
En el principio, tal vez haya estado esa frase ya famosa de Susana Giménez –que el documental retoma fugazmente en un momento-, sirviendo como inspiración para el título. Pero también hay que notar que la elección instala un tono lúdico que conecta con todo el relato. Porque a fin de cuentas, no se trata de un documental científico que se dedica a explicar a una especie desaparecida hace 65 millones de años, sino de otra cosa. La voz de Dardo Ferrari –inconfundible para quienes transitamos las décadas del 80 y el 90 entre videos- instala la narrativa en un territorio diferente, desde el momento en que se detiene en señalar la profusión de revistas de divulgación más o menos científicas en los últimos años del siglo pasado. Un primer viaje al pasado entonces, que instala la convivencia de un modelo editorial –representado especialmente en la revista Muy Interesante, pero en la que también abrevaban entre otras, Conozca Más- que se dividía entre el conocimiento científico y la necesidad de impacto para atraer a potenciales lectores.
Por esa razón es que la película elige plantear la cuestión de los supuestos “monstruos” vistos en lagos, desde fragmentos de esos vhs que pululaban por kioscos de revistas y desde la disección de ese mundo editorial desde la perspectiva de Alejandro Agostinelli, periodista que participó de varias de esas publicaciones. Porque más que interesarse por los monstruos que viven en las aguas, intenta desentrañar la trama en la que los medios de comunicación potenciaron la construcción de esa mitología. Y como en ello iba también la supervivencia económica de esos medios, se trataba de empujar los límites siempre un poco más allá. El tono misterioso, de posible revelación marcaba tanto a los videos como a las revistas: la atracción entonces, no se generaba desde la verdad científica, sino desde una narrativa. Cuando Agostinelli cuenta la anécdota del editor que le insistía para que mintiera en sus textos, pone blanco sobre negro que la función de las publicaciones era convertirse en un divertimento, antes que en un ejemplo de periodismo científico.
Es cierto que el planteo de la película va señalando en cada instancia de su relato el peso que tuvieron los medios en la difusión de las historias. De los periodistas que acompañaron la expedición de Clemente Onelli a la Patagonia en 1922 al resurgimiento de la historia del Nahuelito a partir de la revista Siete Días en la década del setenta, pasando por la literatura popular, es a partir de ellos que se inscribe no solo la posibilidad del descubrimiento -y la consecuente generación de expectativas-, sino también la dimensión que irá adquiriendo el mito. Las narraciones populares, en todo caso, harán lo suyo: más que repetirlas, las adosarán con las experiencias propias de la supuesta visión del monstruo -ver que esa modalidad se repite en todo lo misterioso, llegando a su éxtasis con los Ovnis-.

Pero en Plesiosaurios vivos interesa menos la descripción del mito y su posible condición de verdad -revelada en la coda final cuando distintos entrevistados responden si creen o no en la existencia del plesiosaurio- que la posibilidad de moverse entre los distintos elementos que lo conforman, para encontrar eso que permita pensarlos desde otro lugar. De allí que resalten coincidencias entre el Loch Ness y el Nahuel Huapi, cuando a consecuencia del eventual hallazgo, se logra proteger la zona y convertirlas en Parques Nacionales. O cuando, en el tiempo, han servido para el desarrollo del turismo en la zona, cuando no de una estructura comercial que orbita alrededor del supuesto monstruo.
Lo que aquí interesa es, en todo caso, la manera en que el mito se transfiere a la cultura popular, pasando de lo coyuntural a la construcción de una obra que eventualmente perdure más allá del hecho. La manera en que queda inoculado en el tejido social, como una pertenencia que atraviesa los espacios y los tiempos. Y que va de la composición de tangos en la década del 20 dedicados al plesiosaurio -rescatados en el presente por Denise Sciamarella- a las referencias al Loch Ness que hace el grupo de pop español Los Summers. ¿Cuál es la fuerza que adquiere esa historia para atravesar fronteras -de hecho también se supone que se vieron monstruos similares en Japón-, décadas, culturas y mantenerse instalada -al punto en que de hecho, el documental es en sí mismo una continuidad de esa narrativa?

Es interesante que el documental recurra en un momento a la ciencia para desarticular de manera contundente la posible existencia de un plesiosaurio en un lago. Las pruebas son de una contundencia que deberían alejar cualquier duda. Sin embargo -y he ahí el otro mérito de esa decisión lúdica que toma el documental-, no lo hace para anular el testimonio, sino para afirmarlo en el territorio de la creencia, de la necesidad de que lo imposible se vuelva real. Porque a fin de cuentas, lo que hay es solo alguna que otra foto borrosa repetida a lo largo de los años y algunos relatos dispersos sin más prueba que su puesta en escena pública. Para algunos alcanza. Para otros alcanzó para que la historia se volviera obsesión atractiva desde la infancia -un rasgo que se repite con variantes en los entrevistados-, territorio en el que la imaginación intenta fundirse con la realidad (¿acaso convertirse en paleontóloga después de haber visto Jurassic Park no es una búsqueda similar a la de quienes se obsesionaron con encontrar al plesiosaurio desde su niñez?). Plesiosaurios vivos es, en todo caso, un intento de reencontrar esas miradas crédulas e inocentes de la infancia -puestas en escena mediante el artificio del plesiosaurio de juguete- con una realidad que necesita de la creencia, aunque en el camino insista en engañar a la mirada, como en ese plesiosaurio falso que descansa en el fondo del lago.
Plesiosaurios vivos (Argentina, 2025). Dirección, guión y fotografía: Magrio González e Iris Serrano. Edición: Gabriel Chwojnik. Duración: 95 minutos.
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