San Javier, San Ignacio, Apóstoles, Paso de los Libres, Concepción de la Sierra: constituyen una suerte de ruta mesopotámica en la que el punto de unión es la celebración anual de los carnavales. Lejos de la centralidad que adquirió con los años la ciudad de Gualeguaychú dentro del carnaval litoraleño, esos pueblos situados más al norte, dispersos entre las provincias de Corrientes y Misiones, parecen haber encontrado su propia síntesis entre los elementos del lugar y las influencias que provienen tanto de Entre Ríos como de Brasil. Lo que explica esa síntesis es lo que dice alguien en los primeros minutos del documental: “Toda la vida es el carnaval”.

A partir de ese concepto, desde la idea de que “todo el año se está pensando en el carnaval”, Tres noches al año se organiza como demostración y como elaboración del largo proceso que lleva a la constitución de cada elemento que implica una comparsa. Por esa razón, el relato se inicia en el final del carnaval, en ese momento en que una vez que bajó la espuma de esos días de festejos y desfiles, se desarma lo construido, se guarda lo que puede servir, se recicla lo que pueda utilizarse al año siguiente. El carnaval entonces se observa como proceso, y en cierto sentido, como un renacimiento infinito: hay algo que acaba y que rápidamente deja lugar a que la secuencia se reinicie para llegar al mismo punto del cual se partió.

Desde un febrero al otro, el documental recorre esos pueblos en los que parecen no advertirse más diferencias que los nombres de las comparsas locales. El trabajo es el mismo: comenzar por lo estructural, por conseguir los materiales, elaborar las canciones que identificarán a cada una de las agrupaciones, empezar con los ensayos y con la enseñanza para los nuevos que se incorporan. En ese registro, el documental focaliza en dos elementos: el primero es la identificación popular con el carnaval como forma de representación. “Sin carnaval yo me muero” alcanza a decir alguien, señalando el peso que implica en la vida de esas comunidades. El segundo es el esfuerzo que implica. En términos monetarios, porque el dinero nunca alcanza y hay que ser creativo para conseguirlo –hay que ver, por ejemplo, a esa mujer que prepara empanadas para juntar fondos y que pierde la noción del tiempo transcurrido-. Y en términos de las horas que demanda como una actividad extra de las que proveen el sustento. “Cuando ves pasar el trabajo por la avenida, se justifica todo”, se dice por allí y todos parecen hacer de ello una profesión de fe.

La fe, justamente, es un elemento que el documental termina por explorar. Porque en definitiva, es a ese nivel en el que se escenifica una disputa por el sentido, pero también por la pertenencia. La decisión de poner en pantalla el testimonio del cura Andrujovich, de la localidad de Apóstoles ilustra con claridad esa disputa. Lo que en principio parece una visión ajena y desinteresada por reconstruir motivos (“mucha gente no sabe por qué disfruta del carnaval”) revela su otra cara cuando la preocupación del cura es que la gente “deja de ir a rezar”. Como si se tratara de actividades excluyentes –esa idea que circula popularmente, sobre que si se participa del carnaval, “sos del diablo”-, la autoridad de la iglesia católica prefiere situar el problema en el otro (“la gente entendió mal el carnaval, porque no lo relacionan con la fe”), sin revisar ni actualizar la visión que se tiene sobre un hecho de significancia popular y masiva.

Y es ahí donde el documental profundiza oponiéndole la mirada popular. No solamente los que cifran su experiencia personal como parte necesaria de sus vidas, sino ampliando el registro a lo colectivo por dos vías. Por un lado, la insistencia del espacio de contención social que brinda a los más jóvenes: estar ocupados en el trabajo de creación que implica el carnaval, les da un lugar que consideran propio. Por el otro, el hecho de que el carnaval provee de un elemento de identificación del pueblo a partir de una fiesta que le pertenece y lo incluye. La repetición de la aceptación de la necesidad de construir un sambódromo para potenciarlo va, definitivamente, en ese sentido.

Si el aspecto negativo parece encontrarse en la generación de una competencia que deriva en la rivalidad entre las comparsas –que en un punto, el cura parece exagerar un tanto, cuando señala que hay familias que dejaron de hablarse por esa razón-, la encrucijada parece resolverse en la misma dinámica que propone el documental. Si el final presupone que hay una deriva que va de la emoción del desfile a la euforia de los ganadores –y la eventual tristeza de los perdedores, la cual no se muestra-, el mismo proceso volverá a reiniciarse el día siguiente, cuando se comience a pensar en el carnaval del año entrante. Más que la competencia que se cierra sobre sí misma, el carnaval habilita la posibilidad de superarse y quizás, volver a ganar, redoblando el esfuerzo, un año más tarde.

Tres noches al año (Argentina, 2024). Dirección: Juan Alejandro Casaretto. Guión: Julia Bastanzo Paximada. Duración: 70 minutos

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