Para hablar de Christopher Guest no queda otra que empezar por This is Spinal Tap, esa maravilla de 1984 que Rob Reiner dirigió antes de hacer otras dos maravillas (Stand by Me, 1986 y When Harry Meet Sally, 1989) y que cuenta con la participación de Guest no solo en uno de los papeles protagónicos sino también en la escritura del guion. El dato no es menor, porque además de ser una comedia sobre una banda de Heavy Rock en decadencia, This Spinal Tap pertenece a esa convención genérica y marginal conocida como falso documental (mockumentary para los americanos), que es precisamente el terreno formal que Guest va a utilizar doce años después y durante una década para construir sus mejores películas. Waiting for Guffman (1996), Very Important Perros (2000), A Mighty Wind (2003) y For your Consideration (2006), son las cuatro muestras notables de ese trabajo.

En todas ellas, Guest retrata un mundo pequeño, pero jamás lo hace desde la distancia o la superioridad intelectual, sino que se mete de lleno en él. Más que retratar un espacio, en esas cuatro películas Guest se adueña de un ámbito, toma cada detalle, cada elemento, cada convención o simbolismo que allí aparezca y lo hace suyo. La intención no es nunca el homenaje o el agradecimiento; por el contrario, Guest se ríe de estos munditos al tiempo que forma parte de ellos. Dirige pero también actúa en cada una de estas películas. Como Jerry Lewis, como Woody Allen, como Ben Stiller, Guest es creador y protagonista central de su propia obra.

Son películas que parten siempre de una anécdota mínima, de una historia simple y básica para luego derivar hacia el absurdo y la extravagancia pero sin caer nunca en la explosión de la comedia delirante. Se trata más bien de un absurdo costumbrista, de un desborde localizado y contenido. En ese sentido, todos sus personajes comparten una característica: son incapaces de ver más allá de lo que los rodea, son incapaces de ver por sí solos. Sus vidas se reducen a una pequeña porción de cosas elementales y a una serie de comportamientos que Guest acompaña siempre con la seriedad propia del que cree en lo que filma, sin burla y sin conmiseración, sin llevarlos nunca de manera forzada al ridículo. Hay una crítica y hay una mirada sobre el mundo, pero también una suerte de empatía indispensable para que la cosa funcione.

A Mighty Wind tal vez sea el mejor ejemplo de esta idea. La película se centra en el homenaje que Jonathan Steinbloom (Bob Balaban) le hace a su padre Irving -recientemente fallecido- organizando un concierto de música folk con tres de los conjuntos más importantes del género que éste promovió y produjo allá por la década del ‘60. Ya desde el comienzo, con el título de la película imprimiéndose sobre un fondo de edificios imponentes en la ciudad de Nueva York que contrasta con esa idea del viaje constante por lugares abiertos y alejados de toda urbanidad que hace a la esencia de la música folk, y con los preparativos de los músicos para un evento que la mayoría de ellos ven como una nueva oportunidad para lanzarse a recuperar ese espacio del que alguna vez fueron dueños absolutos, o por lo menos creyeron serlo, Guest señala la dirección equívoca del camino elegido y aprovecha para evidenciar otro tema fundamental en su cine, que es ese autoconvencimiento que tienen sus personajes acerca de su talento innato o recién descubierto; esa idea de creer que la magia y el encanto permanecen intocables cuando en realidad el mundo ha avanzado por cualquier otra parte menos por donde ellos creen; ocurre en This Spinal Tap con la cancelación de los shows y en Waiting for Guffman cuando el sueño de llegar a Broadway se desmorona; ocurre en A Mighty Wind cuando se deja en claro que la música folk no es más que algunos buenos recuerdos para unos pocos; bah, para los que organizan el show y para los músicos. Nada más. Sin embargo, los personajes de Guest ponen todo lo que tienen en cada emprendimiento –he ahí su sinceridad y la empatía que generan-; sus acciones giran pura y exclusivamente en torno a ese acontecimiento puntual. En Very Important Perros, los dueños de las mascotas en cuestión esperan año tras año el concurso que se realiza en la ciudad de Filadelfia como un evento crucial en sus vidas; preparan a sus animales y se preparan ellos. En Waiting for Guffman, el armado de la obra teatral es vista por sus responsables y por la gente del pueblo de Blaine como un momento histórico, ya que el motivo de la celebración tiene que ver con el aniversario 150 de la ciudad. En A Mighty Wind, los músicos ensayan y tratan de ponerse de acuerdo con la elección de las canciones. Uno de los grupos -The Folksmen- interpretan el hit Never Did no Wanderin’ (nunca vagabundeé), contradiciendo desde el título y la letra, como en la escena inicial de la película, ese otro aspecto fundante del género que es el de no pertenecer a ningún lugar, el de vagar continuamente sin jamás establecerse. En esa escena, Guest hace que el absurdo conviva con una visión del mundo sin necesidad de tener que subrayar nada. El gag dura lo que dura la canción y funciona por la seriedad y el convencimiento de los músicos al ejecutarla. En Guest, la comedia se sostiene gracias a la fe de quienes la interpretan aun sin saberlo.

Distinto es lo que pasa con Steinbloom, encargado de los detalles y de poner todo a punto en el escenario donde se va a realizar el concierto. Lo cómico aparece allí cuando se deja en evidencia el absoluto desconocimiento que el personaje tiene acerca de lo que significa la organización y el armado de este tipo de shows. El escenario en las películas de Guest adquiere un lugar central; es el disparador de la acción, el que lleva a sus personajes a mostrar ese supuesto talento que juran tener. Es el espacio que le permite a Guest poner en evidencia, con mínimos pero brillantes detalles, ese comportamiento algo patético, algo ridículo y a la vez encantador de sus criaturas: el bajo doble que utiliza el bajista de Spinal Tap, las siete guitarras de los New Main Street Singers para que todo suene bien “crujiente”, o la imposible versión teatral de la película Llamarada que no puede terminar sino con el teatro en llamas, son ejemplos de esa lógica.

Hay una convivencia heterogénea en el cine de Guest que funciona tanto al interior de las películas como por fuera de ellas. Por un lado, esa mezcla entre patetismo, ridiculez y encanto que le concede a sus personajes es la que evita que sus historias caigan en la liviandad del chiste previsible o el golpe bajo. Guest hace la comedia mientras la filma, no antes. Y si bien es conocido el trabajo minucioso con el montaje, al cual dedica entre seis meses y un año para cada película, igual de cierto, paradójico y fundamental es lo que hace con la improvisación; la fórmula es la de la máquina y el desajuste: los actores y actrices se repiten película a película, los ensayos para las mismas son pocos y el guion suele reducirse a una serie de situaciones mínimas a partir de las cuales los intérpretes pueden improvisar con total comodidad. En A Mighty Wind, esto último es llevado al extremo con el representante de los New Main Street Singers, interpretado por Fred Wilard, ese genio de la comedia que se nos fue hace poco y que no dejamos de extrañar. Los latiguillos absurdos que pronuncia, como “¡Oh, what happened!”, o la certeza de creer ser el primero en haber dicho una exclamación tan común y corriente como “I don´t think so”, no tienen origen ni preparación, no rematan ninguna escena. Funcionan por la mera exclamación. Son comedias de una sola línea. Son un tono alegre e inmediato. Además de Wilard, el equipo se completa con grandezas como las de Michael McKean y Eugene Levy, que interpreta a esa especie de Bob Dylan deteriorado y completamente aislado del mundo, y las grosas de Catherine O´Hara y Parker Posey. El cine de Guest se construye así, en base a escenas, a situaciones particulares que encierran un mundo propio y autosuficiente. Más que contar una historia, lo que le interesa es mostrar y reírse de –y con- eso que muestra, aunque sean pocos o nadie los que puedan verlo. Intuición que en A Mighty Wind se confirma cuando Steinbloom logra conseguir que el concierto sea transmitido por la televisión pública de los Estados Unidos, un espacio que, tanto acá como allá, y salvo raras excepciones, suele contar con una audiencia minoritaria. Aun así, la elección sirve para entender que lo que hacen los personajes de Guest solo tiene importancia para ellos y nada más que para ellos; más allá está el mundo que los excede y que avanza por otro lado.

Las películas de Guest nacen de ese desconocimiento, de esa ignorancia dinámica de la existencia, y aunque el origen es mostrado siempre de un modo risueño e imprevisible, el tratamiento es serio en el sentido de la observación y la apropiación de esos universos pequeños pero vastos que, a falta de vergüenza, terminan por volverse amorosos y queribles: Guest los observa y los pone en contexto; se detiene en ellos, los reduce, los traduce y se introduce. Después los pone a andar. Después los libera y deja que la comedia –y el viento- se encarguen del resto.


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