El prólogo de Amancay (2022), opera primera de ficción del realizador argentino Máximo Ciambella (filmada en solitario, luego de la dupla que conformó con Damián Coluccio en El árbol negro, 2018), presenta a los personajes principales, a la vez que marca el tono del film.

La película va siguiendo de manera episódica a Lucía (Lucía Araoz de Cea) y a Adriano (Adriano La Croce), amigos unidos por el entrenamiento en la actuación, tanto en situaciones cotidianas con otros amigos, como en encuentros que comparten en el noctámbulo entorno urbano. Así asistimos a conversaciones sobre los vínculos sentimentales o sobre dolorosas situaciones íntimas, ya sea en un bar, en el entorno hogareño, mientras se espera el colectivo, mientras se descansa de manera relajada en el cordón de la vereda o se improvisa un viaje en auto, con baile y fogón incluidos. Más que una narrativa de continuidad, lo que va uniendo las escenas es aquello de lo que se habla, pero que al mismo tiempo revela su aspecto indecible. Efectivamente de lo que se habla es de duelos: separaciones amorosas, la muerte de un padre cuando se tenía tres años de edad, la separación reciente de una pareja, la interrupción voluntaria de un embarazo tres años antes. Y los personajes están en pleno proceso de tramitación de esos duelos, intentando encontrar su singular manera de lidiar con el vacío donde callan las palabras.

Con respecto a la cuestión del aborto, Ciambella revela lo complejo y conflictivo que es siempre para una mujer llegar a esa decisión. Simple es el procedimiento médico, nunca la decisión, siempre sujeta a las circunstancias desde las cuáles se la toma. En Enero (1958) de Sara Gallardo, Nefer, la adolescente hija de los peones de la estancia, embarazada a raíz de una violación, no puede pedir el aborto a la curandera del pueblo, asediada por la voz superyoica de la moral que la nombra como puta. Termina sometiéndose a la solución de la patrona: casarse con quien fuera su violador. En otro contexto de época y en contraposición ese mandato, Lucia hubiera querido tener a su hija pero no fue apoyada por su novio de aquel momento, ni tampoco por sus padres o sus amigas. Las circunstancias la conminan a abandonar su romanticismo de juventud y solicitar la interrupción del embarazo, no sin cierto dolor en tanto haber cedido en su deseo. 

El director elije filmar Amancay en blanco y negro y con planos fijos, decisión que no se revela para nada caprichosa o como puro regodeo en el preciosismo de las imágenes,  sino que está, de manera plenamente consciente, en función del contenido narrado. El blanco y negro nos remite en una asociación inmediata al neorrealismo y efectivamente de la mano del director vamos siguiendo a estos personajes en su quehacer más cotidiano en plena urbe. El plano fijo refuerza la dimensión del retrato de estos jóvenes en proceso de duelo, encerrados en el dolor y la tristeza pero a la vez pugnando al mismo tiempo por sobreponerse a ellos. En esta línea, el blanco y negro permite el juego con el peso de lo oscuro e indecible, pero también con la luminosidad del porvenir. Al mismo tiempo es un recurso en el tratamiento de la imagen que le permite al director producir, en banales medianeras de edificio, en las copas de los árboles o en conversaciones cobijadas por la amistad, la dimensión trascendente de lo bello. 

¿Pero qué puede hacerse ante lo inconmensurable de la pérdida? Un posible camino puede ser la trágica melancolía donde el deudo se pierde en un intento de recuperar el objeto de amor perdido o de ser uno con él, sin poder soportar la hiancia que irremediablemente separa.

Pero hay otro camino posible, el que busca una dimensión trascendental, el que hace de la pérdida causa de producción, apuntando a que la herida no sea ya el sufrimiento en carne viva, sino que pueda convertirse en cicatriz. Es en esta línea que Amancay se vincula con El árbol negro, pues  ambas se nutren de leyendas ancestrales, buscando conectar la dolorosa cotidianeidad con una dimensión del más allá, de lo sagrado; ya sea por el misticismo que pueda encontrarse en una sesión de espiritismo, en un viaje hacia culturas orientales o en el orden de lo artístico. Lucia recita una larga carta/poema a su hija nonata, Adriano juega como cuando era chico, ambos actúan y también bailan. Se trata de maneras singulares de metaforizar aquello que no se puede decir en palabras que narren.  

En su opera prima narrativa de ficción autobiográfica (titulada En la Tierra somos fugazmente grandiosos), el escritor vietamita-estadounidense Ocean Vuong transforma la violencia sufrida en la guerra de Vietnam, la que parte de su madre analfabeta, la que recibe por su condición de homosexual y la pérdida de su abuela Lan y de su primer amor de juventud por la silenciosa adicción a las drogas, en una carta dirigida a su madre, que ésta nunca podrá leer (porque no sabe hablar ni leer en inglés) y que, por ello mismo, sólo se sostiene en el lenguaje como una larga prosa poética. Amancay es una película que se emparenta con esta novela, ya que hunde sus raíces en las profundidades del dolor, pero para hacer florecer de él la ternura que brota de la amistad y la belleza. Toda la película puede leerse en este sentido, como un digno esfuerzo de poesía. 

Calificación: 7/10

Amancay (Argentina, 2022). Guion y dirección: Máximo Ciambella. Fotografía: Juan Renau. Elenco: Adriano La Croce, Lucía Aráoz de Cea, Manuel Bersi, Rocío Barbenza, Tomás Raspall. Duración: 67 minutos.


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