
Convertir el presente en pasado y el futuro en presente. De eso se trata el modelo de la ciencia ficción, ya que permite no solamente plantear un escenario posible hacia adelante, sino de manera retrospectiva y desde la ficción especulativa, el proceso que llevó al cambio que implica de un tiempo al otro. Lo interesante de la ciencia ficción es justamente esa forma de hablar del presente de manera lateral, disfrazándolo: cuando esa referencia falta, deja de serlo para convertirse en una suerte de escenario distópico, pero alejado de toda relación con lo real. El cine argentino no parece particularmente afecto a ese tipo de formulaciones, aunque haya ejemplos esporádicos (La sonámbula o Lo que vendrá podrían considerarse de esa manera, pero no tanto Adiós querida Luna), tal vez porque se prefiera –o resulte más sencillo- desplazarse hacia un terreno más ligado a lo fantástico –por ejemplo en películas como Vendrán lluvias suaves ó Breve historia del planeta verde.
La extrañeza –y la originalidad- de El crepúsculo de las especies (2025)reside en abordar el género desde un lugar diferente. Porque la construcción inicial es la de una ficción situada en el futuro en el que los humanos viven permanentemente conectados a tubos de oxígeno y organizan viajes para establecerse en otros planetas habitables en los que se puede respirar libremente. Pero desde allí mira hacia el pasado a partir de la figura de una narradora que fue bióloga y que recupera desde la memoria, la relación que estableció desde sus estudios con el monte pampeano. Ese pasado que recuerda es, aproximadamente, nuestro presente: una realidad atravesada por la presencia simultánea de cazadores furtivos, del avance de la frontera agrícola y de los incendios que arrasan con los montes nativos de caldenes. En ese recorrido memorioso, la voz que viene del futuro se articula con ese pasado que es como el monte –“hermoso, pero no un paraíso”- estableciendo una serie de consecuencias que se produjeron en la naturaleza. La especulación plantea un escenario de devastación en el que la depredación contiene un calendario nefasto y del que solo parecen poder sobrevivir los peludos, las hormigas y el hombre.
La película entonces, establece un cruce que es lo que la diferencia y singulariza. La ficción original –y el recuerdo que implica la historia de Miguel, el cazador devenido protector de la flora y la fauna del monte- se intersecta con elementos provenientes del documental, que reafirman la condición de realidad –y no de realidad construida desde la ficción- del relato. La observación de especies, el trabajo de los biólogos en el monte –en especial con los pájaros-, los relatos de los miembros de Defensa Civil sobre los incendios, funcionan como reafirmación en la que documental y ficción se van sosteniendo mutuamente. El efecto es interesante, porque la conjunción de los elementos permite abandonar la perspectiva de lo recordado y que esa voz que aparece para recordarnos, cada tanto, de dónde proviene, sea solo eso: una marca de un futuro que en el presente es hipotético pero que está mirando hacia un pasado que es presente.
La estrategia de la película en relación con la imagen complementa las decisiones estructurales. La utilización de cámaras infrarrojas para filmar no solo las escenas nocturnas sino especialmente las diurnas modifica la percepción sobre el pasado. Si lo habitual es que la referencia visual sobre el pasado se vea a partir de otros recursos –pasaje a blanco y negro, uso de una fotografía de colores “gastados”, viraje a colores sepiados-, aquí lo infrarrojo tiñe a la imagen de tintes rosáceos y verdosos. Más allá de lo que esa voz nos dice sobre las imágenes infrarrojas –“lo vivo se percibe más vivo y lo muerto, más muerto”- lo que se logra es un efecto de enrarecimiento, como de una imagen transformada por eso que se anuncia en el porvenir.
El pasado es ominoso hasta en el recuerdo; su corrimiento de lo propiamente real parece un anuncio de lo que sobrevendrá: una suerte de infierno que se atisba desde los colores, en la mirada, en los fuegos y en las actitudes de los animales. Esa decisión afirma el tono crepuscular que hace juego con el título de la película: lo que se ve es lo que está pronto a desaparecer por aquello que insiste en ser ocultado. Eso que se percibe como amenaza que está allí, en algún lugar, y que solo deja rastros, huellas, trazos de esa presencia que ni el guardián del monte ni la cámara infrarroja pueden detectar y detener.
El crepúsculo de las especies (2025). Guion y dirección: Alberto Romero. Fotografía: Martín Turnes. Elenco: Marta Lubos, Miguel Ángel Fiorucci. Duración: 80 minutos.
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