El punto de partida de El largo viaje de Alejandro Bordón, como sugiere el título, es puramente narrativo. Se cuenta una historia, la de un crimen en el conurbano y la detención de un sospechoso y el posterior trayecto judicial que desemboca en su liberación por la ausencia de pruebas que lo involucren en el hecho. Se asume, por tanto, un recorrido lineal, pero que vuelve ocasionalmente hacia atrás como una vía de refuerzo de lo narrativo, para contar la secuencia del hecho desde los relatos que quedaron registrados en el expediente judicial. Una narración que vuelve sobre sí misma con el fin de recalcar los detalles, las diferencias que van de una versión a otra y que se transforman en significativos en la totalidad. No obstante, es una puesta que apunta a reforzar el avance lineal tradicional que lleva desde la ruptura de la situación de normalidad –la detención de Alejandro Bordón cuando va camino a su trabajo- a la restauración posible que implica su liberación tras el juicio. Hay una afirmación en ese recorrido, en la forma en que el relator –un personaje algo obviamente llamado Virgilio, en tanto alusión a los círculos del infierno de La Divina Comedia de Dante- se propone como parte. “Yo te voy a acompañar en este viaje” le dice a Bordón en el momento en el que la policía se lo lleva, poniendo en primer plano la noción de viaje, del recorrido que emprenderá a partir de ese momento, sumergiéndose en un infierno al que termina siendo arrastrado.

Sin embargo, es la presencia de ese relator lo que instala la primera anomalía dentro de la narrativa más tradicional. Ese Virgilio que parece un cruce entre el investigador privado y el cronista de hechos policiales, funciona como nexo indispensable en la articulación que la película plantea entre el documental y la ficción. Un recorrido entre ambas instancias que funciona desde la complementación –con breves momentos de solapamiento- en la que el espacio ficcionado construye en imágenes aquello que no puede documentarse porque no hay registro posible –el crimen, parte del juicio, los interrogatorios policiales, la estadía en Sierra Chica-. Lo interesante es que a partir de ello lo que logra es que la ficción no aparezca como una mera ilustración anodina, sino como instancia con peso propio. De allí, el lugar de Virgilio como puente: colocado en el espacio de la ficción, interviene recuperando una historia del crimen que se remonta a la antigüedad, puntuando a su vez, los elementos que fueron dándole relevancia popular, desde la crónica policial a la sensación de inseguridad. Su espacio se sostiene en la ficción para plantearse como quien genera el contexto necesario para comprender el proceso de evolución de lo criminalístico para desembocar en el caso puntual.

Si la ficción tiende a completar los espacios y complejizar el entramado documental, éste funciona como pieza esencial para el desarrollo de la historia de Bordón. Que en el relato, lo documental entre después de la ficción –vemos al verdadero Bordón contando lo que pasó cuando lo detuvieron, después de observar la representación del hecho criminal- implica un corrimiento, un deslizamiento hacia un espacio más incómodo de descifrar para el espectador. Lo real y lo ficticio se entremezclan, aunque la intención sea, continuamente, afirmar lo primero. La influencia es mutua, ambas instancias se potencian estableciendo una continuidad: si hay un mérito en ese tratamiento, está allí, en ese lugar en el que las dos instancias de lo narrativo se establecen en un nivel similar. La invasión de los espacios de uno y otro –la entrada de Alejandro y de su esposa en el espacio representativo del infierno; la utilización de los hijos reales en la rueda de reconocimiento de la ficción; la presencia de Nora Cortiñas en la representación del juicio; la tendencia de los medios a construir ficción desde lo policial, ya sea en la representación de los policías involucrados como en una posible historia que justificaba el crimen- disuelve las fronteras, haciéndolas completamente difusas y proyectando el nivel de realismo de lo ficticio.

Sin embargo, lo notable es que el objetivo de la película no es ni experimentar con un formato híbrido ni desarrollar una narrativa a partir de una historia personal, aunque trabaje sobre ambas. Su proyecto de fondo no es, a fin de cuentas, narrativo, sino descriptivo. La historia de Bordón, en sí misma, no pasaría de un remedo de cualquier crónica policial. Lo que transforma a la película en un artefacto descriptivo es la irrupción de Eduardo Soares, el abogado de ATE que asume la defensa de Bordón en la causa. Es a partir de él que se revela el funcionamiento de un sistema que fluye de manera imperceptible por debajo de cualquier hecho social. La segunda definición que plantea Soares –la primera es cuando señala que en esa época las causas armadas, como la de Bordón, eran puntuales y no una práctica habitual- es la que implica la existencia de un solo sistema que va desde el policía de la calle hasta el presidente de la Corte Suprema de Justicia. Más que un ordenamiento burocrático, Soares lo entiende como un sistema de “creencias”: la prueba producida a partir de las instancias inferiores no solo es avalada, sino que no es cuestionada ni en forma ni en fondo por las superiores, con lo cual se construye un bloque monolítico. Lo que hace entonces, es desarmar la historia del crimen del colectivero Nuñez y la presunta culpabilidad de Bordón, para describir no solamente la manera en que se “arma” una causa –para señalar eficiencia o para ocultar errores- sino la trama que lleva a juzgar a un hombre. Desarmar la historia implica a su vez, la forma en que se puede enfrentar al sistema: desarmar el relato oficial desde la duda y la prueba, como una forma que refrenda, una vez más, la disputa entre lo ficticio y lo real.

Pero esos elementos que en la película se mezclan no entran en pugna por su preminencia. En cambio, la recuperación de la historia de Bordón y con ella, el funcionamiento del sistema judicial, tienden a establecer las fronteras de una manera taxativa. Separar lo ficticio –la causa armada sobre bases falsa- de lo real –las pruebas que demuestran la inocencia- implica poner en juego una disputa en la que lo real debe prevalecer. Esa pugna queda resuelta en el juicio de manera concreta. Pero a la vez, revela un carácter incompleto y parcial, en tanto solo se resuelve la liberación de un detenido que es inocente. El triunfo de lo ficticio, en todo caso, está en otro lado. En un asesino que nunca pudo ser encontrado y en la ausencia de justicia real para el crimen de una persona. En policías que fueron encumbrados hacia la esfera política de la mano de la inseguridad como tema irresuelto. En ese vacío en el que lo armado por interés, termina ocultando la posibilidad de resolver lo que ocurrió.

Puntaje: 6/10

El largo viaje de Alejandro Bordón (Argentina, 2021). Guion y dirección: Marcelo Goyeneche. Fotografía: Martín Sicardi. Música: Lucho Corti. Reparto: Diego Cremonesi, Mario Ferreyra, Fernando Khabie, Ignacio Montiel, Aldo Onofri, Jorge Prado, Manuel Vicente. Duración: 90 minutos.


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