I) El paralelismo que marca las vidas de Janis y Ana, las madres de la última película de Almodóvar, debe ubicarse en algún lado de la geometría no euclidiana. En efecto, las paralelas, según la definición clásica de Euclides que todos conocemos, son líneas de un recorrido que mantienen la misma distancia entre ellas sin cruzarse nunca. Las paralelas de Janis y Ana en cambio se entrecruzan, se unen y separan a lo largo de toda la película. Los motivos de estas variaciones no son el resultado del cálculo matemático sino de otras circunstancias personales, históricas, pero sobre todo devenidas del moldeado narrativo en que Almodóvar las sumerge, el del melodrama.

II) Las líneas de fuerza del melodrama, según el Almodóvar de esta etapa, están definidas desde la primera escena. Plano general. Un estudio de fotografía, en el centro iluminado por los reflectores, un hombre posando en una actitud desenvuelta, de modelo, de actor que resalta su hombría madura. Un modelo de hombre. A su frente, de espaldas a la cámara e inclinada hacia un costado, casi como si tributara al hombre modelo, una fotógrafa trabajando en lo suyo. Alrededor de ellos, repartidos por el estudio, un grupo de personas que miran al frente; en el extremo inferior del plano, a la izquierda, sobre una mesa, unas calaveras alineadas reciben desde el centro de la imagen la misma luz que ilumina al hombre. Entre aquel centro y este extremo, entre aquel hombre, esa mujer y esas calaveras, bajo aquella luz artificial o la luz del afuera que más tarde iluminará a Janis, Ana y otras mujeres; impulsados por la música de Alberto Iglesias con su especial balanceo entre el suspenso y la urgencia, música que desde el comienzo de la sociedad artística formada con Pedro cierra el tono de sus películas, se jugará el particular paralelismo que organiza este melodrama.

III) El melo de este Almodóvar está signado por la prisa y la síntesis. A diferencia de, por ejemplo, La flor de mi secreto, un melodrama clásico y por tanto una pura explosión de sentimientos extremos en los que el tiempo parece diseminarse como el sebo de una vela y hacerse sólido e inmóvil durante los bigbangs de emociones que se desbordan, explotan en llantos y colores chillones, en música de cuerdas por todo lo alto (vale también para La ley del deseo, Todo sobre mi madre y Volver). En cambio, en películas de madurez como Los abrazos rotos, La piel que habito, Hable con ella o Julieta; el melodrama se diluye dentro de la historia, se asordina y se disimula bajo la piel de la narración que habita cada película. Madres paralelas es una de ellas. Janis, la fotógrafa, y Arturo, el fotografiado, un antropólogo forense que trabaja identificando los restos recuperados de las víctimas del franquismo, encuentran un interés mutuo: recuperar los restos del abuelo de ella, enterrados en una fosa común del pueblo de Janis. Ambos intimarán, una relación breve, en apariencia descomprometida. Es interesante ver cómo la presenta Almodóvar. Una cámara se desplaza en travelling diagonal por el frente de un edificio al que encuadra de abajo hacia arriba, dobla apenas en la esquina, corte y luego encuadra una ventana en el primer piso, una cortina flamea al viento y desde adentro se oyen los jadeos de una pareja cerca del clímax sexual. Otro corte y estamos adentro de la habitación, Janis y Arturo llegan al orgasmo. Un nuevo corte y volvemos afuera, la cortina sigue flameando. El sexo es fugaz, casi diríamos de paso; todo el erotismo está concentrado en el flamear de la cortina. Nada indica que allí adentro, entre los dos, se esté consumando una gran historia de amor. Sin embargo, de ese encuentro resulta un embarazo, que Janis asume en soledad, sin dramas, feliz, apurada por su madurez. No habrá padre, tampoco reclamos ni estridencias.

A punto de parir, conocerá en la clínica a Ana, una adolescente en su misma situación, pero disconforme con su maternidad y las circunstancias que la llevaron a ella. No hay dramas, hay mohines de disgusto, relaciones tirantes entre Ana y su madre Teresa, una actriz en ascenso tardío que se dispone a estrenar Doña Rosita la soltera y Viaje de un largo día hacia la noche; un melodrama lorquiano y un drama autobiográfico que O’Neill convirtió casi en tragedia.

El vínculo entre Ana y Janis se reanudará poco después del parto de sus niñas. Estará signado por el exceso del melodrama, pero refrenado por la impasibilidad de la puesta en escena, que podría etiquetarse con el equívoco y en desuso rótulo de “posmoderna”. Hay muerte, hay confusión de identidades y vínculos, hay amor entre ambas mujeres. Pasión en Ana, reserva en Janis. Hay colores fríos en los ambientes, tan lejos de las descaradas explosiones de Douglas Sirk, John M. Stahl, Fassbinder o el propio Almodóvar de antes. Hay una niña muerta, una maternidad frustrada y un secreto que Janis guarda hasta el momento más inoportuno. Pero nadie clava el cuchillo del exceso; al contrario, todo fluye, el amor, la vida de los niños, las identidades sexuales, los afectos y las enemistades. Ese fluir bordea el exceso y lo elude, atenúa y hace admisible en términos dramáticos que Janis mantenga el cambio de identidades. Pero Janis no es una apropiadora, la pronta revelación de la verdad por su parte la reivindica en términos éticos y melodramáticos, en una encrucijada que de otro modo podría erizar nuestras pieles, sensibilizada por la ausencia de cuatrocientos niños desaparecidos en nuestra propia dictadura. Solo la música implacable de Iglesias (el Nino Rota de Almodóvar) puntúa el drama y su inminencia.

IV) Es que la verdadera historia, aquella que late por debajo de todas las que vimos hasta ahora, no ha dejado de suceder. Ella guarda todo el rigor del drama, el melodrama y la tragedia; y para contarla, para resolver todas las tramas que desarrolló hasta ese momento, Almodóvar vuelve al escenario en donde desde La flor de mi secreto (una película de quiebre, que marca el ascenso del manchego hacia su madurez) encuentra refugio y contención para sus personajes y sus historias: el pueblo; la aldea y sus mujeres, cantando y llorando, celebrando sus vidas, meciendo y cuidando. Fueron ellas las que estuvieron, las que permanecieron y sostuvieron durante las décadas de oscuridad falangista. Son ellas las que ahora, unidas a estas mujeres nuevas, se dirigen a validar sus derechos. Antígonas que reclaman un lugar para sus muertos. En la aldea están todos, Ana y Janis, su abuela y sus tías, Arturo y su equipo abriendo la fosa, limpiando los huesos, armando el jeroglífico de los restos.

V) En El caso Pinochet (2001), uno de los notables documentales que el gran Patricio Guzmán dedicó a la historia reciente de su país, hay una escena en la cual un grupo de antropólogos trabaja en una fosa clandestina; uno de ellos usa el cernidor para  separar la tierra de los objetos de los muertos, otros cavan. Al frente se ve a dos hombres, parte del equipo, acostados sobre la tierra ocupando el lugar de los cadáveres, como si ellos mismos lo fueran, tal vez por una cuestión de su trabajo. La escena final de Madres paralelas parece copiar la de Guzmán. Los antropólogos ciernen la tierra, limpian los huesos, buscan entre ellos los objetos de su vida que permitan identificarlos. Luego, cuando llegan las mujeres, se retiran. “Las dejamos. Este es su momento”, dice Arturo. Quedan ellas (hay también algunos hombres acompañando) al borde de la fosa en forma de cruz. Miran los huesos. La cámara alterna el travelling entre las mujeres conmovidas y los restos, limpios, rotulados, descansando. Finalmente se detiene sobre la figura de Cecilia, la hija de Ana que ha sido antes hija de Janis. La niña se refriega la cara con su manito en un gesto que parece de llanto. Corte. Otra vez vemos la fosa en dos planos amplios. Los cadáveres son ahora los del equipo de antropólogos, con Arturo incluido, reposando en el fondo; hombres, mujeres, con sus ropas modernas intactas, arrugadas, sucias por el polvo de la tierra y de la historia. Documento o ficción, drama o melodrama, Guzmán y Almodóvar emparentan sus miradas. El mundo es una cadena de fosas comunes en las que todos podemos tener lugar, desbordantes de huesos que esperan su nombre, que reclaman la memoria. Esa otra forma de permanecer en la vida.

Calificación: 9/10

Madres paralelas (España, 2021). Guion y dirección: Pedro Almodóvar. Fotografía: José Luis Alcaine. Montaje: Teresa Font. Elenco: Penélope Cruz, Milena Smit, Israel Elejalde, Aitana Sánchez-Gijón, Rossy De Palma, Julieta Serrano. Duración: 123 minutos. Disponible en Netflix.


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