Después de estirar lo máximo posible La Casa De Papel (Álex Pina; 2017), la serie española que resultó hasta hoy uno de los mayores éxitos comerciales de Netflix, la plataforma estrenó recientemente Berlín (Álex Piña, Esther Martínez Lobato; 2023), un spin-off que exprime las últimas gotitas de la naranja. Éste es, además, una precuela, término español al que en cualquier momento le van a encontrar su acepción yanqui para seguir colonizándonos más. Así, con esos tres datos, La Casa de Papel, Berlín y precuela, comienzan los problemas.

Para los que no vieron la serie madre, podríamos resumir que se trata de una banda que roba la Casa De La moneda de España y el Banco Nacional de allá. Entre los mil datos que se pueden contar de esa serie, uno importante para entender este gira-alrededor es que cada atracador para resguardar su identidad utilizaba un nombre de una ciudad. Teníamos a Tokio, Nairobi, Rio, etcéteras y también a Berlín, en quien ahora el matacine de Netflix puso el ojo para su nuevo entretenimiento. Ahora bien. Si “Berlín” es el apodo que recibe el personaje años después para robar en La Casa De Papel, y este gira-alrededor es una precuela… ¿cómo puede ser que al personaje ya lo llamen “Berlín”? Sin recurrir a justificaciones berretas, o a las dos flojas líneas de parlamento que el protagonista esgrime en el capítulo tres —acompañadas de la destruida y tristemente resignificada Bella Ciao de fondo—, la serie solo podría llamarse así para atacarnos con afiches, y que a ningún fanático se le pase por alto verla. Pero que el protagonista utilice ese nombre de capital hace que la serie incurra en un error, mínimamente y siendo buenísimos, contra el guion de la serie madre. Hasta para los acérrimos defensores de la caca multinacional, que serían capaces de ponerse el mameluco rojo y la careta de Dalí para militar y defender un aumento en los costos de la plataforma, este detalle de guion imprime un cambio de carácter. De riguroso y pretencioso como los robos de La Casa De Papel, a impreciso, liviano y facilongo, como el guion de está precuela.

La cuestión es que Berlín merodea la ciudad de París, y planea con su propia y anterior banda el robo de unas cuantas joyas. La trama vuelve a apoyarse en la acción: es un thriller con escenas típicas de atracos. Pero, además, pone el foco en la personalidad del protagonista, invadiendo la historia con tintes amorosos y muchos condimentos de comedia romántica. Durante los primeros dos capítulos estos dos géneros no trabajan bien, se pelean en perjuicio del guion y el espectador. El robo de las joyas pasa por simplón, bolacero, tosco, de motivos apresurados, y demás cuestiones que salvo por puntuales escenas (previsibles), le quitan emoción. En cuanto a la historia romántica del protagonista, mejor desarrollada que el atraco, funciona, pero no le escapa a lo típico, al cuento de hadas de alta alcurnia disimulado en escenas muy parientes de las típicas de Adrián Suar. La evidencia de que lo romántico funciona mejor que el thriller, es la multiplicación de ese esquema: cada miembro de la banda que roba con Berlín tiene su propia historia de amor que se desarrolla a lo largo de la serie.

Aunque Berlín no es una serie estrictamente juvenil, muchos de sus momentos sí lo son. Ahora bien: ¿Por qué a los jóvenes hay que tratarlos como boludos? Algo así como hablarle a un bebé con achu, chu, chochi, pipi, ñeñe y palabras que parecen pronunciadas por alguien que se coló un par de ácidos, esta clase de propuestas se dirige a la juventud como si tener corta edad signifique ser idiotas. O quizá sea un producto diseñado para crear idiotas o para ser visto por la porción idiota de la juventud actual. Como sea, las secuencias románticas de las parejitas de la serie muchas veces generan ganas de escondernos bajo la mesa. No es que una serie tenga que ser real, realismo puro. ¿Pero por qué los personajes tienen que vivir todos en el cerebro de Cris Morena? Todos son lindos, siempre está la escena de canto y baile cipayo, la historia emotiva y dramática del pasado, y todos los clichés estéticos, tecnológicos y gestuales que construyen personajes falsos, inverosímiles aún en una realidad ficcional, y además (y para peor) crean fuera de la pantalla zombis a molde. Lo único llamativo y fuera de patrón actual, es que todas las parejas amorosas de la serie son heterosexuales, seguramente otro olvido de producción.

Las joyas las roban con dos gotas de sudor y una noche sin dormir. Hasta ese momento la serie se comió la mitad de su duración. En ese punto, aún con todos los defectos, Berlín mejora: podría decirse que los últimos cuatro capítulos son superiores a los primeros. Lo raro es que esa sensación contrasta contra otra sensación: como si los productores se hubiesen hinchado las pelotas de su propio producto y empezaran ahí a cerrarla a los apurones. Todo este final es el derrotero de los protagonistas escapando de Paris a España. Cada uno por su lado con su historia de amor personal por resolverse. Tenemos al protagonista atado a un amor que vincula las dos tramas importantes, su romance y el robo de las joyas. Una subtrama, un subromance muy al pedo de otro atracador que más funciona para escenas de descanso y ajustar cabos sueltos del guion; y dos parejitas escapando al mejor estilo Chiquititas o Verano del 98.

Si vale fantasear, imaginemos que los productores de Berlín ya sabían que la serie no iba a funcionar como La Casa de Papel. Ahí, en algún momento del proceso de creación o realización de la serie, alguien le avisa a Rose Dawson “atenta que hundimos el Titanic”. Es ahí donde llaman a personajes de la serie madre para remachar la atención o las expectativas del espectador. Aparecen en esa huida del guion, del entusiasmo del espectador y del futuro de la serie, sendas inspectoras de La Casa De Papel: Raquel (después Lisboa) y Alicia Sierra. En el producto original ambos personajes se habían destacado. Si hablásemos en clave fútbol, eran dos a las que sonaba lógico que les renueven el contrato. Pero su desempeño en Berlín termina siendo muy pobre. En primer lugar, porque cancherean la actuación, actúan vistiendo los galardones de la serie madre. Sobre todo Raquel, porque Alicia Sierra ya era un poco así antes: histriónica, llamativa. En conjunto, las dos ni resuelven el caso, ni terminan aportando algo sustancial. Por lo contrario, generan un poco de bronca o patetismo, mostrando cómo la franquicia se autofesteja o se autocelebra.

En definitiva, Berlín es un producto más en el catálogo de la N. Otro ladrillo en la pared que se agiganta entre el cine y la sociedad actual.

La casa de papel: Berlín (España; 2023). Creadores: Álex Pina Esther Martínez Lobato. Elenco: Pedro Alonso, Begoña Vargas, Michelle Jenner, Samantha Siqueiros. Disponible en Netflix.

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