El origen de la tristeza, la película, tiene algunas escenas muy lindas: el picadito en medio de la calle, con los ladrillos colocados en los extremos para suplantar lo que serían los palos del arco; la entrada a la quinta de los mellizos para afanarles el vino, convertida espontáneamente en una fiesta clandestina del derroche y culminada por el beso inesperado de Marisa al Gavilán; la ciudad de Avellaneda tomada desde arriba y más precisamente el barrio El viaducto, a orillas del arroyo Sarandí. También tiene algunas frases memorables como “un peronista con un revolver es un montonero”, “vamos a coger a la escuela”, o “es mejor caminar que pensar”. Estas escenas y estos parlamentos son apenas algunos de los pocos momentos donde las imágenes se bastan a sí mismas y adquieren una autonomía respecto de la narración que las organiza. Son momentos de libertad cinematográfica. Muy bellos, sin dudas, pero aislados, insuficientes dentro de una película donde la dependencia de la palabra, derivada de la novela de Pablo Ramos en la que se basa y que lleva el mismo título y acentuada por el uso de la voz en off como recurso principal, es casi absoluta.

A diferencia de Zama, El limonero real o El otro hermano, por citar tres adaptaciones recientes y locales, donde todo lo que se les puede objetar pasa por lo cinematográfico y no por la referencia literaria que las precede, en El origen de la tristeza hay una especie de fidelidad a la fuente literaria que le impide al director Oscar Frenkel apropiarse del texto. Ejemplos y contraejemplo: Zama podría ser un cortometraje, porque el destino del protagonista y  lo invariable de su suerte están cifrados desde el principio: siempre será un pez desvalido y moribundo. Sin embargo, Martel hace de la espera y la soledad de ese hombre un mundo posible. La subjetividad sonora que Gustavo Fontán trabaja en El Limonero real sólo puede pertenecer al cine. No hay forma de trasladar el duelo de la imagen a la palabra. Por su parte, Caetano nos aclara de entrada que su película está “inspirada” en la novela de Carlos Busqued, Bajo este sol tremendo, para luego hacer de la sordidez y la oscuridad una fiesta del placer morboso. El origen de la tristeza, por el contrario, parece no poder olvidarse nunca de dónde viene. Hay un orden que prevalece en la película de Frenkel: la voz narra y las imágenes acompañan el relato, pero la puesta en escena nunca llega pesar, nunca condiciona el accionar de los pibes. Lo dicho nunca se ve potenciado por lo que se ve. Las posibilidades de representación están siempre sometidas a la autoridad de la palabra. Escuchamos la voz y vemos las imágenes, pero en el fondo estamos siempre leyendo la novela de Ramos. Y si en algún momento la película se toma la licencia y el atrevimiento de adelantarse a la narración, enseguida se retracta y pide perdón: en el velatorio del Tumbeta, muerto de un tiro por la policía, Percha le dice al Gavilán que no lo toque; éste le responde que no tiene nuca, que tiene algodón en su lugar. La escena es libre y respira más allá de su sentido trágico. No hay agente externo que parezca condicionar su desarrollo, no hay nada que nos prevenga de ese momento. Pero cuando la voz en off repite con exactitud las líneas de ese diálogo, lo que allí se acentúa definitivamente no es lo grave y traumático de la situación, como un recuerdo imborrable, sino la preeminencia de la palabra por sobre toda posibilidad de potencia cinematográfica. Y es una pena, porque El origen de la tristeza es una película bella pero limitada en ese sentido de sometimiento permanente a la escritura literaria.

Frenkel elige concentrarse en la segunda parte del libro de Ramos, «El incendio del arroyo», que es probablemente la parte más adaptable al cine, por la extensión del territorio y por la variedad de acontecimientos: hay barro, hay fuego, hay noche y hay besos. Pero el patrón estético que el director elige para la representación de todos esos motivos prescinde de la crudeza y lo atroz como rasgos subyacentes y virtuosos. La camiseta del Arse parece muy limpia, como preparada para la ocasión. Falta barro y falta mugre. Falta villa y latencia de muerte. Incluso el final de la película, sustentado por el tono onírico que está presente en la mayoría de las escenas, en tanto que todo se trata de un gran flashback del Gavilán, nos sugiere lo fatal de la existencia como pensamiento en potencia antes que como experiencia hecha carne, y así se coloca más cerca de lo que puede ser un discurso edificante, tipo «la vida es terrible y pasan cosas pero hay que seguir adelante», que de la idea de un mundo regido por la ley de la ferocidad, que es la que suele regir en la literatura de Ramos, en el Viaducto y en casi cualquier otro barrio del conurbano.

El origen de la tristeza (Argentina, 2018). Dirección: Oscar Frenkel. Guion: Pablo Ramos. Fotografía: Eduardo Pinto. Montaje: Marcelo Martínez. Elenco: Joaquín Gorbea, Belén Szulz, Santiago Mehri, Luciana Rojo, Lola Carballo. Duración: 71 minutos.


Si te gustó lo que acabás de leer podés ayudarnos a seguir generando material

invitándonos un cafecito cafecito-logo