece resumida en algunos apuntes y trazos: el padre diseñador del Monumento a la Bandera; la rebeldía permanente de la esposa; la relación con Julio Le Parc; el premio en el Salón de Grabado de 1960-, el centro es la obra. La que va construyendo desde las imágenes que registra Schellemberg. La que fue desarrollando a lo largo de los años. Especialmente la obra como concepto. Eso que podría resumirse cuando Fioravanti dice que “tengo el espíritu geométrico pero la filosofía figurativa”. Si la geometría aparece una y otra vez en su obra (“La geometría es la base de todo”) y en su gestualidad (la cámara se detiene en el uso que hace del compás para resaltarlo, por ejemplo), lo hace sin desdeñar la posibilidad de representación de la realidad circundante. Tal vez lo que más resalta es que esa constitución desde lo geométrico no se resigna a lo fijado. Se trata de romper con la idea de inmovilidad que podría traer la figura, a partir de abrirla a la intervención del público, lo que implica, nuevamente, una resolución colectiva a una perspectiva individual. Tal vez porque ese carácter lúdico que asume la obra es el mismo que lo lleva a entusiasmarse cuando lo invitan a “jugar” haciendo murales. El arte como un juego. El juego como movimiento. Y de allí se entiende lo que señala Schwarzmann respecto de su amigo. Que su mensaje no es otro que “sean jóvenes”. Esa juventud que Fioravanti sigue poniendo en su vida y en su obra, más allá de los años que lleva en el cuerpo.
Dinamogramas (Argentina, 2025). Dirección y guión: Andrea Schellemberg. Fotoghrafía: Diego Gachassin. Edición: Fernando Vega. Duración: 61 minutos.
Si te gustó esta nota podés invitarnos un cafecito por acá: