11. Alan Partridge: Alpha Papa, de Declan Lowney: La primera vez que vi a Steeve Coogan fue en la derivación de Tristram Shandy dirigida por Winterbottom. Después volví a verlo en Philomena, una de las mejores películas del año, que el actor también escribió, y si acaso lo vi en alguna otra entre aquella y esta ya no lo recuerdo pero no es improbable porque alterna entre su Gran Bretaña natal y el mainstream estadounidense. Me han hecho saber que es uno de los comediantes –vale decir, autores- británicos más prolíficos y agudos del presente. El personaje de esta película la precede, viene de la radio o de la televisión. De hecho, en la ficción es un conductor radial egocéntrico y bastante boludo que se ve involucrado en una serie de peripecias policiales y algo más que casi rozan lo extraordinario. Lo que importa es todo aquello que su narcisismo y misantropía liberan en el espectador, además de al menos una secuencia brillante en la que el seguimiento del personaje cámara en mano refuta el discurso verbal que mantiene por teléfono. Coogan honra la tradición ácida de la comedia, la menos idealista, y eso es agua en el desierto del actual estado de cosas mundial y cinematográfico. Por Marcos Vieytes.

12. Joe, de David Gordon Greene: Desde la modernidad hasta nuestros días los franceses siempre han tenido problemas -al menos estética y artísticamente- para aprehender la realidad. De allí que hayan navegado en una suerte de paranoia de “ismos” que ellos mismos, en mayor o menor medida, han configurado y que va desde el realismo, naturalismo, surrealismo, existencialismo, estructuralismo, deconstruccionismo, hasta el posmodernismo. Algo de toda esta paranoia siempre intuyó Godard (fijarse, si no, su última película) y, quizás, abriendo el paraguas para todo lo que vendrá y vendría (fijarse, si no, su última película nuevamente), allá lejos y no hace tanto tiempo, hizo que su personaje Ferdinand Griffon en Pierrot, el loco (1965) interpretado por Jean-Paul Belmondo le preguntara al enorme Sam Fuller de qué se trata el cine exactamente. Fuller le respondió en su ronco inglés: “A film is like a battleground. It’s love, hate, action, violence, death. In one word: emotion.” ( Una película es un campo de batalla. Es amor, odio, acción, violencia, muerte. En una palabra: emoción) Pues bien, Joe es un potente exponente de eso, de todo eso. Los primeros dos minutos de la película entre padre e hijo crean una tensión difícil de olvidar y como hace mucho no se generaba en el cine actual dando pie a una trompada de sensaciones y atmósferas que no disminuyen su intensidad ni un segundo durante el resto de la película. Lo mejor de la narrativa yanki se hace presente en un personaje interpretado por un gran Nicolas Cage (Joe) cargando historias sureñas de rednecks relegados de la súper modernidad industrial estadounidense que, sin embargo, de manera oscura, ilegal, viciosa, violenta, apasionada, sádica, decadente, sucia, forman parte activa y vívida de la misma dentro de un relato de iniciación y redención (salvación) familiar perverso, moralista, cruel y alta, pero altamente emocionante en un sentido bien ‘fulleriano’ del término. Por Gustavo F. Gros.

13. Viaje al oeste, de Stephen Chow: Por Marcos Vieytes.

14. Contracted, de Eric England: Chica lesbiana que vuelve a lo de su madre (castradora) tras separarse de su novia (muy perra) se acuesta con extraño que conoce en una fiesta. A partir de la mañana siguiente su cuerpo empieza a pudrirse gradualmente. Terror independiente, para nada pretencioso, y que se interesa más por el proceso físico y psicológico del personaje que por develar el misterio. Algo de gore y un par de escenas inolvidables y asquerosas. Muy buen trabajo de maquillaje. El final garpa. Por Nuria Silva.

15. The Salvation, de Kristian Levring: El director de esta película ha sabido mirar westerns y spaghetti westerns, y el resultado es una película nórdica filmada en EE.UU. que procesa la tradición de género y subgénero con eficacia y placer. Lo único que sobra es el último plano, un comentario político progresista innecesario porque ya estaba claro que el revisionismo del spaghetti pesaba más que el conservadurismo original del género, pero no afecta demasiado al conjunto porque aparece en esa especie de marco que son los créditos. Mikkelsen, el actor de La caza, es de la estirpe de los actores clásicos, al modo de Viggo Mortensen, con una cara incluso más rara que la de este. Su héroe, además, tarda en convertirse en tal, y esa tardanza alimenta nuestra curiosidad. Estamos ante una historia de inmigrantes que no sabemos si va a desembocar en una de género pura y dura o se va a mantener en los límites estrechos del drama realista. Incluso si pudiéramos habernos decepcionado cuando ello sucede, la puesta en escena es tan sólida y transparente que resulta inédito. Importan los personajes y las situaciones, todo progresa con interés y consistencia. Y hasta las extravagancias típicas del spaghetti que la película toma como referencias tan pertinentes como las del western clásico, como la austera participación de Eric Cantona, tiene su razón de ser en la modesta amalgama estético-política que la película asume para sí, y en el placer por el artificio que evidencia el uso de los paisajes digitales de fondo durante el viaje inicial en la diligencia, propios del carácter fabuloso del proyecto. Por Marcos Vieytes.

16. Miele, de Valeria Golino: No sé si se acuerdan de la actriz que hacía la novia de Tom Cruise en Rain Man allá por fines de los ’80 pero les cuento que en su madurez se convirtió en directora y su debut en el largometraje fue más que prometedor. Esta película pasó por Buenos Aires en la primera edición del Cinema Made in Italy pero su estreno nunca se concretó, como sí lo hicieron el de Viva la libertad o El árbitro. Lástima porque esta historia de piedad y de eutanasia, de soledades y búsquedas, de un aprendizaje cotidiano y humano que se nutre de muertes y misterios es una de las películas más interesantes y menos pretenciosas del último año italiano. Un personaje cuya moral se cristaliza en grietas más que en certezas y en cuyo devenir se revelan miedos propios e hipocresías ajenas. Por Paula Vazquez Prieto.

17. All is Lost, de J. C. Chandor: Por Andrés del Pino.

18. Home – At the Devil’s Door: Hay muchas películas de terror filmadas con un capital financiero modesto abocadas a usar el género para poner en escena alienaciones familiares y sociales varias. Si eso fuera todo, sería relativamente poco, pero varias de ellas lo hacen a través de una puesta en escena sumamente estimulante. Esta es una de esas que desafía convenciones varias apoyándose en otras. ¿Quién es la protagonista? ¿Serlo garantiza un punto de vista estable para el espectador? ¿Las involuntarias relaciones con lo sobrenatural de las dos hermanas que llevan adelante esta historia sirven apenas como encarnaciones de traumas psicológicos varios o son también ingeniosos instrumentos narrativos? Espejos, niñas, colores y sombras funcionan con la eficacia de la tradición lírica del terror, de Lewton a Kiyoshi Kurosawa, y si no alcanzan la misma dimensión poética apuntan a ella. Todo empieza con una apuesta entre una quinceañera y su novio en un prólogo que se interrumpe tempranamente, sigue con una agente de bienes raíces que no sabemos si tiene alguna conexión con el personaje anterior y finalmente se desplaza de nuevo hacia un tercer personaje femenino. Por Marcos Vieytes.

19. Dirty Wars, de Rick Rowley: Por Romina Quevedo.

20. Oltre il guado, de Lorenzo Bianchini: Puntos a favor de esta película de terror italiana: un protagonista maduro, que en algunos planos me recordaba a Guy Pearce y en otros a Willem Dafoe (aunque suene extraño), predominancia de planos fijos, escasos diálogos, pocos y bien dosificados golpes de efecto y una inquietante construcción de climas y espacios. En la segunda mitad ingresan algunos elementos innecesarios para explicar lo que sucede, algo de found footage, pero de todas formas se explayan sobre el tema lo justo sin caer en el absurdo ni traicionar el verosímil construido hasta entonces. Por Nuria Silva.

Acá puede leerse la primera parte.


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