Podría pensarse que el rasgo distintivo de Vergara es su intento por correrse de un lugar común: si la búsqueda de tener un hijo parece ser siempre el objetivo prioritario de una mujer, aquí está puesto en un hombre. Aun cuando no quede demasiado claro en el personaje cuánto hay de mandato social incorporado y cuánto de deseo real (en tanto solo asistimos a expresiones verbales sobre el tema), es llamativo que aparezca en el centro de la cuestión el paso del tiempo. El propio Vergara (Jorge Sesán) lo explicita en uno de sus editoriales radiofónicos, haciendo referencia a las diferentes velocidades con que se toman decisiones en una relación de pareja con el paso de los años. Ese apremio temporal estaba presente también en el personaje central de otra película estrenada este año, El padre de mis hijos. Pero si allí la derivación era hacia una comedia pretendidamente moderna –y que revelaba un trasfondo conservador-, aquí todo aparece revestido de un aura indefinible: no es nostalgia, ni melancolía ni tristeza, sino un estado en el cual el personaje se sumerge y del cual contagia a la película.

Eso que podría llamarse desapego sentimental puede tener su origen en un personaje al cual nada de lo que le pasa parece generarle reacciones, ni la reciente separación de su pareja ni la pérdida de su trabajo en la radio. Las reacciones de Vergara aparecen cuando el mundo que lo rodea no se ajusta a la idea que el personaje tiene de cómo debería ser ese mundo: ya se trate de centros de análisis, bares, la agencia de publicidad para la cual hace trabajos o el espacio público, todo debe acomodarse a la construcción que Vergara ha hecho previamente, so pena de un rechazo que bordea lo virulento (cuando no es absurdo, como en el episodio con la moza en el café). Profunda coherencia revelada en relación con su propia vida, que no involucra a otros, sino a un sí mismo que actúa como reglamentador y regulador de lo que debe ocurrir. Desapego con el otro que se evidencia en la escena en la que, tras tener sexo con Laura (María Cecilia Ferrero), él ya está sentado en su sillón mientras ella recién está vistiéndose, y que entra en colisión directa con la idea de ser padre. Cuando este deseo se hace explícito –deseo, por otra parte, excluyente incluso de la relación de pareja-, las mujeres con las que se relaciona desaparecen de su vida.

El problema que la película no consigue resolver del todo es cómo lograr el pasaje de ese hombre al límite de la hosquedad hacia la concreta posibilidad de ser padre. Si ese pasaje parte del reconocimiento de la necesidad de involucrar a otros en su vida, la cuestión es cómo lograr ese cambio de mentalidad. Y la verdad es que anclar esa perspectiva en una escena en la que necesita hablar con alguien –después que Laura se aleja de él- y no encuentra a nadie, y en otra en la que llama a Laura para comunicarle los resultados de los análisis que se hizo, parecen poco. Ni siquiera ayuda demasiado recurrir a ponerlo en palabras: “De nuevo, destruyo lo que me hace bien”.

El camino de Vergara será el de tratar de recomponer aquello que ha ido destruyendo sin demasiado sentido, aunque más no sea con gestos hacia la estructura familiar, laboral y de amistades. La elipsis del tramo final parece el recurso justo para cerrar la conversión, aunque deja sin explicar algunos puntos importantes (cómo pudo volver a la radio, cómo volvió a relacionarse con una mujer). Que el personaje consiga el objetivo inicial, parece decir la película, es parte de un proceso de cambios y de asunción de responsabilidades que dejan a Vergara en el difícil lugar de aceptar un discurso conservador y de buenas intenciones que antes hubiera rechazado una y otra vez. El Vergara del final, para decirlo de otro modo, no es el del comienzo.

El otro problema que la película no logra salvar es el de cierto esquematismo para retratar ese cambio. Lejos de cualquier estructura derivativa, se asienta en un ejercicio de repetición de situaciones con variantes. Circunscribiendo la acción a un puñado de ámbitos, la película pone a su personaje a merced de los espacios en los que circulan sus versiones diferentes. Esquematismo que se hace más evidente en las escenas del bar, cuya repetición se ve demasiado forzada por la necesidad de cerrar la historia de acuerdo a ciertas coordenadas.

Curiosamente, los hallazgos de la película no pasan por lo que sucede en primer plano, que retrata una rutina que se repite hasta la generación del cambio, sino en lo que se deja entrever en segundo plano. Hay allí, quizás y sin buscarlo premeditadamente, una descripción de un momento social que se percibe más genuino y menos forzado que el lugar asignado al protagonista: desde los trámites para realizar un análisis a los que debe hacer para recuperar el auto que se llevó la grúa, se deja ver no solo un entramado burocrático, sino un modelado de voces que caen en la intolerancia, la censura, el desprecio por el trabajo del otro, la burla de los controles y las responsabilidades. Eso que parece ser el espejo del Vergara del comienzo es más potente como formulación que un personaje que cambia sin que sepamos muy bien qué fue lo que lo hizo cambiar.

Vergara (Argentina, 2018). Guion y dirección: Sergio Mazza. Fotografía: Daniel Anguiano Zuñiga. Montaje: Federico Molentino, Sergio Mazza. Elenco: Jorge Sesán, María Celia Ferrero, Lautaro Borghi, Adrián Garavano. Duración: 73 minutos.