El tercer largometraje de los realizadores ítalo-americanos Alessio Rigo de Righi y Matteo Zoppis, La leyenda del Rey Cangrejo -cuyo título original es Re Granchio- parte nuevamente de las historias populares recogidas de la tradición oral entre los pobladores del pueblo de Vejano (a una hora al norte de Roma). Pero esta vez no se proponen encarar un registro documental de las mismas, como en Belva Nera (2013) o Il Solengo (2015), sino que la escasez misma del material de la leyenda los impulsa a abrevar en el desafío de internarse en la ficción.

Así las cosas, la película narra la mítica historia de Luciano, una suerte de rebelde que en un pueblo rural asolado por el hambre a fines del 1800 se opone al príncipe gobernante y además se encuentra enamorado de la hija de Severino, un pastor que no ve con buenos ojos esta unión. La tragedia que desata su acto de ira contra el príncipe lo lleva a ser extraditado a los confines del mundo, donde se pierde su rastro. Pero es a partir de ese punto de vacío, en el silencio de las palabras, donde se hace posible inventar otra historia. Y es esta aventura la que aprovechan los directores.

En el prólogo del film vemos a un hombre joven, con el torso desnudo, que toma una pieza de oro del fondo de un lago y luego su reflejo ondulante sobre la superficie del agua. Esta introducción ya plantea dos cuestiones que serán cruciales a lo largo del film: la idea del espejismo, de la quimera de ilusiones , y la de la duplicidad.

En el comienzo, asistimos a la reunión de un grupo de cazadores, hombres de edad con sus rostros curtidos por los años y las labores, en una taberna del pueblo de Tuscia. Beben, cantan y conversan sobre la leyenda de Luciano, una historia oscura repetida de boca en boca en la tradición oral de la región. Se trata de los mismos hombres del pueblo que contaron el mito a los directores y que ahora interpretan en la ficción la conversación sobre la leyenda de Luciano. Documental y ficción se desdibujan en sus fronteras y se palpa en esta escena la influencia del neorrealismo italiano.

A partir de aquí, la película se estructura en dos capítulos que permiten a los realizadores trabajar dos géneros diferentes. El primer capítulo se titula: La fechoría de San Orsio. Allí un narrador omnisciente, en voz en off, nos presenta el mito de Luciano, un joven de quien se dice que era el hijo bastardo del doctor del pueblo y que era definido alternativamente como un loco, un borracho o un santo. En este pasaje se despliega la leyenda rural popular italiana. Así, Luciano (interpretado por el artista plástico Gabriele Silli) se nos presenta como desaliñado, siempre con la botella en mano y con la marcha errática de quién, marcado la bastardía y la fama de revoltoso, no encuentra su lugar en esa pequeña comunidad de campesinos. Asimismo, tanto la fisonomía del actor como la iconografía de la que lo rodean los directores (como la cruz, la procesión del santo y el uso de la luz sobre él) construyen al personaje como un héroe con características crísticas, que avanza solo y traicionado a enfrentar al príncipe. La enemistad de Luciano con el príncipe se funda en la arbitraria decisión de cerrar la puerta para que puedan pasar y pastar las ovejas, y en su cercanía con Emma (María Alexandra Lungu), su interés romántico, vínculo que además no es aceptado por el padre de ésta.

En el acto trágico de Luciano se cifra algo del acto de Antígona, pues avanza decidido e iracundo  a quemar la puerta del castillo, sin temor a las consecuencias, y esgrime en ese gesto, como ella, el derecho natural del terruño (esa puerta siempre estuvo abierta), por sobre la ley particular de un soberano, que la impone por capricho en perjuicio de sus súbditos. De ahí que este primer capítulo pueda pensarse con la estructura de la tragedia y del melodrama romántico, donde las canciones populares empleadas de manera extradiegética funcionan como una suerte de coro, que acompaña el derrotero o anticipa las consecuencias de las acciones del protagonista. El crimen voluntario contra la nobleza y el involuntario (consecuencia del primero) convierten a Luciano en un paria social, que para evitar la cárcel es enviado entonces por su padre a la lejana y extraña Tierra del Fuego.

En la construcción de esta parte de la película los directores emplean predominantemente planos cerrados y ambientes oscuros y colores apagados, dando cuenta del efecto claustrofóbico de un campesinado sometido y sin horizontes de cambio, que se contrapone a los espacios más abiertos y luminosos a la vera del brillo del agua; donde se dan los encuentros amorosos entre Emma y Luciano; donde el anhelo de libertad y el sueño de la felicidad, adquieren peso.

Otro punto interesante es que la estructura, al hacer pie en el relato oral y en las variaciones que una historia va adquiriendo en el boca en boca, estructuran la película en una puesta en abismo de la ficción dentro de la ficción. Esta se observa en la réplica de la escena del prólogo en la taberna (diálogo espontáneo sobre la leyenda de Luciano, de corte cuasi documental), ahora como escena claramente de ficción, donde los mismos actores, ahora como pastores del pueblo, discuten sentados alrededor de la mesa de la taberna acerca de la decisión del príncipe de haber cerrado la puerta. Y también al incluir, dentro de la ficción, el relato de un sueño de huida y liberación por parte de Emma a Luciano.

La segunda parte lleva por título En el culo del mundo y abandonamos los paisajes de la Italia agrícola, religiosa y pre-moderna por las tierras yermas, desoladas e inclementes de Tierra del Fuego. Se trata ahora de la invención ficcional, por parte de directores, de un western patagónico nutrido de leyendas fueguinas sobre tesoros enterrados, barcos encallados y fiebre del oro ahí donde se detienen las palabras del relato popular sobre Luciano. Estamos entonces en suelo de exploradores intrépidos, de piratas, mercenarios y buscadores de oro. Aquí hay un mayor predominio de los planos generales que colocan a los personajes en un entorno climático cruel, desolador y desértico, mientras que el paisaje brumoso y fantasmal de la costa, con sus barcos encallados, los colores apagados y la aridez del terruño, transmiten la esencia de los personajes en cuestión: hombres desalmados por un puñado de pepitas doradas.

La voz en off es ahora la de la primera persona del padre Antonio, un cura de la orden salesiana que narra en su diario la leyenda ancestral de un cangrejo capaz de guiar a los exploradores hasta un lago entre las montañas en el cual brota el oro (nuevamente la ficción dentro de la ficción). Y es ahora Luciano, exiliado criminal travestido con las ropas del cura (su doble), quien apropiándose del diario es perseguido por Gauchito (Mariano Arce), el Capitán (Jorge Prado), Lennox (Darío Levy) y Ventura (Daniel Tur). Si antes Luciano era una suerte de rebelde anti-sistema, materialmente desinteresando, que luchaba por el bien común de su comunidad, ahora lo vemos convertido en un individualista codicioso, enceguecido por el brillo del oro; punto en que la introducción del capital pervierte los lazos humanos de empatía y solidaridad.

Sin abrevar en citas puntuales, es notable a lo largo del film la inspiración de los realizadores  en la tradición del cine político italiano (del estilo de Francesco Rosi o los hermanos Taviani) y en la épica de Herzog. Si la primera parte del film es la caída, la segunda parte puede entenderse como la búsqueda de redención por parte del protagonista. Pero, en esta línea, el cangrejo destaca como un elemento interesante que con su rojo centellante anticipa la locura encarnizada y sangrienta como el único destino posible en estos inhóspitos confines de la tierra. 

Y, sin embargo, también el cangrejo puede leerse como símbolo de lo mágico y surrealista. Porque en última instancia, lo que Righi y Zoppis consiguen a través de su película no es sólo preservar la tradición oral popular, sino plasmar, con virtuosismo poético, esa imperiosa necesidad humana de crear y contar ficciones, una y otra vez; de recuperar acaso una ilusión o un poco de esperanza para poder soportar las asperezas y las amarguras de la vida.

Calificación: 8/10

La leyenda del Rey Cangrejo (Re Granchio, Italia/Francia/Argentina, 2021). Guion y dirección: Alessio Rigo de Righi y Matteo Zoppis. Fotografía: Simone D’Arcangelo. Montaje: Andrés Pepe Estrada. Elenco: Gabriele Silli, María Alexandra Lungu, Mariano Arce, Claudio Castori, Domenico Chiozzi, Ercole Colnago, Bruno Di Giovanni, Darío Levy, Severino Sperandio, Jorge Prado, Daniel Tur. Duración: 106 minutos.


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